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Por Beber una Copa de Oro

Ricardo Palma


Cuento


El pueblo de Tintay, situado sobre una colina del Pachachaca, en la provincia de Aymaraes, era en 1613 cabeza de distrito de Colcabamba. Cerca de seis mil indios habitaban el pueblo, de cuya importancia bastará a dar idea el consignar que tenía cuatro iglesias.

El cacique de Tintay cumplía anualmente por enero con la obligación de ir al Cuzco, para entregar al corregidor los tributos colectados, y su regreso era celebrado por los indios con tres días de ancho jolgorio.

En febrero de aquel año volvió a su pueblo el cacique muy quejoso de las autoridades españolas, que lo habían tratado con poco miramiento. Acaso por esta razón fueron más animadas las fiestas; y en el último día, cuando la embriaguez llegó a su colmo, dio el cacique rienda suelta a su enojo con estas palabras:

—Nuestros padres hacían sus libaciones en copas de oro, y nosotros, hijos degenerados, bebemos en tazas de barro. Los viracochas son señores de lo nuestro, porque nos hemos envilecido hasta el punto de que en nuestras almas ha muerto el coraje para romper el yugo. Esclavos, bailad y cantad al compás de la cadena. Esclavos, bebed en vasos toscos, que los de fino metal no son para vosotros.

El reproche del cacique exaltó a los indios, y uno de ellos, rompiendo la vasija de barro que en la mano traía, exclamó:

—¡Que me sigan los que quieran beber en copa de oro!

El pueblo se desbordó como un río que sale de cauce, y lanzándose sobre los templos, se apoderó de los cálices de oro destinados para el santo sacrificio.

El cura de Tintay, que era un venerable anciano, se presentó en la puerta de la iglesia parroquial con un crucifijo en la mano, amonestando a los profanadores e impidiéndoles la entrada. Pero los indios, sobreexcitados por la bebida, lo arrojaron al suelo, pasaron sobre su cuerpo, y dando gritos espantosos penetraron en el santuario.


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1 pág. / 2 minutos / 1.703 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Novela Guillotinada

Pablo Palacio


Cuento


Ir tras el hombre que proyectará tu espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.


Ya está el hombre, ya está acechado.

Simple, que toma café con tostadas.

Sigue la fuga del tranvía:

«¡Pare! ¡Pare!»

Escribe números, tiene mujer e hijos, se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.

Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula al engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia afuera.

Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a 7 pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.

Pondré:

«Tocado con elegante sombrero de felpa».

y

«Hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordada de copudos árboles, desemboca en la parte alta de la plaza Mayor».


Burilaré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes de narrativas;

«Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos».

«La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios».

«Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV».

«El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura».

«Tenía un perro y una perra».

«Se sirvieron apetitosas truchas».

«No faltó el caviar ruso».

«Vino el espumoso champagne».

«Cerró los ojos…»

Se venderá a 7 pesetas.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 48 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2024 por Edu Robsy.

El Festín Celestial

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Un hijo de un pobre labrador oyó decir un día en la iglesia al sacerdote que quien quiere ir al cielo tiene que andar derecho. Se puso en camino, marchando siempre en línea recta por montes y por valles, sin hacer nunca ningún rodeo. Al fin de su camino llegó a una gran ciudad en medio de la cual había una hermosa iglesia donde se celebraban los oficios divinos. Admirado de la magnificencia que le rodeaba creyó haber llegado al Paraíso y se detuvo allí lleno de alegría.

Cuando se concluyeron los oficios le mandó salir el sacristán, a lo que le contestó:

—No, no saldré; he llegado al fin al cielo y me quedo en él.

El sacristán fue a buscar al cura y le dijo que había en la iglesia un niño que no quería salir y que se imaginaba estar en el Paraíso.

—Si lo cree así —dijo el cura—, hay que dejarle.

Vino en seguida donde estaba el niño y le preguntó si quería trabajar. El niño le contestó que sí y que estaba acostumbrado al trabajo, pero que no quería salir del cielo.

Se quedó en la iglesia y como veía a los fieles adorar de rodillas a una imagen del niño Jesús, creyó que aquel era Dios y dijo a la imagen:

—¡Qué delgado estás, Dios mío! de seguro esas gentes no te dan de comer, yo repartiré contigo mi pan.

Entonces oyó una voz que le dijo:

—Da a los pobres que tienen hambre y me contentarás a mí.

Una pobre anciana tendía su mano temblona a la puerta de la iglesia a los transeúntes. El niño le dio la mitad de su pan, después miró a la imagen y le pareció que se sonreía, hizo lo mismo todos los días figurándosele que la imagen estaba más contenta cada vez.

Algún tiempo después cayó malo y no se levantó de la cama en ocho días. En cuanto pudo levantarse se fue a arrodillar a los pies del niño Jesús. El cura que le seguía le oyó decir así:


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1 pág. / 2 minutos / 179 visitas.

Publicado el 23 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

La Hierba Aromática

José Fernández Bremón


Cuento


Gran día fue el 15 de marzo de 1493 para los habitantes de Palos de Moguer. ¡Qué abrazos recibían los expedicionarios de la Niña y de la Pinta, que sus familias y amigos creían ahogados y deshechos en los abismos del mar tenebroso, y regresaban sanos y salvos, llenos de gloria, cargados de curiosidades y difundiendo los últimos y maravillosos descubrimientos de la Ciencia. Las gentes festejaban, bendecían y aclamaban a Colón, y luego formaban círculo en derredor de sus amigos y escuchaban con admiración las relaciones de aquel viaje romancesco.

—¿Tan excelente es aquella tierra? —preguntaba un bachiller a su paisano y amigo el expedicionario Pedro Luna.

—El clima es delicioso; los habitantes, de un carácter dulce y apacible; las aves y las plantas, de formas y apariencias vistosas... —respondió Pedro.

—¿Te sorprendería aquel descubrimiento... y el hallar hombres y tierras encantadoras en lugar de monstruos y oscuridad, o mares de fuego?

—No me lo esperaba, y me entristeció. El almirante buscaba tierras: yo buscaba encantos y prodigios; barreras de agua defendidas por dragones; el lecho de llamas en que se acuesta el sol, y la fábrica de las tempestades y relámpagos.

—¿Y nada de eso hallasteis?

—Nada de eso; hemos ensanchado los mares y la tierra, con otros mares y otras tierras semejantes: tengo la seguridad de que con una nave, por oriente y poniente, por el norte o sur, sólo se encontrarán aguas como las que estamos viendo, y hombres como nosotros en sus islas. El reino se ha enriquecido, pero mi imaginación se ha hecho pobre y árida. Hemos borrado y perdido el camino de los prodigios y los monstruos...

—¿De modo que ya no nos abandonarás otra vez?

—Te equivocas, volveré a partir en la primera expedición.

—Virtud es...

—No, sino vicio.

—¿Quién te lleva a las Indias?


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 18 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Semmelweis

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La incomprensión de las ideas nuevas se convierte con el andar del tiempo, si no en comprensión, por lo menos en palabras y actos de gratitud con que la humanidad entona su mea culpa en honor del desgraciado que despreció.

Tarde, ferozmente tarde, esas lágrimas y esa vasta protección humanitaria, llegan por lo común. Pueden pasar varios siglos; la satisfacción llega por fin. Si no escarmentamos —pues algunos esqueletos corroídos de la miseria de sus amos esperan aún las fatales lágrimas de arrepentimiento— puede asegurarse que con cada ciclo de mil años, nuestra deuda a la flor de la humanidad queda pagada. Esperemos, pues, confiados, sin oír todavía los alaridos de locura que aún después de ochenta años, debe de proseguir lanzando Semmelweis desde su tumba-manicomio.

Semmelweis, médico austriaco, había sido sorprendido por algo anormal que pasaba en la perenne infección puerperal de todas las maternidades de la época. Las cifras de mortandad eran aterradoras; en ciertas épocas alcanzaban al noventa y cinco de los casos.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 8 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Profilaxis

Silverio Lanza


Cuento


—¿La Gaceta del día 15?

—Tenga usted.

Me interesaba aquel numero de la Gaceta porque yo era oficial de albañil; quería hacerme maestro de obras; y se legislaba acerca de esta carrera que fué suprimida.

Estábamos sin trabajo porque los ricos paraban las obras empezadas y se largaban huyendo del cólera.

Por todas partes se veían camillas y carros fúnebres. Roque, el solador, salió de una taberna de la plaza del Progreso, oscilo y dió de bruces en la acera. ¡Está borracho!, dijeron unas mujeres. Me acerqué; el infeliz tiritaba de frío. Le cogieron, se lo llevaron, y seguí hacia mi casa. Cuando cruce el patio para tomar la escalera interior oí que lloraban en el 7. ¡Pobre Anita! ¡Y deja tres niños!

Mi patrona estaba fuera de casa, y Rosa, la vecina, me dió la llave de mi cuarto y me dijo:

—¿Sabe usted quien se las guilla?

—¿Quien?

—María Nieves. Y como no hemos encontrado ningún hombre en la vecindad, pues no se ha hecho nada.

—Iré yo.

Entre en mi habitación, me quite la chaqueta que llevaba sobre la blusa, y saque del bolsillo la Gaceta.

María Nieves estaba acabando. En el catre se veía temblar el cuerpo que tiritaba; y, sobre la almohada, aparecía el lívido rostro de aquella niña tan hermosa.

—¡Dios se lo pague!, señor Silverio—dijo la madre.

—¿No hay ladrillos calientes, ni botellas de agua hirviendo?

—A esta hora no hay lumbre en la vecindad.

—Si usted quisiera...

—Lo que usted mande.

Le dí una peseta para que subiese dos botellas de vino, me desnudé, y me metí en la cama con aquel capullo de diez y siete años.

La pobrecita lloraba; quizá su pudor se ofendía; quizá eran lágrimas las suyas con que agradecía mi arrojo.


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Dominio público
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Publicado el 28 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Sin Papel Sellado

Javier de Viana


Cuento


Don Carlos Barrete y don Lucas García fueron amigos desde la infancia.

Sus padres eran hacendados linderos.

Andando el tiempo, los viejos murieron y Carlos y Lucas los reemplazaron al frente de sus respectivos establecimientos.

La amistad continuó, acrecentada, por los vínculos espirituales contraídos por múltiples compadrazgos. Don Carlos era padrino de casi todos los hijos de don Lucas y éste de los de aquél.

Bastante ricos ambos, ocurrió que a Barrete empezó a perseguirlo la mala suerte: destrozos de temporales, epidemias, negocios ruinosos...

Cierto día llegó a casa de su amigo con aire preocupado. Conversaron; conversaron sobre cosas sin importancia, sin valor, sin trascendencia. Pero García notó, sin dificultad, que aquél había ido con un objeto determinado y que no se atrevía a abordarlo.

Y díjole:

—Vea, compadre: colijo que usté tiene que hablarme de algo de importancia. Vaya desembuchando, no más, qu'entre amigos y personas honradas se debe largar sin partidas.

Y García, desnudando su conciencia como quien desnuda el cuerpo para tirarse a nado en arroyo crecido, dijo:

—Adivinó, compadre. M'encuentro en un apuro machazo. Usté sabe que donde hace unos años el viento m’está soplando ’e la puerta... Tengo que levantar una apoteca y vengo a ver si usté...

—¿Cuanto?

—La suma es rigularcita.

—¡Diga no más!

—Cuatrocientas onzas.

—¡Como si me hubiese vichao el baúl! Casualmente hace cinco días vendí una tropa ’e novillos, y mas o menos esa es la mesma cantidá que tengo. Espere un ratito.

Salió don Lucas y volvió a poco trayendo en nn pañuelo de yerbas las onzas solicitadas.

El visitante vació en el cinto las monedas, sin contarlas.

Ni él ni su amigo hablaron de documentos. Entre esos hombres ningún documento valía más que la palabra de hombre honrado.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 30 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

Agosto De 1868

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


He aquí, pues, que ignoramos su nombre. Sabemos sólo que era muy joven y que poseía una cultura extraordinaria para su edad. Vivía en Estados Unidos, en la localidad de Capron, en el Illinois. Y a aquella tierna edad descubrió un día que no valía la pena vivir.

Cuando este hombre llegó a interpretar así su destino, no había obtenido de la vida sino favores —si por tales pueden considerarse una salud robusta, una juventud ardiente, una inteligencia sin par. No era un fracasado, ni un amargado, ni siquiera un descreído. Creía, antes bien, y con una exaltación de que luego dio pruebas, en la divinización del hombre por la inteligencia.

El día —decía— en que el hombre comprenda su destino, habrá dejado de existir.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 14 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Apuntes para el Cuadro "La Belleza del Verano"

Arturo Robsy


Cuento


El sol, desnudo como un niño, había tardado toda la mañana en subir a lo alto. Cansado y todo, irradiaba como era su obligación, instigado por el gremio de los hoteleros y por el de los alquiladores de sombrillas.

El buen astro, imbuido de la más pura ortodoxia democrática, irradiaba a todos por igual, sin pedirles copia de su declaración de la renta, sin preocuparse por cegar a un rico o por dar a un pobre el atezado de un capitán de yate.

Aunque Don José de Espronceda lo hubiera desaprobado, la luna no rielaba en el mar por hallarse fuera de turno. El sol, para cumplir con la imagen poética, sólo podría reverberar. El viento, ya dentro de su tradición, procuraba gemir en la lona de nylon de los "snipes" alquilados a tanto la hora. El tal viento, poco espabilado, no llevaba porcentaje a pesar de soplar a dos carrillos.

El mar, siempre al acecho, se colaba entre las piernas de las mujeres, arriesgándose a un juicio por violación. No obstante, si alguien preguntaba, daba a entender que él era La Mar.

Las avispas, en su eterna búsqueda de una gota de cocacola, aterrizaban en las brillantes tripitas de las jóvenes, emprendiendo exploraciones a las selvas del sur y a las montañas del norte. Al ser avispas, no sacaban excesivas ventajas de sus hallazgos, aunque solían comentar las vistas, con aire pícaro, de regreso al avispero.

Adelfas y arrayanes cercanos, conscientes de llevar un nombre unido a la tradición, insistían en perfumar el ambiente, gastando en ello casi todas las leyes de Mendel acumuladas durante el invierno.

Aerosoles y untes varios, sintiéndose agredidos, extendían su olor a aceite que, al caer sobre las carnes desnudas, daban al entorno un aroma de freiduría. La arena, siempre maliciosa, aprovechaba la extraordinaria ocasión para adherirse a la piel y, si la ocasión lo valía, hacer visitas de cortesía a los ojos.


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Licencia limitada
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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Pacto

Luis Fontana


Cuento, pacto


Hacia 1916 los hermanos Barraza ya sumaban cinco. El menor de ellos, que daría demasiado que hablar una década después, hacía sus primeras armas con las letras. Los mellizos, siempre atentos a sus propios traumas de personalidad y diferenciación no generaron mayor problema. Me detengo a hablar entonces de Marisol, la segunda mujer, que desde el principio -en los años de la finca y del campo- incomodó a todos con su silencio y su introspección. Muchos estudiosos de su hoy famosa obra concluyen en que semejante producción no podía sino ser resultado de la soledad. Otros, entre los que me gustaría anotarme, sospechamos la verdad.
Recorro Venecia. Me quedan pocos días, y aprovecho para visitar el museo donde exponen a Marisol Barraza en medio de homenajes por los veinte años de su muerte. Inspecciono con dificultad -por mis ojos añosos- y trato de encontrar entre los concurrentes al hombre que he buscado por años. Me dijeron alguna vez en Buenos Aires, antes de intentar que dejara de investigar, que disimulaba una cicatriz con una barba que por momentos era rojiza y que su altura incomodaba al interlocutor. Apenas hago lugar entre el gentío y los vendedores de cuadros cuando lo veo. Me hiela el miedo y trato de camuflarme ente algunos turistas. El tipo ni siquiera me sospecha. A pesar de cargar en su conciencia con semejante atrocidad no parece estar demasiado atento a que lo estén siguiendo.Tomo aire, junto fuerzas y decido mostrarle el papel sin decirle una palabra. Lo lee sin mirarme. Me hace una seña con la cabeza que puede interpretarse como que nos veremos en la galería de afuera. Palpo el arma debajo del saco y me dispongo a seguirlo. Venecia cae en el crepúsculo y ya estamos los dos solos con un simple papel firmado.Con pocas palabras y miradas duras me sugiere negociar. Me alejo disimuladamente de él para tener el papel bajo mi control y evitar que me lo arrebate. Pienso en su oferta y recuerdo a Marisol. Ella quizás hubiera negociado- me digo.


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1 pág. / 2 minutos / 36 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por usuario no registrado.

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