PRÓLOGO
Era una amplia estancia, de
techo alto y ricamente amueblada. Sus dos ventanas daban a un parque
cuyos altos árboles se alzaban demasiado cerca de la casa. Un biombo
apenas lograba aislar del resto de la habitación la cama, colocada
en el centro, donde yacía una joven. Su cabello castaño,
cuidadosamente trenzado y extendido sobre la almohada, formaba una
especie de aureola alrededor de su cabeza. Su rostro, aunque
contraído por el dolor, conservaba belleza; las cejas fruncidas
dibujaban una línea recta. De sus labios finos y bien delineados
escapaba, de vez en cuando, un gemido, y bajo la sábana que la
cubría se adivinaba cómo su cuerpo se tensaba.
Junto a la cama permanecía
un grupo de personas atentas: un anciano vestido de frac, con una
condecoración prendida en la solapa; un hombre más joven, de
expresión inteligente, con bata blanca; y dos enfermeras. En la hora
en que toda mujer, herida en su cuerpo y en su pudor, tiene derecho a
permanecer sola, varias personas rodeaban a aquella mujer que sufría.
Pertenecía, en efecto, a una casta en la que ni el dolor ni la
alegría podían mantenerse en secreto, y la emperatriz de Austria,
Isabel, de apenas veinte años, estaba obligada a dar a luz en
público.
Junto a una de las ventanas
se encontraba un hombre bajo y rechoncho, de piernas cortas: Su
Alteza Imperial y Real, el archiduque Raniero. Conversaba en voz baja
con el consejero íntimo Carlos Fernando, conde de Buol-Schauenstein.
Otros tres personajes, vestidos con uniforme, contemplaban en
silencio el parque y sus avenidas rectas, ya cubiertas por las
sombras del atardecer. Dos damas, sentadas en un rincón,
cuchicheaban entre sí.
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