—¿Te acuerdas de Quintín?
—Y bien que me acuerdo. ¿Quintín Guardarelo, aquel muchacho,
sobrino de la tía Calixta, que se fue para Cuba y que ahora dicen que
está muy rico?
—El mismo, que ya debe tener sus cuarenta años, y que realmente está muy rico. Pues mañana debe llegar aquí.
—¿Aquí?
—Sí, al pueblo. Viene a arreglar su matrimonio. A ver si adivinas con quién quiere casarse.
—Con Gregoria, la hija de don Rufo el del molino.
—No.
—Entonces con Brígida, la del indiano.
—Tampoco.
—Pues con la hermana del juez.
—Menos, que ni la ha oído mentar; y mira, date por vencida, que no
acertarás nunca, y yo te lo voy a decir. ¡Asómbrate! Con Serafina.
—¿Qué Serafina?
—¡Toma! Serafina, la chica, la criada que nos sirve, que es su sobrina.
—Pero ¡hombre!, si apenas tiene quince años, y está hecha una brutica…
—Pues con todo y eso, ya mañana será la señorita Serafina; porque
él la va a poner en un colegio en seguida, y dentro de dos años volverá
para casarse con ella, y ahí tienes a la muchacha convertida en la
señora más rica quizá de la provincia.
—¡Pero eso será mentira!
—No; que todo me lo ha dicho esta misma tarde don Félix, que
expresamente ha venido a preguntarme por Serafina, encargándome con
mucho empeño que tú y yo la preparemos, contándole la fortuna que va a
tener, y que mañana, desde temprano, esté vestida lo mejor posible para
que le haga buen efecto a Quintín.
—¡Mira tú qué fortuna! Y yo que la he reñido esta tarde tanto, y
hasta le arrimé dos bofetones porque no había sacado hierba para la
vaca…
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