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textos disponibles fecha: 11-01-2026


La ciudad condenada

John R. Carling


Novela, Romance, Histórico, Judío, Romano


Obra original: The Doomed City – John R. Carling, 1910. En dominio público.

Edición: Traducción independiente realizada por Fernando Guzmán. (CC BY 4.0).





CAPÍTULO I

UNA BODA MISTERIOSA


La luz púrpura del atardecer había caído sobre la costa siria cuando Crispo, con paso rápido y oscilante, recorría la bien trazada calzada que conducía hacia el sur, a la majestuosa ciudad de Cesarea, capital romana de Judea.


Evidentemente amaba el ejercicio de caminar, pues, si lo hubiera deseado, podría haber cabalgado: a una distancia respetuosa lo seguía, conducido por un par de esclavos, su rheda de dos caballos, un carro de viaje de bronce esculpido, provisto de toldo de cuero y cortinajes de seda, que contenía el equipaje necesario (llamado con propiedad impedimenta por los romanos) que un hombre de gustos sencillos requeriría en un largo trayecto.


Crispo, de unos veinticinco años, tenía una figura poderosa y a la vez graciosa, ojos de un gris profundo, cabello rizado de tono bronceado y un rostro hermoso, tan nítido como si hubiera sido esculpido en mármol; un semblante cuya pureza de tez hablaba de pureza de vida —virtud rara en aquella época—; un rostro cuya mirada ardiente y aguda prometía que su dueño había nacido para alcanzar distinción, si es que no la había alcanzado ya. “Un romano antiguo”, se diría al verlo, pues aún se aferraba al uso de la majestuosa toga, que en el primer siglo estaba siendo rápidamente sustituida por la túnica griega; además, el anillo en su dedo no era de oro, sino de hierro, conforme a la antigua costumbre.



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324 págs. / 9 horas, 27 minutos / 31 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

Cuento de guerra

Xosé Ramón Barreiro Fernández


Cuento, Francesada, Galicia


Traducción por Fernando Guzmán 2025


Alrededor de la chimenea del viejo pazo de San Fiz, junto al fuego, en las noches de invierno, mi abuelo Xohan Ramón nos contaba cuentos de luchas, cuentos de guerras, recuerdos de la francesada, que el tío Lourenzo —que había sido cadete de los Reales Ejércitos en sus tiempos jóvenes y luego había comandado una Alarma— le había contado a él, cuando él era como nosotros, en el mismo sitio, alrededor de aquel hogar que era, por la tradición de la casa, el altar donde nos moldeaban el corazón a los de mi casta.
Hoy, en el pazo de San Fiz, ya no arde el fuego en la chimenea ni queda de él más que mis recuerdos. No queda piedra sobre piedra. El desamor de unos y la ruindad de otros deshicieron el pazo y, con el pazo, el hogar.
Uno de aquellos cuentos era de los tiempos de la francesada. Los ejércitos ingleses se retiraban para embarcar a través de La Coruña. Era una retirada trágica... de muerte.
Nuestras Alarmas les ayudaban a salvarse.
El del tío Lourenzo salió para proteger las últimas fuerzas, donde venían los enfermos y los heridos.
En un instante, el ejército gabacho llegó cerca de ellos. Allí no quedaban ya, para luchar, más que unos cuantos hombres de nuestra Alambra; entonces, a la prisa, de cualquier manera, subieron a los heridos a un castro que de allí a poco estaba. Entre aquellos héroes hubo uno que no pudo llegar. La muerte le tenía ya clavadas sus garras: era un alférez galés que moría de dolor y de saudade.
El tío Lourenzo se quedó a su lado; no podía dejar abandonado a aquel hombre que era un hermano de lucha y de cultura, que había venido a ayudarnos y moría por nosotros.
El abuelo Xohan Ramón, cuando nos decía que la Saudade lo era todo para nuestra gente, nos contaba siempre este cuento...
...


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3 págs. / 5 minutos / 21 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

Fantasía Nerviosa

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.

Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.

Tenías las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.

Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.

Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.

En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.

Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.

Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas pálidas que llevaba prendido al seno.

Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 9 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Reproducción

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era un buen muchacho y amaba entrañablemente a María. Pedro sentía por ella el mismo afecto. Uno y otro, hace tiempo, la habían galanteado mucho, la habían querido mucho, y de esto hacía varios años. Ambos se presentaban de nuevo, llenos de amor, con una carrera formada, y con una larga historia de recuerdos que suscitarían en su presencia...

Se querían como amigos que se comprenden íntimamente, francamente, estrechamente, sin egoísmo, sin secretos, fatalmente predestinados a las más dolorosas pruebas del corazón.

María no era hermosa, tenía los ojos negros, densamente iluminados. Su impasible expresión, retocada por el corte sensual de los labios, daba a aquel cuerpo delgado y silencioso una mezclada forma de ocultismo e indiferencia, correctamente social.

Hablaba pausadamente o ligero, sin calor, sin convicción apta para despertar toda duda. Amaba sin saber por qué,. sin darse cuenta de ello, como una cosa que nos ha sido impuesta y ejecutamos, sin ser comprendida, no obstante. Pensaba en los dos amigos que le hablarían de su pasado amor, con una impasibilidad que recordaba la fría y bostezante actitud de un César ante una lucha de gladiadores. Esperaba que ambos se le acercaran con indiferencia: atendería al que la hiciera sentir más. Y todo esto sin preocupación, sin fuego, con la tranquila curiosidad de una criatura que observa los movimientos de un ave a quien ha roto un ala.

No deseaba ni emociones, ni cariño, ni generosidad: quería saber simplemente cuál de los dos tenía más ingenio.

Había perdido a su madre siendo muy niña.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 7 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.