La bella Cleopatra, reina del Egipto, rodeada de esclavas, da la
última mano á su regio tocado. Desde el balcón de su palacio de recreo,
gallarda y viril, vese la flota romana. Marco Antonio llega en ella
En la terraza del intercolumnio de jaspe y balaustrada de mármol,
reclinada en muelle triclinio y envuelta en real manto, está la hermosa
Cleopatra, el mórbido brazo hundido en el almohadón, mientras una de sus
manos ensortija, distraída, su ondulante cabellera. Sus pies,
blandamente aprisionados en babuchas cuajadas de piedras preciosas,
rasgan con las suelas claveteadas de oro, la sliciomática alfombra de
Smirna. Una flotante y sedosa túnica con orlas argentadas y franjas
exóticas, modela los encantadores escorzos de su carne de diosa.
A su alcance y pendiente del corolítico ábaco de una columna
salomónica se balancea á impulsos de la brisa primaveral un grandioso
abanico de plumas bizarras; Cleopatra lo abre, contemplando aburrida el
bello paisaje. Su gacela, mimosa y ágil, penetra en la estancia, derriba
dos ó tres negrillos y de un salto sube al triclinio apelonándose á sus
pies; ella acaricia el suave y mullido pelaje del animal, y palmotea su
coposa cabeza.
A su alrededor reina sepulcral silencio. El enjambre de esclavas,
sentadas sobre pieles, las cabezas inclinadas, esperan silenciosas las
órdenes de su señora. Tres griegas hermosísimas, semi-desnudas,
destrenzadas las cabelleras, renuevan el aire con anchurosos abanicos
mientras la guardia nubia, fornida y hercúlea, pasea por los anchos
corredores A Cefis, la tebana, su esclava favorita, le hace un signo, y
al punto multitud de braserillos tintinean al chocar contra el piso de
pórfido, y volutas azuladas en caprichosas espirales ascienden
lentamente perfumando la estancia.
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