Primera jornada
I
Cayó pesadamente el telón, cerrando la grandiosa embocadura del
escenario, mientras la orquesta dejaba oir los últimos compases. El
primer acto de Tosca había terminado.
Iluminóse la sala, y Consuelo, requiriendo los gemelos que tenía
sobre el antepecho, los enfiló hacia abajo, hacia el patio de butacas,
donde empezaban a levantarse algunos espectadores que se dirigían al foyer para fumar un cigarrillo.
Un joven alto, de porte distinguido, con rubios bigotes a la
borgoñona, alzóse de su asiento y miró para arriba, a los palcos por
asientos, como si buscase a alguien, pues siendo de los que acostumbran a
llegar a las funciones teatrales tarde y con daño, había entrado a la
mitad de la representación del primer acto y no había podido cerciorarse
hasta ahora, en que la luz se había hecho, de la presencia de quien le
interesaba y esperaba encontrar allí. En una butaca de la fila delantera
de la localidad indicada distinguió algo confusamente unos gemelos
fijos en él, y diciéndose: «¡Ahí está!», sonrió imperceptiblemente con
sonrisa un poco fatua y fanfarrona de mozo creído de guapo, y saludó con
una leve inclinación de cabeza.
Consuelo tocó con el codo a su hija Dolores, encantador capullo,
fresco y fragante, que exhalaba ese aroma delicioso e inconfundible de
la niña que empieza a ser mujer, y señalándole al joven de los blondos
bigotes, que permanecía en pie junto a su butaca, le dijo:
—Mira, Lola, a Fernando Castrillo, que nos ha visto y nos saluda.
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