Textos más vistos disponibles publicados el 31 de octubre de 2021 | pág. 4

Mostrando 31 a 40 de 77 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos disponibles fecha: 31-10-2021


23456

Los Dos Pepes

Norberto Torcal


Cuento


El sonido vibrante y argentino de la campana, anunciando el fin del trabajo de aquel día, último de la semana, produjo en el taller de serrería mecánica un movimiento general de expansión y alegría, del que sólo podría dar alguna idea la algarabía y bullicio que á la salida de la escuela arman los chiquillos, después de las tres horas de encerrona reglamentaria.

Al eco de aquella voz metálica que en su lengua y á su manera decía á los obreros: Basta, id con Dios y descansad unas horas, todos soltaron las herramientas del trabajo, requirieron el grasiento sombrerillo ó la democrática gorra, y después de pasar por el despacho del principal para percibir la paga de la semana, fueron saliendo á la calle en grupos de dos en dos ó de tres en tres, hablando recio y accionando mucho, alegres, satisfechos y sonrientes, haciendo sonar, al andar, con dulce y sabroso retintín en el fondo de sus bolsillos, los cinco duritos recién cobrados, fruto de los sudores de aquellos seis días.

Detrás de todos, solitario, lento el paso y el aire pensativo, Pepe Fernández, que de propósito parecía haberse quedado el último por esquivar la conversación y alegría de sus compañeros, abandonó el taller, y cerca de la puerta de salida, encontróse de manos á boca con el jefe del establecimiento, el cual le dijo afectuosamente tendiéndole la mano:

—Que los tengas muy felices ya de víspera, Pepe.

—Gracias, maestro, contestó éste, apretando con fuerza la mano aquella vigorosa y peluda que el maestro le presentaba con franqueza. Y sin más palabras ni cumplidos, añadió en seguida: Hasta mañana.

—Qué, ¿te vas sin cobrar?...

—Toma, y es verdad... ¿pues no se me había metido en la cabeza que hoy era viernes?


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 40 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Los Progenitores de Don Quijote

Antonio de Trueba


Cuento


I

Don Luis Díaz de Rojas, progenitor de aquellos insignes caballeros y prelados de su apellido, que conmemoran nuestras historias civiles y eclesiásticas, era uno de los mejores caballeros castellanos de su tiempo. En cuanto á su tiempo, ni las historias genealógicas ni las tradiciones vulgares le puntualizan; pero como por el hilo se saca la madeja, yo he conseguido puntualizar el tiempo en que floreció el Sr. D. Luis, que fué, sin duda alguna, el del Sr. Rey D. Juan el Segundo; y cúmpleme advertir, antes de dar á conocer más pormenor al caballero, para que no se lo juzgue con disfavor que no merece, que no le cuento entre los setenta y ocho vencidos por Suero de Quiñones en la puente del Órbigo, aunque muy bien pudo venir de su rodilla alguno de aquellos infinitos faltos de seso que en tiempo del Sr. Rey D. Felipe el Tercero venció el Sr. Miguel de Cervantes Saavedra en Argamasilla de Alba; porque achaque de la flaca humanidad es extremar lo bueno y lo malo, y amor hay cuyos ósculos se extreman tanto, que rayan en mordiscos.

Vivía el caballero de Rojas en su señorío de este nombre, que era en Bureba, más acá de Burgos, donde, como buen cristiano y buen hidalgo, hallaba gran placer en hospedar y agasajar en su noble casa á los caballeros extranjeros que por allí pasaban peregrinando á Santiago de Compostela.

La Puebla de Rojas, que hoy es lugar tan mermado de gente que apenas tiene doscientos moradores, era entonces villa tan populosa, que la cercana Bribiesca, y aún lastres veces más lejana Burgos, la envidiaron más de una vez viéndola preferida de Reyes, como solía serlo del señor don Enrique IV, que gustaba de posar en ella y holgaba viendo escaramucear á sus gentes de armas en los amenos llanos de Marimena, que son cabeza de la villa.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 57 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Un Lego Predicador

Norberto Torcal


Cuento


Echada atrás la recia capucha, reluciente de sudor el rostro y medio cegados los ojos por la intensa vibración de aquel sol estival que con ardientes llamaradas resplandecía en un cielo sin nubes, el buen hermano lego apareció en la era guiando del ronzal al humilde asnillo, fiel compañero suyo de armas y fatigas en las tardes de verano, en que, por encargo del Padre Guardián del convento, salían por las eras á recoger las limosnas de trigo que de buena gana siempre daban aquellos honrados labradores.

Montados en los trillos de aceradas puntas, semejantes á aquellos romanos que en los amplios circos guiaban los carros de poderosas y veloces cuadrigas, dos robustos gañanes daban vueltas á la era desmenuzando la dorada mies, que bajo los cascos de las muías y los afilados hierros de los trillos, crugía con rumor estridente y seco.

—Buenas tardes, muchachos—dijo el lego, deteniéndose en un extremo de la era.

—Bienvenido, fray Ambrosio—contestó uno de los mozos, reparando en el hermano lego, que, con un gran pañuelo de rayas azules, salido de las profundidades de su inmensa manga, limpiábase el sudor de la frente.

—Se conoce que á vuestra merced le gusta tomar el fresco—fue el saludo del otro gañán, arreando la poderosa yunta que arrastraba el trillo.

Fray Ambrosio se sonrió bondadosamente y, sin contestar palabra, se puso á mirar á su al redor buscando dónde atar el asnillo, que sin pedir permiso á nadie, sin encomendarse á Dios ni al diablo, comenzó enseguida á hundir sus dientes en la parva, dispuesto á darse, no un buen verde, sino un buen amarillo aquella tarde.

—Eh, fray Ambrosio—gritó desde lejos una voz juvenil—que las cuaresmas de San Francisco deben rezar también con los burros de sus conventos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 31 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Aguafuertes Vascas

Roberto Arlt


Crónica, artículo


I

De Santander a Bilbao. Luciérnagas móviles en un fondonegro. Se ha perdido una maleta

El Mundo, 18 de noviembre de 1935


Un cuarto de hora antes de que salga el tren me apresuro a ocupar mi asiento en el coche de tercera, y no me arrepiento de ello, pues en pocos minutos, los coches quedan prácticamente atestados de pasajeros.Antes de subir he averiguado de qué lado ilumina el sol; me siento junto a la ventanilla de sombra y de modo que el viento golpee en la cara del que se sienta frente a mí. Debido al calor, no se permite cerrar las ventanillas. Mi precaución no es pueril, pues estas locomotoras lanzan torbellinos de chispas y hollín. Observo que, cuando arranca el tren, casi todos los pasajeros se hacen la señal de la cruz; más tarde en Bilbao, donde observé la misma costumbre, varias señoras me manifestaron que antes de partir de viaje se confesaban.

Frente a mi asiento se ubica un cura gordo y sudoroso. A un costado llevo un viajante; más allá dos proletarios meriendan, repartiendo fraternalmente el pan, las sardinas, el vino y las manzanas. De pronto, entra al coche otro viajante y le dice al que está sentado:

–¿Sabes que se ha perdido una maleta?

–¿Has perdido la maleta?

–Sí, no aparece.

Durante una hora, en el coche no se conversa de nada más que de la maleta extraviada. Termino de puro aburrido por inmiscuirme en la conversación y, como ésta languidece, para darles cuerda a los viajantes expongo mis dudas jurídicas sobre si la empresa pagará o no la dichosa maleta. Pero, para distraernos, en otro compartimento una señora que conversa en voz muy alta con otras dos exclama:

–Lo que es yo, el día que me casé estaba lo más tranquila. Por la mañana me bañé...


Leer / Descargar texto

Dominio público
20 págs. / 35 minutos / 184 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Alabastrina

José Antonio Román


Cuento


Alabastrina, la hermosa gata favorita de Edgardo, se despereza soñolienta, destacando la suave blancura de su piel sobre la seda escarlata del canapé. El la contempla envolviéndola con una mirada acariciadora y bondadosa Un artístico péndulo, gallarda imitación de templete bizantino, que adorna el jaspeado mármol de la chimenea, marca dulcemente las horas. La luz de las arañas, fantaseadoras, reluciendo en las talladuras de los muebles y atenuando el fuerte colorido de los tapices, entibia el ambiente poblando la cabeza de extraños ensueños y dando á los objetos contornos vagos é indecisos.

Edgardo, aquella noche, como de costumbre, se entrega á sus bizarras fantasías; es el heredero de la refinada neurosis de su madre que murió joven, consumida por extravagantes raptos de misticismo; y de su padre, un perpetuo turista, que viajaba todos los años de los Alpes á Italia, y de ésta á la Rusia, sin emplear en nada su actividad, tenía esa pereza aburridora que iba gastando sus energías físicas. Y luego, cuando pequeño lo colocaron en un seminario, donde frailes de rostros pálidos y afables le rodearon de mil cuidados, evitándole todo exceso intelectual y procurando educar su espíritu conforme á los nobles principios de la moral cristiana. En unos infolios forrados en grueso pergamino y adornados con efigies en colores de santos y vírgenes, aprendió raras teorías de sacrificio y renuncia de los bienes terrenales. Su alma de adolescente ardió en místico entusiasmo por los desheredados, por los que, cubiertos de harapos y úlceras, mueren abandonados; soñó que era el hermano de esos infelices, el médico benevolente de esos enfermos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 50 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Cronología Conyugal

Antonio de Trueba


Teatro


Jornada cómica

(Este cuento popular si bien algo picarillo es, tiene también su enseñanza, que no conviene echar en saco roto, y por eso lo recogí y versifiqué cuando aún me dominaban resabios de la mocedad.)

Personas

Cazador 1.°—Cazador 2.°—Péru.—Un chico de ocho-años.—Una caserío de Baracaldo, en Vizcaya. En la portalada un emparrado con tina mesa y bancos. Sobre la puerta de la casa un ramo fresco. A la derecha de la portalada un cerezo. Anda por allí jugando un chico, que viste pantalón de algodón azul, llamado «mal año para ello».

Escena primera

Dos cazadores bilbaínos, con escopetas y burjacas, que por la izquierda de la casa aparecen, fatigados de calor.

CAZADOR 1.°
¡Esto es asarse vivo!

CAZ. 2.°
¡Yo sudo caldo!

CAZ. 1.°
¿Dónde estarán las fuentes
de Baracaldo.
que no hay ni rastro de ellas
en el camino?

CAZ. 2.°
Aquí escasea el agua
y abunda el vino.

CAZ. 1.°
Yo bebería ahora
todo un estanque.

CAZ. 2.°
Yo también.

CAZ. 1.°
Calla, ¡en casa
de Péru hay abranque!

CAZ. 2.°
Pues vamos á sentarnos
bajo la parra. (Se sientan).

CAZ. 1.°
Vamos.

CAZ. 2.°
(Llamando.) ¿Péru?

Escena II

Cazadores y Péru.

PÉRU (saliendo de la casa.)
¿Qué quieren?

CAZADOR 1.º
Saca una jarra.

PÉRU
¡Je! ¡Tengo una pipilla
que tiene un zumo!

CAZ. 1.°
¿Sí? Pues esa es la pipa
de que yo fumo.
¡Anda! (Entrase Péru.)


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 82 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Amigo de Sor Filomena

Norberto Torcal


Cuento


Sentada en un rincón de la portería, la humilde sor Filomena va desgranando entre sus dedos las menudas cuentas de su rosario. En el silencio del melancólico atardecer, el vago silabeo de las Ave Marías de la buena hermana portera es como hilillo de agua salido de las hendiduras de agreste y solitaria peña. En la capilla la devota comunidad entrégase al ejercicio de la tarde á la vaga luz crepuscular que por los pintados vidrios de los altos ventanales se filtra.

¡Ellas sí que son dichosas, las hermanas!—piensa un momento la humilde Sor, acurrucándose un poquito más en su rincón oscuro. ¡Ellas sí que están bien cerca del buen Dios, postradas allí en la capilla, al pie del tabernáculo, bajo las dulces miradas de Jesús que amorosamente las contempla y bendice desde el radiante trono de la sagrada Custodia!

En la puerta interior del vestíbulo alguien anda y se agita sin poder alcanzar el cordón de la campanilla... Algún niño, sin duda. ¡Son tantos los que diariamente vienen ú llamar á aquella puerta!...

Sor Filomena se levanta de su asiento y ú través del cristal de la estrecha ventanilla se pone á mirar quien empuja y hace ruido á la entrada... Nadie... es decir, sí, un perro, un hermoso perro de noble cabeza, rizado pelo negro y dulces ojos azules, de mirada inteligente y húmeda que, meneando la larga cola, parece que algo pide ó desea.

La religiosa quédase mirando unos momentos al magnífico animal y, como cediendo á la santa consigna de que nadie se aleje de aquella casa sin alguna merced ó consuelo, toma de encima de la mesa un mendrugo de pan seco y se lo echa al animal, que lo coge al aire y devora con excelente apetito.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 31 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Amor Mejor Probado

Norberto Torcal


Cuento


La Sra. Rosa era, sin disputa alguna, la mujer más pobre y á la vez más dichosa de todo el barrio.

Viuda desde hacía cinco años, y sin más compañía que un hijo que apenas contaba ocho, con los seis reales diarios que en el lavadero ganaba con ruda y penosa fatiga, tenía lo suficiente para atender á las necesidades de su casa y cuidar de la educación de aquel niño, que era todo su amor y felicidad en el mundo, y al que quería... como quieren todas las madres á sus hijos; es decir, un poco más, porque, sea preocupación ó realidad, yo siempre he creído que las madres pobres aman á sus hijos un poco más que las otras elegantes y ricas, y para ello me fundo en que un beso vale mucho más que un juguete, y un remiendo puesto por la propia mano de la madre á una camisa ó una chaqueta, más que el vistoso traje de terciopelo comprado en espléndido bazar.

Sea de ello lo que quiera, lo único que yo afirmo es que Rosa amaba muchísimoá su hijo, y esto nadie podría negármelo.

¿Que cómo se las arreglaba la pobre mujer para poder, con sus seis miserables reales, tener siempre su casita limpia, su vestido decente, su maceta de claveles en la ventana y su rostro de risa á todas horas?

Esto es justamente lo que yo no sabría decir, por más que de estos y parecidos milagros está llena la vida de las honradas gentes que viven de la economía y el trabajo.

Una tarde de invierno, Rosa volvió al anochecer á su casa sintiendo una grande opresión en el pecho y un dolor muy agudo en el costado. La enfermedad la había tocado con su dedo de hielo, y la ráfaga de aire frío que por la boca se le entrara, había herido su pulmón con incurable y mortal herida.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 29 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Apetito

Antonio de Trueba


Cuento


I

Cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo sucedió que una mañana se encontraron con ellos en el camino dos jóvenes muy guapos y enamorados que volvían de la iglesia, donde acababan de casarse, y se dirigían á una casita blanca que tenían ya preparada allá arriba para vivir en ella queriéndose y ayudándose uno á otro como Dios manda.

—No será malo—dijo la mujer al marido viendo que se acercaba á olios Cristo y San Pedro,—que aprovechemos la ocasión para preguntar á Cristo qué es lo que principalmente debemos hacer para ser buenos casados, porque aunque ya nos ha dicho algo de eso el señor Cura, naturalmente Cristo y aun San Pedro han de saber más que él de esas cosas.

—Tienes mucha razón—contestó el marido,—y tanto más nos conviene preguntarles eso, cuanto el señor Cura nos ha dicho, que como tenemos poco talento...

—De tí ha dicho eso, que no de mí.

—Lo mismo da, mujer, que lo que se dice del marido, como si se dijera de la mujer es.

—Eso según y conforme.

—¿No has oído al señor Cura que la mujer y el marido son una sola carne y un solo hueso?

—No, ha dicho el señor Cura eso: ha dicho que el marido debe tener por carne de su carne y hueso de su hueso á la mujer.

—Pues llámale hache.

—No le llamo hache ni jota, que lo que con eso ha querido decir el señor Cura es que si, pongo por caso, tú me das una bofetada que me rompa las muelas, te ha de doler la bofetada como dada en carne de tu carne y hueso de tu hueso.

—Zape, ya me guardaré yo muy bien de dártela que no soy tan tonto como eso.

—¡Podía llegar hasta eso tu tontería!

—Pues como íbamos diciendo, nos conviene tanto más preguntar á Cristo que es lo que principalmente debemos hacer para ser buenos casados cuanto el señor Cura nos ha aconsejado que cuando no sepamos alguna cosa, la preguntemos á quien sepa más que nosotros..


Leer / Descargar texto

Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 61 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

23456