Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del
Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando
hasta las cercanías de París.
El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían
hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas
poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío
ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no
encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la
muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin
saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose
los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.
Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre
la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los
departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando
amparo en la capital.
Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se
sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba
la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio
recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los
apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes
militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por
el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media
noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles
y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en
pleno desierto.
La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía
caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros
rivales que también lo desean.
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