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El Hombrecito de la Limalla de Oro

Manuel Chaves Nogales


Cuento


Era un hombrecito triste, maduro ya, cargadas las espaldas, trabajado el rostro moreno, que debió ser blanco y armonioso en la adolescencia, claros los ojos y el aire distraído. Venía de sorberse la tarde trago a trago a lo largo de las rondas que, ya anochecido y escamondadas por el aire delgado de Castilla, daban una neta sensación de intemperie con sus esqueletos de árboles y sus faroles de luz blanca y fría. Anhelaba ya ganar la casa, aquel gigantesco cubo de ladrillo, avanzada valiente de la urbe que recortaba en la línea del horizonte su masa blanqueada, veía nacer y ponerse el sol y miraba de lejos y con envidia a la ciudad. Vivía en ella gente toda de medio pelo.

Matrimonios jóvenes que cumplirían allí su condena; gente llegada de provincias, que da a los arrabales un tinte aldeano ya descolorido; ex cocineras casadas después de haber hecho su pacotilla con algún hombrachón harto de trabajar y malvivir; mancebitas hijas de buenas familias que poblaban la resonancia de los patios interiores con el moscardoneo de sus fonógrafos y con sus caras de tontainas iban contando a todo el mundo la escena aquella de la seducción mientras mecanografiaban o cosían. Policías, maestros de escuela, empleados y ordenanzas se repartían los cuartos interiores, y en los sótanos hallaban su cobijo docenas de trabajadores, madres e hijas que ejercían la prostitución discretamente, un afinador de pianos, una santera, familias todas miserables, con una miseria vergonzante que se advertía a través de las ropas zurcidas y el zapato lustroso y sin suela. Galeotes de aquel navío de alto porte anclado a orillas de la gran ciudad, iban y venían como piojos en costura por los corredores sombríos, siempre aprisa, malhumorados siempre, cada cual atento a sus hambres y sus dolores. Desde su jaulita el portero, con su cara dura de ex guardia civil, vigilaba los movimientos del enjambre.


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 57 visitas.

Publicado el 9 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

Frente por Frente

Javier de Viana


Cuento


I

Por hábito de muchos años, Ventura Melgarejo era siempre el primero levantado en su casa. Todas las mañanas, indefectiblemente, “ponía los huesos de punta” rato antes de que asomara el sol en el oriente.

En chancletas y en mangas de camisa, fuese verano o fuese invierno, salía al patio, dirigiéndose al barril del agua para efectuar una somera ablución: luego al galponcito, donde sin llamar a nadie, sin incomodar a nadie, hacía fuego, ponía la “pava” junto a las brasas, ensartaba en el asador el churrasco y se sentaba en su banquito de ceibo, pulido por el uso, preparando el cimarrón.

Picaba el tabaco en cuerda: liaba en chala un grueso cigarrillo; y “pitando” y cimarroneando, esperaba que estuviese a punto el churrasco del desayuno.

Terminado éste, iba a inspeccionar en la caballeriza sus parejeros, que nunca bajaban de dos, y a racionarlos. Después visitaba las jaulas de los gallos de riña. observándolos uno por uno, con la mayor prolijidad.

Cuando, ya con el sol afuera, se levantaban los peones, y sus hijos, él había terminado la labor matutina; y mientras los recién venidos tomaban sus mates y comían sus churrascos, Ventura, orgulloso de su superioridad de patrón y de gaucho, testificada por su madrugón, ensillaba uno de los parejeros y con el otro de tiro salía al campo, a pasearlos lenta, concienzudamente.

Al regreso, él mismo los acomodaba en la caballeriza, él mismo les servía la ración de maíz y alfalfa, y, dando prueba de un celo excepcional, —mientras los parejeros comían, iba él a ocuparse de los gallos. En las cosas serias, no admitía la intervención de nadie, no tenía confianza en nadie.

Hecho eso, podía almorzar a gusto, dormir tranquilamente su siesta y ensillar después para ir a la pulpería a distraerse jugando unas partiditas de truco.


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Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 35 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

Del Campo y de la Ciudad

Javier de Viana


Cuentos, colección


La vejez de Pablo Antonio

Cuando el inmenso transatlántico enfrentó el canal de entrada, Pablo Antonio experimentó una impresión extraña, mezcla de placer y de miedo.

La ciudad enorme, arrebujada en la sombra, denunciaba su presencia con los millares de pupilas rojas parpadeando en lo obscuro de la noche.

Aun cuando siempre estuvo al corriente de sus progresos, nunca supuso una expansión tan colosal como aquella que hacían presumir las luces sembradas en almácigo sin término.

¡Buenos Aires!... En realidad, ¿conocía él a Buenos Aires?... Contaba diez y ocho años cuando la abandonó y desde entonces habían transcurrido treinta y dos; tiempo suficiente para olvidar lo estable, y más que suficiente para no conocer en los blancos cabellos del abuelo, las rubias guedejas del niño.

Constituía la parte más olvidada de su ya larga existencia; olvidada no tanto por lo lejana, cuanto por el empeño que siempre puso en hacerla desaparecer de su memoria.

No encerraba, en efecto, nada más que tristezas, dramas horribles, cuyo recuerdo, amortiguado por los muchos años interpuestos y por la fiebre perenne de una vida rabiosamente consagrada al trabajo, resurgía ante la aparición luminosa de la ciudad y sentíase casi arrepentido del retorno.

Mientras el transatlántico avanzaba por las aguas turbias del canal, Pablo Antonio sentía revivir y corporizarse los lamentables episodios que encenizaron su juventud.


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Dominio público
97 págs. / 2 horas, 50 minutos / 48 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

La Experiencia

José Echegaray


Cuento


Don Tomás Barrientos era persona de juicio y de prudencia. Nunca tomaba resolución alguna sin meditarla largo rato y sin pesar antes las ventajas y los inconvenientes en balanza de precisión.

No, hombre precipitado no lo era don Tomás. Y no se fiaba de su razón, ni de sus impulsos naturales, ni de su instinto, sino que pesaba y medía las cosas y las contrastaba en la experiencia propia y en la ajena.

A la experiencia le profesaba don Tomás Barrientos culto respetuoso.

En lo pasado decía él que estaba escrito lo porvenir, y que allí debía buscar todo hombre las reglas de su conducta.

El raciocinio á priori era engañoso, propio solo de idealistas insustanciales y de los viejos siglos de la Metafísica.

Y así él, siempre que había de tomar una resolución en asuntos de cierta importancia, buscaba en su memoria ó en los apuntes de su diario algún caso análogo, y en él tomaba enseñanza, y por sus enseñanzas se decidía á ejecutar tales ó cuales actos.

Pero como el diablo es travieso y á quien más le gusta atormentar es al hombre prudente, la experiencia le solía dar soberanos chascos á don Tomás Barrientos.

Vaya de ejemplos:

Llegaba el 15 de Octubre, y el diario le decía que el día 15 del Octubre anterior había hecho frío, y que por no llevar ropa de invierno había cogido un terrible catarro, que á poco más se gradúa de pulmonía.

Pues aunque el termómetro marcaba 18º á la sombra y algunos más al sol, don Tomás vestía ropa de invierno, mediante cuya precaución sudaba más de lo justo, y se acatarraba también.

Pero no por esto perdía confianza en la experiencia, porque observaba que el año anterior había sido bisiesto y que el corriente no lo era, con lo que corregía de este modo el precepto experimental; en los años bisiestos hay que ponerse ropa de invierno el 15 de Octubre; cuando no lo son, hay que consultar el termómetro.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 58 visitas.

Publicado el 5 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

En la Puerta del Cielo

Jacinto Octavio Picón


Cuento


En esas regiones superiores, en esos espacios misteriosos que los ojos de la materia no alcanzan y que sólo puede fingirse la mirada del espíritu; en esa gloria que la religión promete al justo, por la que muere el mártir y de que duda el sabio, vive, según dice la doctrina católica, una vida eterna y bienaventurada aquel apóstol Pedro, á quien Cristo dio, con las llaves de su reino, la facultad de conceder ó negar la entrada en el Paraíso á cuantos pecadores lleguen á sus puertas cargados con el pesado fardo de la culpa ú orgullosos de su virtud.

Estaba un día Pedro recordando la noche en que negó á su Divino Maestro por tres veces, cuando vio que hacia él venía, con paso firme, una mujer vestida con esos hábitos tristemente poéticos, de color sombrío y de grosero aspecto, que llevan las hermanas de la Caridad. Iba ya el apóstol á preguntarle quién era y cómo había vivido, antes de darle ingreso en el reino de los cielos, cuando por el lado opuesto apareció otra mujer que caminaba lentamente, con la frente baja y como temerosa de haber andado en vano y de tener que deshacer lo andado. Venía completamente desnuda; había sido en la vida cortesana, y al empezar ese viaje que el alma emprende cuando muere, había renunciado á las galas que cubrían sus formas, ganadas con los besos del pecado y realzadas por el brillo de la hermosura.

Chocaron, desde luego, al varón santísimo la actitud resuelta, segura y decidida de la una para entrar en el cielo, y la cortedad é incertidumbre de la otra; el que una viniera á reclamar su parte de Paraíso, cual si tuviera el billete comprado de antemano, y el que otra pareciera, en su ademán, y su postura, implorar, como limosna de la gracia divina, su asiento entre los elegidos.


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Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 45 visitas.

Publicado el 5 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

La Fuerza de la Sangre

Miguel de Cervantes Saavedra


Novela corta


Una noche de las calurosas del verano, volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara; la hora, las once; el camino, solo, y el paso, tardo, por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en Toledo.

Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada gente de aquella ciudad, venía el buen hidalgo con su honrada familia, lejos de pensar en desastre que sucederles pudiese. Pero, como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su pensamiento, les sucedió una que les turbó la holgura y les dio que llorar muchos años.

Hasta veinte y dos tendría un caballero de aquella ciudad a quien la riqueza, la sangre ilustre, la inclinación torcida, la libertad demasiada y las compañías libres, le hacían hacer cosas y tener atrevimientos que desdecían de su calidad y le daban renombre de atrevido. Este caballero, pues (que por ahora, por buenos respectos, encubriendo su nombre, le llamaremos con el de Rodolfo), con otros cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes, bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subía.


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23 págs. / 41 minutos / 2.010 visitas.

Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

La Vida del Lazarillo de Tormes y de sus Fortunas y Adversidades

Anónimo


Novela, Clásico


Prólogo

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite; y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y esto, para ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar della algún fruto; porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben; y a este propósito dice Tulio: "La honra cría las artes." ¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala, tiene más aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse en peligro; y así, en las artes y letras es lo mesmo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: "¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!" Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán, porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas. ¿Qué hiciera si fuera verdad?

Y todo va desta manera: que confesando yo no ser más santo que mis vecinos, desta nonada, que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.


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Dominio público
62 págs. / 1 hora, 49 minutos / 2.587 visitas.

Publicado el 2 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Morella

Edgar Allan Poe


Cuento


El mismo, por si mismo únicamente, eternamente uno, y solo.

Platón — Symposium

Consideraba yo a mi amiga Morella con un sentimiento de profundo, aunque muy singular afecto. Habiéndola conocido casualmente hace muchos años, mi alma, desde nuestro primer encuentro, ardió con un fuego que no había conocido antes jamás; pero no era ese fuego el de Eros, y representó para mi espíritu un amargo tormento la convicción gradual de que no podría definir su insólito carácter ni regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos tratamos, y el destino nos unió ante el altar; jamás hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, aun así, huía de la sociedad, y dedicándose a mí, me hizo feliz. Asombrarse es una felicidad, y una felicidad es soñar.

La erudición de Morella era profunda. Como espero mostrar, sus talentos no eran de orden vulgar, y su potencia mental era gigantesca. Lo percibí, y en muchas materias fui su discípulo. No obstante, pronto comprendí que, quizá a causa de haberse educado en Pressburgo ponía ella ante mí un gran número de esas obras místicas que se consideran generalmente como la simple escoria de la literatura alemana. Esas obras, no puedo imaginar por qué razón, constituían su estudio favorito y constante, y si en el transcurso del tiempo llegó a ser el mío también, hay que atribuirlo a la simple, pero eficaz influencia del hábito y del ejemplo.

Con todo esto, si no me equivoco, pero tiene que ver mi razón. Mis convicciones, o caigo en un error, no estaban en modo alguno basadas en el ideal, y no se descubriría, como no me equivoque por completo, ningún tinte del misticismo de mis lecturas, ya fuese en mis actos o ya fuese en mis pensamientos.


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Dominio público
6 págs. / 12 minutos / 870 visitas.

Publicado el 21 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Las Flores del Mal

Charles Baudelaire


Poesía


AL POETA IMPECABLE

Al perfecto mago de las letras francesas
A mi muy querido y muy venerado
maestro y amigo

THEOPHILE GAUTIER

Con los sentimientos
de la más profunda humildad
Yo dedico
Estas flores malsanas.

Ch. B.

AL LECTOR

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.


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Dominio público
104 págs. / 3 horas, 3 minutos / 3.389 visitas.

Publicado el 21 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Abuelita

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe — ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! — sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.

—Se ha terminado —dijo— y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito.


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2 págs. / 3 minutos / 736 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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