1. El abordaje de los malayos
Aquella noche, todo el mar que se extiende a lo largo de las costas
occidentales de Borneo era de plata. La luna, que subía en el cielo con
su cortejo de estrellas, a través de una atmósfera purísima, derramaba
torrentes de una luz azulada de dulzura infinita.
Los navegantes no podían haber tenido una noche mejor. Incluso el
mar estaba completamente tranquilo. Únicamente una fresca brisa,
impregnada de los mil perfumes de aquella isla maravillosa, lo rizaba
ligeramente.
Un gran buque de vapor que venía del septentrión se deslizaba
suavemente entre el banco de Saracen y la isla de Mangalum, echando humo
alegremente. Por su estela se movían noctilucas y medusas, haciendo más
viva la luminosidad de las aguas.
Aquella noche se celebraba a bordo una fiesta, por lo que el salón
central estaba totalmente iluminado. Un piano tocaba un vals de Strauss,
mientras vibraba la recia voz de un tenor, saliendo por las portillas
abiertas y difundiéndose a lo lejos por el mar plateado, cuando se oyó
un grito en proa:
—¡Alto las máquinas!
El capitán, que había subido al puente para fumar una pipa de acre
tabaco inglés, al oír aquella orden bajó precipitadamente por la escala,
gritando:
—¡Por Júpiter! ¿Quién detiene mi barco?
—He sido yo, capitán —dijo un marinero, adelantándose.
—¿Con qué derecho? ¡Aquí, mando yo!
—Porque tenemos delante de nosotros una flotilla de pescadores malayos llegada no sé cómo. Y es una flotilla bastante numerosa.
—Si no nos dejan sitio, pasaremos por encima de sus malditos praos y enviaremos al fondo del mar a todos esos gusanos que los tripulan.
—¿Y si, en cambio, fuesen piratas, señor? No es la primera vez que asaltan a los vapores…
—¡Rayos y truenos! ¡Veamos!
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