¿Os acordáis de algo que os conté aquí mismo hace tiempo, no mucho?
Pero todo va hoy tan de prisa, que presumo lo habréis olvidado.
Se trataba del conde filántropo, del que tuvo misericordia de las
turbas, del que con exaltación profesó el culto de los humildes, del
que, en su vocación entusiasta, tomó el arado en sus manos
aristocráticas y, descalzos los pies, rompió las entrañas de la tierra
para que produjese el dorado trigo que sustenta al hombre.
En aquella ocasión os narré algún episodio de la existencia del que
amó a su naturaleza y a los humanos —no a todos por igual—, siendo la
razón de su preferencia la mayor miseria e ignominia de los preferidos. Y
os conté cómo San Francisco y el conde dialogaron una tarde otoñal,
sentados en un muro, mientras dejaban rebosar la marejada del humano
sufrimiento, que ambos habían convertido en materia religiosa, dulce y
alegre en el fraile, en el conde sombría y pesimista.
Y he aquí que el conde, en un viaje por llanuras acolchadas de nieve,
mientras un cierzo áspero y polar desgarraba los escarchados arabescos
del ramaje sin hojas: yendo, como un «mujik», en la plataforma del tren,
enfundado en su hopalanda de pellejas de carnero mal curtidas,
endurecidas por el hielo, sintió en su pecho, repentinamente, como una
punzada. A poco, la punzada era agudo dolor. Y al penetrar en el
convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus
dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún
otro: el frío de la invasora pulmonía.
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