I
Limpia como los chorros del agua y madrugadora como las alondras del
campo, Isabel, de antiguo había puesto singular empeño en que la escuela
regentada por su padre apareciese a diario, desde el amanecer, con el
bruñido brillo que los almireces, velones, calderas, sartenes, perolas,
ollas, platos, aparecían colocados por los testeros de la cocina y sobre
el pretil de la chimenea, en la parte de casa reservada a la familia.
La escuela, como el hospital, como la cárcel, como el cementerio,
como todos los establecimientos públicos por las regiones meridionales,
carece en absoluto no ya de esplendor, sino hasta de condiciones
higiénicas. Se cuidan más los ediles, con su alcalde a la cabeza, en las
horas del reparto territorial de favorecer los intereses propios que
los del amigo; y mas los intereses del amigo que los del pueblo. Se
atiende allí con mayor solicitud a los gastos de cualquier fiesta
religiosa que a los gastos de cualquier mejora pública.
Pocos espectáculos tan tristes como los ofrecidos por los
ayuntamientos de los pueblos, aun en sus mis solemnes sesiones. No se
discute allí por el bien común, sino por el medro y la granjería
particular. No libran los ediles unos con otros altas polémicas que
tengan por fin mejorar el estado de una población más o menos populosa,
pero al fin y al cabo de una población entera, se pelean como lobeznos
hambrientos por repartirse el botín municipal. Los nombramientos de este
alguacil, de aquel sereno, de tal escribiente, de cual sepulturero,
interesan más, mucho más que el medio y manera de allegar recursos para
cosa tan innecesaria, a su juicio, como un establecimiento de educación
intelectual.
Leer / Descargar texto 'El Sochantre de mi Pueblo'