Eran las diez de la mañana, y me hallaba yo en pie
en la boca del portal de Mercaderes, pensando a cuál de las muchas
visitas que tenía que hacer iría primero. Saqué de la faltriquera una
porción de cartas de recomendación, y comencé a revisar sus rótulos: «A
la señora doña…» No es hora de esta visita, dije para mí, porque ésta es
una de tantas señoras que va a la comedia, después a una tertulia,
después llega a su casa, y gasta dos horas en quitarse los adornos y
preparar los del día siguiente; en una palabra, es señora de tono, y por
consiguiente duerme hasta las doce del día. Leí otro sobre: «Al señor
don Espiridión Rivadullo». ¡Oh!, este señor sólo a la hora de comer
puede encontrarse, porque como es agiotista, corre desde las seis de la
mañana de casa del ministro a los almacenes de comercio, de los
almacenes a la tesorería general, de la tesorería general a la aduana,
de donde al fin sale el pobrecito con ocho o diez cargadores con dinero,
y va a su casa rendido de fatiga, sin haber sacado más provecho que 8 o
10 000 pesos de ganancia. Pero para no
molestar la atención del lector, diré que después de examinar muchos
sobrescritos, me pareció la hora inoportuna y me decidía a marcharme al
Ateneo a leer con permiso del conserje algunos periódicos, cuando fijé
la atención en una carta, cuyo sobre decía: «A don Jacinto Rebollo,
empleado en la oficina de rezagos. México. Calle de Zapateros número 4,
vivienda interior», y dije: Ahora sí comencé mis visitas, porque los
empleados entran a las once a sus oficinas, y precisamente ésta es hora
muy oportuna para buscar a mi don Jacinto. Eché a andar, y llegué a la
calle de Zapateros, no sin haber recogido antes mucho polvo y algunas
chinches de los petates que sacudían con un palo en la puerta de las
accesorias.
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