Después de cavilar muy poco he rechazado el
uso que emplea la voz galicana «revancha», y me atengo al abuso, quiero
decir, al purismo que nos manda decir «desquite». Que nadie me lo tenga
en cuenta.
Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos picados de internacionalismo belicoso.
* * *
Luis era el gallito de la calle y el chico más rencoroso del
barrio; ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado
la badana. Desde que dominó a Guillermo, no había quien le aguantara. Se
pasaba el día cacareando y agitando la cresta: si había partida, la
acaudillaba; se divertía en asustar a las chicas del barrio por molestar
a los hermanos de éstas; se metía en todas partes, y a callar todo
Cristo, ¡a callar se ha dicho!
¡Que se descuidara uno!
—¡Si no callas te inflo los papos de un revés…!
¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, ¡vaya si
era pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle
papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber
tinta.
¡Le tenían una rabia los de la calle!
Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar
cucurrucús y roncas, esperando ocasión y diciéndose: «Ya caerá ese
roncoso».
A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale, chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja.
—Dice que le tienes miedo.
—¿Yo?
—¡Dice que te puede!
—¡Dice que cómo rebolincha…!
—¡Sí, las ganas!
Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había
llovido de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo,
les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los
corazones a sus acompañantes, que barruntaban morradeo.
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