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El Oro de Mallorca

Rubén Darío


Novela corta


I

El barco blanco de la Compañía Isleña Marítima se hallaba anclado cerca del muelle marsellés. El sol del mediodía estaba esquivo en la fresca mañana. Acompañado de un amigo, Benjamín Itaspes fue a bordo, se posesionó de su camarote, entregó su equipaje. Como ya se iba a partir, se despidió del amigo y se puso a pasear sobre cubierta. Él era el único pasajero de primera. Por la proa, escasa gente, toda mallorquina y catalana, posiblemente del pequeño comercio, conversaban en su áspera lengua. El vapor era limpio y bien tenido; con todo, había un vago olor muy madre-patria... La cocina estaba sobre el entrepuente y se veía a un cocinero sórdido manejar perniles y pescados. A un lado suyo, en una especie de jaula, había cecinas; sobreasadas, cebollas, pimientos rojos y salchichones. De cuando en cuando salía un fogonero, todo negro, de una puerta lateral. Cogía un botijo que había al alcance de su mano, y bebía a chorro. Luego volvía a descender a su carbonera.

El vapor pitó; se puso en actividad; salió, al lado de un gran navío catalán que descargaba sobre un lanchón pesadas barras de plata, o de estaño, en las cuales se leía en grandes letras vaciadas: «Figueroa». Pasó junto a los faros. Volvió a pitar. Entró mar afuera.


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Dominio público
44 págs. / 1 hora, 18 minutos / 297 visitas.

Publicado el 4 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

La Estrella Blanca

Emilia Pardo Bazán


Cuento


De los tres Reyes de Oriente, llamados Magos, el más sabidor era el viejo Baltasar. En su palacio, de altas techumbres sostenidas con vigas de cedro, rodeado de fuertes muros de granito, y que guardaba escogida tropa, compuesta de mozos de las más nobles familias, había construido una especie de observatorio, una torre redonda, donde se encerraba, para consultar despacio las constelaciones y cubrir de enigmáticas rayas y letras de un desconocido alfabeto los pergaminos que le traían en abundancia, bien flexibles y curtidos, en lindos rollos, y las tablillas plaqueadas de cera que, surcadas por el estilete, iban alineándose alrededor de la cámara, en estantes de maderas preciosas.

El anciano rey no estaba engreído de su ciencia. En aquellos azules espacios que escrutaban sus ojos ansiaba adivinar leyes misteriosas, no sospechadas armonías de la creación; pero no lo conseguía. El ansia de conocer, de rasgar los velos en que envuelve sus operaciones la potencia creadora, le absorbía tanto, que descuidaba su reino. Un sobrino, ambicioso y activo, iba captándose las simpatías del pueblo y de la nobleza militar, y si no desposeía a su tío, era porque le consideraba entregado a inofensivas manías e incapaz de estorbar en nada.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 116 visitas.

Publicado el 30 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

El Canto Errante

Rubén Darío


Poesía


El don de arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal, como hay una música verbal. No hay escuelas: hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia.


Rubén

Dedicatoria

A los nuevos poetas de las Españas

Rubén Darío

Dilucidaciones

I

El mayor elogio hecho recientemente a la Poesía y a los poetas ha sido expresado en lengua «anglosajona» por un nombre insospechable de extraordinarias complacencias con las nueve musas. Un yanqui. Se trata de Teodoro Roosevelt.

Ese Presidente de República juzga a los armoniosos portaliras con mucha mejor voluntad que el filósofo Platón. No solamente les corona de rosas; mas sostiene su utilidad para el Estado y pide para ellos la pública estimación y el reconocimiento nacional. Por esto comprenderéis que el terrible cazador es un varón sensato.


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Dominio público
42 págs. / 1 hora, 14 minutos / 820 visitas.

Publicado el 8 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Diario de la Desaparición

Gerardo P. Nieves


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Diario

 

 

 

de la

 

 

 

Desaparición

 

 

 

 

 

Gerardo Pastorino Nieves

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deriva post-coito

 

 

 

 


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27 págs. / 48 minutos / 134 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2018 por Ludivan.

Los Años Rojos

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La cámara es espaciosa y sombría, con un amplio ventanal abierto a aquella hora crepuscular, la alumbran ya un velón antiguo, de latón martillado, de tres mecheros mortecinos, y la llama de la hoguera que cruje en una chimenea de piedra tallada, en cuyo liminar monstruos y figurillas burlescas se enlazan y luchan.

La llama devora el enorme tronco y las ramas secas, que crepitan al devorarlas el fuego, y se deshacen en ardiente brasa, cual inflamados rubíes. No basta, sin embargo, el calor de la hoguera activa y alegre para combatir la sensación glacial del aire de diciembre, entrando a su sabor por el ventanal románico. Y el viejo, que yace en una cama de alto dosel y trabajado copete, tirita y tiembla, dando mandíbula contra mandíbula, porque dientes no le restan. Es una especie de momia, seca y amojamada, un caso de extrema y apurada senectud; su cráneo calvo, como el pescuezo de un buitre, deja percibir la calavera al través de la piel, y su esternón, que jadea, marca la parrilla del costillaje. Es la ancianidad de un hambriento y de un hombre que ha sufrido mucho. Se encuentra, al parecer, en el período agónico; con el conocimiento medio perdido. Sus manos sarmentosas se crispan sobre el embozo de las sábanas. A veces realizan el movimiento del que intenta cazar una mosca volandera. A la cabecera del doliente, mejor diríamos del muriente, está un doctor que le examina como si contase lo que le resta de vitalidad, y lo pulsa de cuando en cuando, y hasta le vuelve los párpados, a fin de estudiar el globo del ojo. A cada reconocimiento, menea la cabeza, desesperanzado. Al fin, en voz imperiosa, lanza una orden.

—¡Ea, seor Año, bébame esta tisana y verá cómo se reanima!

Y viendo que el Año no contesta palabra, y sigue atrapando moscas al vuelo, toma la taza de la tisana, revuelve con una cucharita, y se aproxima otra vez.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 100 visitas.

Publicado el 2 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Gloriosa Viudez

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Todo el fervor del neófito y toda la devoción del seide hacían temblar mi mano cuando la puse en el llamador de la casa del ilustre Sofías, señalada con una lápida de honor, y donde continuaba residiendo su viuda.

Me llevaba allí el deseo de documentarme para escribir un estudio o, más bien, un elogio de las obras de aquella lumbrera, en las cuales había yo bebido ampliamente la enseñanza y la doctrina. Por cierto que Gaspar Roelas, uno de mis amigos, en un círculo intelectual, hizo todo lo posible para disuadirme de la visita al domicilio de Sofías. «Si piensas elogiar —repetía—, no te documentes. Los documentos son un estorbo para los panegíricos. Siempre que ahondamos, socavamos cimientos.» No hice caso de estas blasfemias; mi entusiasmo por el maestro era superior a insinuaciones tan malignas.

Confieso que en el momento de dar los golpes y de oírlos resonar sordamente en las profundidades de la vivienda, me oprimía el corazón un temor muy natural. Iba a encontrarme frente a frente con la amante compañera de Sofías, con la que le asistió, cuidó y veló en sus últimos años. ¿No sería un desencanto inmenso que aquella señora, favorecida por la suerte con honra tan señalada, apareciese indiferente a ella y se creyese viuda de un hombre como los demás? ¿Iba yo a encontrar dentro del templo de mis devociones el piadoso culto o la indiferencia impía?


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 128 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

El Espíritu del Conde

Emilia Pardo Bazán


Cuento


¿Os acordáis de algo que os conté aquí mismo hace tiempo, no mucho? Pero todo va hoy tan de prisa, que presumo lo habréis olvidado.

Se trataba del conde filántropo, del que tuvo misericordia de las turbas, del que con exaltación profesó el culto de los humildes, del que, en su vocación entusiasta, tomó el arado en sus manos aristocráticas y, descalzos los pies, rompió las entrañas de la tierra para que produjese el dorado trigo que sustenta al hombre.

En aquella ocasión os narré algún episodio de la existencia del que amó a su naturaleza y a los humanos —no a todos por igual—, siendo la razón de su preferencia la mayor miseria e ignominia de los preferidos. Y os conté cómo San Francisco y el conde dialogaron una tarde otoñal, sentados en un muro, mientras dejaban rebosar la marejada del humano sufrimiento, que ambos habían convertido en materia religiosa, dulce y alegre en el fraile, en el conde sombría y pesimista.

Y he aquí que el conde, en un viaje por llanuras acolchadas de nieve, mientras un cierzo áspero y polar desgarraba los escarchados arabescos del ramaje sin hojas: yendo, como un «mujik», en la plataforma del tren, enfundado en su hopalanda de pellejas de carnero mal curtidas, endurecidas por el hielo, sintió en su pecho, repentinamente, como una punzada. A poco, la punzada era agudo dolor. Y al penetrar en el convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún otro: el frío de la invasora pulmonía.


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5 págs. / 9 minutos / 82 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Gipsy

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Aquel día los laceros del Ayuntamiento de Madrid hicieron famosa presa. En el sucio carro donde se hacinan mustios o gruñidores los perros errantes, famélicos, extenuados de hambre y de calor, fue lanzada una perrita inglesa, de la raza más pura; una galga de ese gris que afrenta al raso, toda reflejos la piel, una monería; estrecho el hocico, delicadas como cañas las patitas, y ciñendo el pescuezo flexible un collarín original: imitado en esmalte blanco sobre oro un cuello de camisa planchado con las dos pajaritas dobladas graciosamente, y una minúscula corbata azul, cuyo lazo sujetaba un cuquísimo imperdible de rubíes calibrés; todo ello en miniatura, lo más gentil del mundo.

Atónita, crispada de miedo, se apelotonó la galga en un rincón del hediondo carro, aislándose, a fuer de señorita que se respeta, de los tres o cuatro chuchos que lo ocupaban desde antes. El instinto de hallarse en poder de un enemigo superior impedía que aquellos canes armasen camorra, que se amenazasen enseñando los dientes fuertes y blancos. Ni aun les preocupaba que la galguita perteneciese a otro sexo, y menos que procediese de esferas sociales para ellos inaccesibles. Mohínos, zarandeados por el saltar de las ruedas del carrángano sobre el pavimento, los bordoneros se engurruminaban y encogían, esperando a ver qué giro iba a tomar la aventura.

No sabían ellos, a pesar de su experiencia de golfos hambrones, que aventuras tales siempre terminan en el depósito, en aquel gran patio cercado de un muro de ladrillo, con sus tres corralillos separados, revestidos de cemento, de los cuales el tercero es ya antesala del suplico por asfixia...


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 91 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

El Desaparecido

Emilia Pardo Bazán


Cuento


En aquella calle popular, transitada, llena de tiendas y próxima al mercado, la greguería de la Nochebuena era formidable hasta el amanecer. La familia Sampedro, que iba a sentarse a cenar, cerró las maderas, por no oír el rasgueo de las guitarras, los canticios de los beodos, el estridor de las trompas, el repique de las panderetas. Cuando la gente está contristada, el alborozo ajeno parece que aumenta el pesar.

La familia Sampedro no vestía luto; era algo peor: el peso de un misterio, de una trágica incertidumbre. El hijo menor, Solano, llevaba más de año y medio sin aparecer, aunque se le buscaba incesantemente. Ciertos amoríos con una «pícara» chalequera de profesión —¡o vaya usted a saber!—, determinaron severidades del padre, honrado industrial, dueño de un importante establecimiento de ferretería; vino la tirantez, el rompimiento y, por último, la desaparición del muchacho.

Abrumada por mortal pesadumbre, suponía la madre que su hijo, al dar el «cabezazo», se había ido a la guerra, tragadora de gente; a las trincheras, en que el hombre se esfuma. Todos los incidentes y pormenores de tal hipótesis los repasaba constantemente en su imaginación doña Mercedes Sampedro. Veía a su hijo tendido, desangrándose; le veía en el hospital, agonizando, amputado, asistido por una mujer de blancas ropas y roja cruz; le veía en la fosa, descompuesto, olvidado bajo la tierra helada. La menos terrible de sus visiones era el hijo hambriento, calado, enfangado, ardiendo en calentura, temblando de fiebre, sordo del estrépito del cañón, loco, aullando...


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4 págs. / 8 minutos / 117 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

El Escapulario

Emilia Pardo Bazán


Cuento


—¿Ketty? ¿Ketty?

La inglesa despertó, se frotó los ojos y murmuró, sonriendo cándidamente:

—What is the matter?

—Levántate pronto —articuló una vocecita dulce, un poco puntiaguda—. Aquí está lo que me dijiste que le pidiese a Ramiro...

El salto elástico de la miss fue como el de una gata joven. Diez minutos después, habiendo dejado el lecho, estaba ya muy alisada, vestido el jersey, derecho el almidonado cuellecito blanco. La señorita Leonor sonreía, enseñándole los trozos de papel-cartón, en que un cromo modernista representaba una pareja, enlazada para el tango argentino.

Eran billetes para el baile que en el Real patrocinaba la elegante sociedad Smart Club, o por mejor decir, algunos de sus miembros gallardos y calaveras. Se jactaban de que concurrían todas las mujeres guapas de Madrid, lo cual significaba que irían todas las alegres, guapas o feas. Y Ketty, la carabina de la hija de los duques de la Morería, lograba con esos billetes lo que tramaba desde tiempo atrás: la complicidad de su señorita, tenerla sujeta, convertida en amiga complaciente. Aquella hija de Albión, de tez nacarada por las nieblas, de pelo dorado cenizoso, que colgaba en su habitación los retratos de los reyes de Inglaterra y una copia de la Concepción de Murillo, era lo que se llama una mezcla explosiva. La conocían bien los que en Madrid cultivan el género, y hasta le habían puesto un apodo: «Pólvoranieve». Los únicos que no se habían enterado eran los señores duques, ocupado él en derrochar su hacienda en sports, y ella en prácticas devotas, muy loables, pero no tanto como lo fuera el acompañar a su hija, en vez de fiarla a la fe británica.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 176 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

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