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El Diablito Colorado

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un chico que se llamaba Ángel y vivía en la cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía enferma; y Ángel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires, donde estaba su familia. Pero allá en la cordillera, con el ejercicio y la vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más tarde serán hombres enérgicos.

Una tarde que Ángel corría por los valles, el cielo de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de Ángel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Ángel oyó un grito sumamente débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y saltaba y miraba asustado a Ángel, con su linda carita de diablito.

El muchacho lo agarró después por la punta de la cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de mirarlo bien por todos lados, le dijo:

─Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y arrojaré al medio del largo.

Al oír lo cual el diablito se echó a reír:


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 14 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Poemas de polvo y agua

Enrique Floriano


Poesía


 EL CLIMA


El pronóstico del sueño previene de un río amargo de fantasmas en las sienes y un correr entre escenarios. Serán las próximas horas de aguaceros en las manos y una voz desconocida
que vendrá de tres a cuatro. Clara inestabilidad
a la altura de los cráneos
y un relato en blanco y negro que dirá entre saltos algo.

Serán nubes en los dedos recuerdos desmenuzados, bloques para el día a día
de un presente diluviando. Llegará el persecutor
en las lluvias del espanto; tal vez no te dará alcance mas no podrás alejarlo. Vendrá azul de boca a pecho cual viento desde un pasado, un calor en granizada
y un beso que sabe a plagio. Una música de cielo

—más relámpago que canto y más cántaro que mar— moverá el mordido labio. Inundado el pensamiento inventará algún presagio como una voz en los ojos
o un escombro decorado.

24 de septiembre de 2023





OLAS INMERECIDAS


Ya no hay mar,
para estos ojos ciegos ya no se siente el mar,

si acaso todavía ruge a lo lejos
la canción de olas inmerecidas,
y aún deja el aire en nuestra ropa
el nombre del agua sibilante.
Y cómo nos grita el sin sentido
de las huellas en la arena
cuando al mediodía el mar intenta sin nosotros la gravedad de otros huecos planetarios.
Y hacia estos se empeña el mar
con terrena humedad de cangrejos y horizontes.


Con gracia se esfuerza cabalgando
sobre el amor de un millón de trotes marsupiales
Son culpables todas estas manos solitarias,

voluntariosas en palpar desde lejos
lo que exige amor con nuestros poros,
que marchó el gran mar de las sirenas hacia la otra cara prometida del silencio.

18 de septiembre de 2023



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Dominio público
33 págs. / 58 minutos / 69 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

YO CREÍA QUE ERA ÉL

A. J. BOZINSKY


ficción rara, terror psicológico


1


Recuerdo que estaba en el living leyendo el periódico, esperándolo mientras mi esposa preparaba el almuerzo. Cuando llegó del liceo, le mostré a mi hijo unas revistas amarillentas que aún conservaba. Eran de entre 1960 y 1980, y estábamos casi en el 2000.

—Esto era lo que yo leía a tu edad —el papel estaba áspero, polvoriento, con olor a estar olvidado en una caja de cartón durante años.

Dejó sus útiles, se asomó entre las reliquias con el entrecejo fruncido, y siguió su camino.

—¿Qué? ¿No te interesa?

—Cultura de masas. No es gran cosa. En todas las épocas ha existido. Pan y circo. O, pan et circenses o algo así.

Tuve que insistir varias veces, hasta que aceptó llevárselas al dormitorio, y prometió darles un vistazo cuando terminara con sus tareas. Mi hijo era un buen estudiante, amaba la literatura y la filosofía, aunque a veces era un poco pedante. Pero todos hemos sido jóvenes, y nos hemos creído sabios.

Me olvidé del asunto. A las dos semanas, volvió con la caja de revistas y un voluminoso libro en la mano.

—Hay algo que tienen en común tus revistas de canje y “Las mil y una noches” —dijo sopesando el libro.

—¿En serio?

—Nunca voy a poder terminarlos.

No le había gustado nada de lo visto. Las de ciencia ficción, le parecieron especulaciones absurdas que se desmoronaban ante la evidencia de la actualidad; las bélicas, eran de un patriotismo exagerado, lleno de personajes insensatos; los superhéroes, no cabían en un universo donde no reinara la más indecorosa falta de lógica; las fotonovelas románticas, aparte de que todo era acartonado, podían servir para entender la moralina de una época; la mención especial, era para “Killing”.

—¿De veras leías esto, papá? Si se pueden heredar los traumas, estoy en grave peligro.

—Bueno. Era un poco diabólico. Pero la atmósfera…

—Sí, sí, claro. Y un litro de vino tinto.


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16 págs. / 29 minutos / 34 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2026 por Álvaro Bozinsky.

La pequeña casa en Allington

Anthony Trollope


Novela


 Capítulo 1

El señor de Allington

Por supuesto, había una Casa Grande en Allington. ¿De qué otro modo podría haber existido una Casa Pequeña? Nuestra historia, como su nombre indica, tendrá sus vínculos más estrechos con quienes vivían en el menos digno de ambos domicilios; pero también guardará relación con el más distinguido, y será conveniente que, en primera instancia, dedique unas palabras a la Casa Grande y a su propietario.

Los señores de Allington lo habían sido desde que se tiene noticia en Inglaterra de tales hacendados, al menos tal y como se conocen hoy. De padre a hijo, de tío a sobrino y, en una ocasión, de primo segundo a primo segundo, el cetro había descendido en la familia de los Dale; y los acres habían permanecido intactos, aumentando en valor y no disminuyendo en número, pese a no estar protegidos por ningún mayorazgo ni por una dosis asombrosa de prudencia o sabiduría. Las tierras de los Dale de Allington habían sido colindantes con la parroquia de Allington durante algunos siglos; y aunque, como he dicho, la estirpe de los señores no había poseído una discreción sobrehumana, y quizá no se había guiado en su paso por la vida por principios muy definidos, había habido en ellos tal adhesión a una ley sagrada que ni un solo acre de la propiedad se había separado jamás de las manos del señor de turno.


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Dominio público
781 págs. / 22 horas, 47 minutos / 51 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Un Hogar en el Árbol

Miguel Hernández


Cuento


Un día Nita vio un nido en el árbol que había junto a su ventana.

─¡Toñito! ─dijo a su hermano─. Se ve un nido en el árbol. Y dentro hay huevos. ¡Uno, dos, tres, cuatro huevos!

En esto, vino un pájaro loco al árbol, se fue derecho al nido y se sentó sobre los huevos.

─¡Mira! ¡Mira! ─dijo Toñito─. Hay un pájaro. Es el pájaro madre.

─¡Sí! ─dijo Nita─. Yo veo al pájaro padre también. ¡Qué feliz es!

Una mañana Toñito dijo: «¡Ven conmigo, Nita! Mira el nido ahora».

Nita miró el nido. Adivina qué vio dentro.

─¡Ooooooh! ─dijo la niña─. ¡Uno, dos tres cuatro, pájaros pequeñitos! ¡Qué graciosos pájaros tan pequeñitos!

Pronto los pajaritos se hicieron grandes. Y querían volar.

─¡Mira! ─dijo uno de ellos a los otros─. Yo puedo volar. ¿Queréis verme volar?

¡Hop, hop, hop! Y el pajarito que quería volar cayó en tierra al intentarlo.

Vino el pájaro madre. Y también vino el pájaro padre. Ellos no podían ayudar a su hijito, que se les había escapado del nido.

Pero Nita lo cogió al pie del árbol.

─¡Ven aquí, Toñito! ─dijo la niña─. Este pequeñito cayó del nido. Nosotros debemos ayudarle.

Tomó Toñito el pequeño pájaro, subió con él delicadamente sobre el árbol y lo puso dentro del nido.

Un día el pájaro padre dijo:

─¡Venid, venid, venid, hijitos míos, pajarillos de mi corazón! Ahora ya podéis volar. ¡Volad, volad conmigo!

El pájaro madre también dijo:

─¡Volad, niñitos míos y del aire! ¡Volad, volad conmigo!

Y los cuatro pajarillos echaron a volar. Y el pájaro padre iba delante. Y el pájaro madre iba detrás.

Nita y Toñito les despidieron gritando:


Hasta la vuelta, pequeñuelos,
y que no os vayáis a perder
en las estrellas de los cielos.
Venid siempre al atardecer.


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 13 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Gorrión y el Prisionero

Miguel Hernández


Cuento infantil


Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio. Son el pueblo pobre, la masa trabajadora que ha de resolver a diario de un modo heroico el problema de la existencia. Su lucha por existir en la luz, por llenar de píos y revuelos el silencio torvo del mundo, es una lucha alegre, decidida, irrenunciable. Ellos llegan, por conquistar la migaja de pan necesaria, a lugares donde ningún otro pájaro llega. Se les ve en los rincones más apartados. Se les oye en todas partes. Corren todos los riesgos y peligros con la gracia y la seguridad que su infancia perpetua les ha dado.

Ave de decisión, gorrión bueno, mejor entre los mejores, era Pío─Pa. Así llamaremos a este leve ser de mi cuento. Llevaba su pantaloncillo corto con remiendos y su blusa de pluma gris, más remendada que su pantaloncillo, con más dignidad que para llevar su corona y su cetro deseara el emperador de Carcunda. Volaba a grandes vuelos, y cuando tocaba la tierra su pata andaba a saltos, rasgo alegre de entusiasmo juvenil. La alegría jamás faltó en su nido y en su pecho, donde permaneció arraigada por debajo y por encima de las tristezas que van y vienen. Tejió su nido como el soldado su tienda, donde le cogía la noche o la batalla por las migajas. No ambicionó, como los pájaros señoritiles, parasitarios, ni la rama elevada para piar ni el lugar regalado para yacer con la gorriona. Las innumerables vueltas que hacía al campo y los también innumerables tropiezos y asaltos que allí había experimentado acumularon sobre su cabeza de ajo bello y su corazón aleteante cierta sabiduría: llegó a saber más que una rata de cárcel: toda la que cabe entre una frente y un corazón loco.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 16 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

La Gatita Mancha y el Ovillo Rojo

Miguel Hernández


Cuento infantil


Había un ovillo en el costurero. Era un ovillo muy grande y muy rojo. Era un ovillo muy bonito. La gatita Mancha dijo al verlo:


¡Miaumero! ¡Miaumero!
Una pelota roja.
Yo la quiero. Yo la quiero,
Yo llegaré hasta el costurero.
El costurero está muy alto.
Pero todo será cuestión
de dar valientemente un salto
aunque me lleve un coscorrón.


Saltó la gatita Mancha. Cayó dentro del costurero. El costurero, el ovillo rojo y la gatita Mancha cayeron de la mesa y rodaron por el suelo. Dijo la gatita:


¡Miaumiar! ¡Miaumiar!
¡Yo no puedo correr!
¡Yo no puedo saltar!
¡Yo no puedo ni un pelo mover!
¿Quién me quiere ayudar?


Al oírla, vino Ruizperillo. Y vino su madre. Y la hermanita de Ruizperillo también vino. Y toda la familia de Ruizperillo vino a ver a la gatita Mancha enredada en el ovillo. Todos reían viéndola cada vez más enredada en el algodón del ovillo rojo.

La madre de Ruizperillo dijo:


Mancha, Manchita,
usted está de broma.
Ahora necesita
mi ayuda, gatita, paloma.
Este ovillo
no es para una gata pequeña,
sino para una que enseña
viejo el solomillo,
vieja la nariz y aguileña.
No sabe usted
bordar ni coser,
gatita de dientes
y uñas de alfiler.


Toda la familia de Ruizperillo rio hasta que la gatita Mancha salió de su cárcel de algodón. Entonces, Ruizperillo dejó en el suelo su pelota de goma para que Mancha jugara con ella. Y la gatita asustada echó a correr asustada diciendo:


¡Fus! ¡Fus! ¡Parrafús!


Porque el gato más valiente,
si sale escaldado un día,
huye del agua caliente,
pero, además, de la fría.


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 11 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Conejito

Miguel Hernández


Cuento infantil


A un conejito se le ocurrió echar a correr.

Corría y corría, y no dejaba de correr.

Corrió tanto que pronto se encontró frente a un huerto cercado.

─Este debe ser un huerto muy rico porque está cercado ─dijo el conejito─. Yo quiero entrar. Veo un agujero, pero no sé si podré entrar por él.

¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!

Sí que pudo entrar el conejito en el huerto por aquel agujero que había visto. Y una vez dentro, se sintió feliz.

─Aquí tengo yo una buena comida. ¡Menudo atracón voy a darme!

El animalito se puso a comer, y no se cansaba de comer en las berzas, en las habas y en las coles.

Comió durante todo el día. Y así que el día llegó a su fin, dijo el conejito:

─Ahora debo marchar a casa. En casa me aguarda mi madre. Se me había olvidado mientras comía.

Tres veces intentó salir por el pequeño agujero y no lo consiguió ni la primera ni la segunda ni la tercera vez.

─Ay, madre mía ─gritó─. No puedo salir. Este agujero es demasiado pequeño. Me he pasado el día comiendo y ahora estoy demasiado grueso. ¡Ay, que no puedo salir! Ay, madre mía.

En esto llegó un perro al huerto y vio al conejito.

─¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! ─dijo─. Hoy estoy de broma y veo un conejo. Voy a bromear con él.

Echó a correr el perro bromista derecho al conejito.

─Un perro viene ─dijo asustado─. ¡Un perro viene! ¡Con lo poco que a mí me gustan los perros! Yo debo salir de aquí. ¡Ay madre mía!

El conejito corrió, y corriendo vio un agujero grande.

─Por aquí me escapo ─dijo─. A mí no me gustan los perros. Ya estoy fuera del huerto y lejos de los colmillos del perro. ¡Gracias a mi vista y a mis patas!

Efectivamente, cuando el perro salió por el agujero grande detrás del conejito, esta ya se encontraba en los brazos de su madre, en la madriguera. Y su madre le reñía diciendo:


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1 pág. / 2 minutos / 18 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?


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Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 9 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Sigue tu estela

Aurora Romero


Autoayuda, Superación personal


Primera edición: octubre de 2025 O 2025, Aurora Romero


Maquetación y diseño: Juan Muñoz

Todos los derechos reservados. Puedes compartir esta obra siempre que se mencione la autoría, no se use con fines comerciales y no se modifique ni se generen obras derivadas.

Licencia: Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND).








A mis raíces, que sostienen cada paso.

A quienes me enseñaron la paciencia del tiempo y la ternura de lo cotidiano.

A los guardianes de historias, a los cómplices de risas, a los pilares silenciosos que acompañan sin hacer ruido.

A quienes estuvieron, están o quizá estén algún día.

Si este viaje ha despertado una chispa, si la estela de esta obra ha tocado tu corazón, gracias por estar ahí.







PRÓLOGO



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Creative Commons
21 págs. / 37 minutos / 31 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

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