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De la Constancia del Sabio

Lucio Anneo Séneca


Filosofía, Tratado


Capítulo I

No sin razón me atreveré a decir, oh amigo Sereno, que entre los filósofos estoicos y los demás profesores de la sabiduría hay la diferencia que entre los hombres y las mujeres; porque aunque los unos y los otros tratan de lo concerniente a la comunicación y compañía de la vida, los unos nacieron para imperar y los otros para obedecer. Los demás sabios son como los médicos domésticos y caseros, que aplican a los cuerpos medicamentos suaves y blandos, no curando como conviene, sino como les es permitido. Los estoicos, habiendo entrado en varonil camino, no cuidan de que parezca ameno a los que han de caminar por él, tratan sólo de librarlos con toda presteza de los vicios, colocándolos en aquel alto monte que de tal manera está encumbrado y seguro, que no sólo no alcanzan a él las flechas de la fortuna, sino que aun les está superior. Los caminos a que somos llamados son arduos y fragosos, que en los llanos no hay cosa eminente; pero tras todo eso, no son tan despeñaderos como muchos piensan. Solas las entradas son pedregosas y ásperas, y que parece están sin senda, al modo que sucede a los que de lejos miran las montañas, que se les representan ya quebradas y ya unidas, porque la distancia larga engaña fácilmente la vista; pero en llegando más cerca, todo aquello que el engaño de los ojos había juzgado por unido, se va poco a poco mostrando dividido; y lo que desde lejos parecía despeñadero, se descubre en llegando ser un apacible collado. Poco tiempo ha que hablando de Marco Catón te indignaste (porque eres mal sufrido de maldades) de que el siglo en que vivió no le hubiese llegado a conocer, y que habiéndose levantado sobre los Césares y Pompeyos, le hubiesen puesto inferior a los Vatinios.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 2.645 visitas.

Publicado el 18 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

De la Felicidad

Lucio Anneo Séneca


Filosofía, Tratado


I. La opinión común y el acierto

Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia. Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquéllo que nos impulsa un deseo natural. Mientras erremos de acá para allá sin seguir a otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejorar nuestro espíritu. Hay que decidir, pues, a dónde nos dirijamos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camino por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña. Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así, no a donde hay que ir, sino a donde se va. Y ciertamente nada nos envuelve en mayores males que acomodarnos al rumor, persuadidos de que lo mejor es lo admitido por el asentimiento de muchos, tener por buenos los ejemplos numerosos y no vivir racionalmente, sino por imitación. De ahí esa aglomeración tan grande de personas que se precipitan unas sobre otras.


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Dominio público
32 págs. / 56 minutos / 5.647 visitas.

Publicado el 18 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

El Misterio de un Hombre Pequeñito

Eduardo Zamacois


Novela


I

Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, aseguraron la persistencia del mal tiempo.

Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos y resonancias imponentes.

Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la ejemplar Castilla.


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325 págs. / 9 horas, 28 minutos / 398 visitas.

Publicado el 20 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

Ariel

José Enrique Rodó


Ensayo


Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespiriana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor.

Ya habían llegado ellos a la amplia sala de estudios, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la sala—como numen de su ambiente sereno—un bronce primoroso que figuraba al Ariel de La Tempestad. Junto a este bronce se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor. Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, una razón y un sentido más profundos.

Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.


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80 págs. / 2 horas, 20 minutos / 794 visitas.

Publicado el 28 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

En Casa del Ocultista

Dimitrios Vikelas


Cuento


Capítulo 1

El comedor del doctor en el que los clientes aguardaban el turno de la visita estaba casi vacío. Eran las once de la mañana y el doctor recibía desde las nueve á las once y media. Por la mañana, á primera hora, hacía su visita al hospital y después del mediodía visitaba los enfermos en sus casas. Su numerosa clientela no se limitaba sólo á los habitantes de Atenas, porque su fama de excelente oculista, se había extendido á provincias y hasta al extranjero. Los enfermos acudían á él de todas partes, teniendo muy particular cuidado de llegar puntuales para tomar buen sitio, de manera que era muy raro que alguien se presentase pasadas las once. Por esta razón, la cocinera que desde la cocina situada en el patio abría la puerta tirando un cordón, y mostraba á los visitantes la entrada de la casa, en frente la cocina, v la puerta del comedor, á la derecha, al mismo nivel del patio, en aquella hora cesaba ya de ordinario de ocuparse en recibir clientes para entregarse exclusivamente á la preparación del almuerzo.

Faltaban todavía para ver al médico tres clientes, ó por mejor decir, cuatro; una señora elegante con una niña cuyos ojos estaban cubiertos con un vendaje de tela blanca; un señor de mediana edad, que llevaba anteojos, pero que en apariencia no tenía daño alguno en la vista, y un jóven.

Este último seguía la carrera de letras y se preparaba para sus exámenes. El pobre sufría mucho y tenía constantemente la mano sobre su ojo izquierdo. Le tocaba ya el turno y aguardaba con verdadera impaciencia, de pie, y con el ojo derecho fijo en la puerta del despacho del oculista.

El hombre de mediana edad, era nada menos que el subprefecto de la isla de Santorín. Aprovechando su permanencia en Atenas iba á consultar al oculista gratis, porque ya le había pagado una consulta un año antes, á fin de saber si debía cambiar sus cristales por otros más fuertes.


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18 págs. / 33 minutos / 124 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Un Recuerdo

Dimitrios Vikelas


Cuento


Capítulo 1

Han pasado desde entonces muchos años. Yo era muy joven y por primera vez viajaba solo. Iba á Francia pasando por Italia. En aquella época los viajes eran más difíciles, más costosos, y al mismo tiempo más largos de lo que lo son hoy día. Los vapores no surcaban los mares con la misma velocidad ni eran tan numerosos corno ahora, sino que se detenían en los distintos puntos, dando tiempo á los viajeros para visitar las ciudades por que pasaban, siempre y cuando (se comprende) tuviesen los pasaportes en regla y fuera permitida la libre comunicación. Ni tampoco los ferrocarriles, abreviando las distancias, unían todavía las ciudades de Europa. Por mar ó por tierra el viajero caminaba sin prisas, teniendo tiempo de respirar, de descansar y de satisfacer su curiosidad. ¡Y con qué curiosidad se viaja cuando uno es joven y cuando se ve por vez primera un mundo nuevo y desconocido! Todo entonces provoca la admiración y exalta la fantasía. ¡Oh! la juventud, mientras dura, todo lo embellece, pero ¡cuán presto pasa!


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8 págs. / 15 minutos / 109 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.

La Destrucción de un Molino

Kostis Palamas


Cuento


Capítulo 1

Muy cerca de la ciudad y unida á ella por una corta escollera de piedra del muelle, se extendía árida y desnuda una isleta, cuya superficie apenas abrazaba unas quinientas áreas sobre el poco profundo mar que lamía los piés de dicha ciudad. Ninguna defensa la guardaba de las embestidas de las olas, ni ninguna sombra de los rayos solares. Sobre su pegajoso suelo en el cual brillaban, como láminas de plata, granos de compacta sal y en el que la verba era tan escasa como abundantes las espinas, los pescadores cantando alegremente arreglaban sus barquichuelos y los niños jugaban con algazara ruidosa. En medio de la isleta se alzaba un antiguo molino de viento destrozado. Las hendiduras y ruinas cubrían su redonda periferie; las piedras se derrumbaban de su cima, formando alrededor de su base improvisados asientos y escalones. Donde antes estuvieron la puerta y las ventanas, abríanse anchurosos boquerones irregulares, y en vez de las aspas que el soplo del viento movía con rapidez se adelantaba horizontalmente un largo madero, como informe hueso de un esqueleto. El molino á trechos amarillento, á trechos negro, llevaba encima las huellas de los ataques de dos enemigos invencibles, el tiempo y el fuego.


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21 págs. / 37 minutos / 90 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.

La Expiación de mi Madre

Giorgos Viziinos


Cuento


Capítulo 1

Annoula era nuestra única hermana, el niño mimado de la familia; todos la querían, pero más que todos nuestra madre. En la mesa la hacía sentar siempre a su lado; le daba la mejor parte de lo que debíamos comer, y mientras que para vestirnos, se utilizaban los antiguos trajes de nuestro difunto padre, Annoula los estrenaba siempre nuevos. Lo mismo pasaba con los estudios; nunca se la forzaba; Annoula iba á la escuela ó se quedaba en casa á su capricho, lo cual no se nos permitía á nosotros, bajo ningún motivo.

En cualquiera otra familia tan marcadas preferencias provocaran celos peligrosos entre los hijos, sobre todo siendo éstos pequeños; por lo que á mí toca, en la época en que comienzo este relato, apenas tenía siete años, y era mayor que ella, pero nos hallábamos convencidos de que el amor de nuestra madre por Annoula, en el fondo, era imparcial é igual para todos. Considerábamos tales privilegios como las manifestaciones exteriores de un sentimiento de compasión hacia la pequeñita, y hasta nos lo explicábamos perfectamente, porque Annoula desde sus más tiernos años había sido débil y enfermiza. Todos cedíamos gustosos la preferencia á nuestra hermanita, y á la verdad, se lo merecía. Nunca fué arrogante ni imperiosa con nosotros; antes al contrario, á todos nos prodigaba iguales muestras de afecto. Recuerdo perfectamente sus grandes ojos oscuros, sus cejas arqueadas y juntas que parecían más negras cuánto más pálido su semblante.

A medida que su enfermedad se agravaba, más amante y cariñosa se volvía para con nosotros. A menudo guardaba las frutas que los vecinos le regalaban para refrescarla y nos las daba cuando volvíamos de la escuela. Pero esto lo hacía siempre á hurtadillas porque nuestra madre se enfadaba de vernos comer á mandíbula batiente, lo que deseaba que tan sólo gustase su hija.


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22 págs. / 40 minutos / 94 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Ranchos (Costumbres del Campo)

Javier de Viana


Cuentos, Colección


EL ALMA DEL PADRE

Por la única puerta de la cocina,—una puerta de tablas bastas, sin machimbres, llena de hendijas, anchas de una pulgada, el viento en ráfagas, violentas y caprichosas, se colaba a ratos, silbaba al pasar entre los labios del maderamen, y soplando con furia el hogar dormitante en medio de la pieza, aventaba en grísea nube las cenizas, y hacía emerger del recio trashoguero, ancha, larga y roja llama que enargentaba, fugitivamente, los rostros broncíneos de los contertulios del fogón y el brillador azabache de los muros esmaltados de ollin.

Y de cuando en cuando, la habitación aparecía como súbitamente incendiada por los rayos y las centellas que el borrascoso cielo desparramaba a puñados sobre el campo.

El lívido resplandor cuajaba la voz en las gargantas y los gestos en los rostros, sin que enviara para nada la lógica reflexión de don Matías,—expresada después de pasado el susto.

—Con los rayos acontece lo mesmo que con las balas; la que oímos silbar es porque pasa de largo sin tocarnos; y con el rejucilo igual: el que nos ha'e partir no nos da tiempo pa santiguarnos...

Y no hay para qué decir que en todas las ocasiones, era el primero en santiguarse; aún cuando rescatara de inmediato la momentánea debilidad, con uno de sus habituales gracejos de que poseía tan inagotable caudal como de agua fresca y pura, la cachimba del bajo,—pupila azul entre los grisáceos párpados de piedra, que tenían un perfumado festón de hierbas por pestañas.

El tallaba con el mate y con la palabra, afanándose en ahuyentar el sueño que mordía a sus jóvenes compañeros, a fuerza de cimarrón y a fuerza de historias, pintorescas narraciones y extraordinarias aventuras, gruesas mentiras idealizadas por su imaginación poética.


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Dominio público
97 págs. / 2 horas, 50 minutos / 308 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

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