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Donde hay Necesidad hay Oportunidad

Francisco A. Baldarena


cuento


Después de lavarse la cara y cepillarse los dientes, Dios se trasladó a su despacho. Mientras pasaba por los largos pasillos del palacio, le extrañó el silencio y la quietud fuera de lo común a esa hora. No que el bullicio y el movimiento diarios fueran a compararse con los de la tierra, pero tampoco al de un mausoleo, que es lo que parecía. Y más extrañado quedó al abrir la puerta del despacho: una avalancha de hojas de impresora lo empujó contra la pared a sus espaldas, cubriéndolo por completo. Dios asomó la cabeza entre las hojas y se quedó atónito (sí, aunque parezca mentira) al ver como el fax seguía escupiendo hojas al aire como si fuera una barredora de nieve, con un clac-clac incesante y ensordecedor. 

   Dios se desgañitó llamando a su secretario particular, pero éste no apareció; así como nadie más para ver qué quería el gran jefe. Entonces se dirigió a la cantina. Allí las mesas estaban vacías, y en la cocina las ollas se aburrían sobre las hornallas apagadas. Volvió a desgañitarse llamando al jefe de los cocineros; su voz resonó contra las paredes con un realismo inusual, pero ni así el cocinero jefe apareció. 


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2 págs. / 3 minutos / 2 visitas.

Publicado el 15 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Carga Peligrosa

Francisco A. Baldarena


cuento



Un punto a lo lejos empezó a hacerse visible en la ruta solitaria. Dentro de la Van, los dos hombres hablaban animadamente. 


   Te lo dije, Valdemar, acá estamos a salvo. ¿Viste cómo funcionan las cosas en Argentina? Tomá para la birra, le dice uno al milico y él responde, gracias negrito, buen viaje, dijo Juan Carlos, sonriendo con sorna.


   É a mesma coisa que no Paraguai, contestó el brasilero. 


   Bueno, algunas horitas más y listo, ¡a llenarse los bolsillos de plata!, festejó Juan Carlos. Ambos compinches saboreaban por anticipado la fortuna que les reportaría la carga que traían en la parte trasera de la Van. 


   Tengo sed, ¿qué tal una birra?, dijo Juan Carlos, señalando un parador a medio kilómetro. 



Recostado contra la pared, el dueño del parador escrutaba la ruta de un extremo a otro. 


   Atento, che, dijo, golpeando el vidrio de la ventana a su espalda, apenas avistó un vehículo asomando en el horizonte. 


   ¿Qué pasa?, preguntó un muchacho, saliendo a ver qué quería el patrón. El hombre le señaló con la cabeza la ruta. 


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3 págs. / 6 minutos / 5 visitas.

Publicado el 14 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Corpus

Gabriel Miró


Cuento


Acabado el enjalbiego, dijo la señora tia, ya doblada por senectud, al sobrinico huérfano:

—Anda, Ramonete, anda; anda y acuéstate, como a buen seguro hicieron ya todos los muchachos; que muy de mañana se ha de ir a la parroquia.

—¿Qué hay entierro o casamiento, señora tía?

—Pues, descabezado, ¿qué no recuerdas el día que es? ¿Qué dijo el señor maestro?

—¡Que no había escuela!

—¿Y no paró en hablar de la grande fiesta de Nuestro Señor?

—Sí dijo de fiesta, señora tía, sí dijo.

—¿Y no entendiste que había de ser la del Corpus, la más preciosa y bendita, hijo Ramonete?

—Sí que podrá ser, señora tía; que Damián y Javierico, los de la Corrionera, y Luis y Garbiel y Barbera dijeron que estrenaban botas de cordones y gorras de visera reluciente y trajes de...

—Anda, Ramonete, hijo; anda y acuéstate, que bien supiste las fantasías de los rapaces... Corpus es mañana, y el señor rector predica, con que...

Y el sobrinito huérfano bebió de una cántara que estaba a la serena; besó la mano seca y rugosa de la señora tía, y se internó muy despacio en la negrura del portal.

Desde lo hondo llamó tímidamente:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Ay, Ramonete; ay, hijo! ¿Qué antojo es ése?

—¿Ha de venir pronto, señora tía? ¡Mire que todo está fosco, y en lo corral sentí ruido y pasó como una fantasma, señora tía!

—¡Ay, hijo Ramonete! Encomiéndate al buen Ángel; mira que recelo que todo eso es el Enemigo que te lo hace ver...


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 6 visitas.

Publicado el 14 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Laberinto

Francisco A. Baldarena


cuento



El Cuento. 


Benjamín Arbelloa, en un nuevo cuento que se llamará Laberinto, sitúa a un hombre perdido en un laberinto vegetal en  una noche de luna llena. 

"Un hombre cree estar dentro de un sueño y no sabe quién es ni qué hace allí". Así empieza el cuento. 

"El hombre mira al frente y detrás del pasillo gris donde está parado, la claridad de la luna le muestra siempre la misma imagen. Camina sin rumbo, sabiendo que ignora hacia dónde se dirige. 

Al final del pasillo hay otro pasillo que en ambos extremos da en otro pasillo. 

El hombre mira hacia un lado y ve que está mirando exactamente lo mismo que acaba de ver hace un momento, cuando se acercaba a ese pasillo, idéntico al lado opuesto si acaso mire hacia allí. 

No necesita preguntarse dónde se encuentra, ya lo sabe. Entonces sigue, con la convicción de que avanzar es lo mismo que retroceder, o peor, patinar en el mismo lugar.

El hombre aprieta los dientes y sigue adelante, no porque tenga la esperanza de encontrar la salida al final del pasillo ni en el próximo ni en los que le sigan, sino porque está con frío y mantenerse en movimiento es vital. Y así, en ese continuo seguir, doblar, volver a seguir y volver a doblar, avanza y solo eso hace. Nota, entretanto, que lo único que cambia es la posición de la luna, pero siempre repitiendo una cuádruple secuencia de luz y sombra: delante, detrás, a la derecha, a la izquierda. Más de lo mismo en un juego de geometrías reiterativas de nunca acabar". 



Paréntesis. 


Benjamín recuerda que tiene un compromiso ineludible esperándolo en la ciudad. Interrumpe el trabajo, cierra el cuaderno y se marcha. 



En el laberinto.


De pronto la luna desaparece, la luna y las estrellas, como si un paño oscuro hubiese sido puesto por manos invisibles sobre el laberinto. 


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1 pág. / 3 minutos / 9 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Sepulturero

Gabriel Miró


Cuento


Artistas y eclesiásticos, copleros y filósofos han labrado la biología y estampa del buen cavador.

Sus manos crían cortezas de tierra y substancias humanas; sus uñas hieden a difunto; su mirada tiene la voracidad y la lumbre fría de los pardales ominosos; su carne está siempre lívida y sudada; sus entrañas, secas.

Hasta creemos que se divierte partiendo cráneos de la fosa común.

Y sí que los quiebra o los raja, sin querer, algunas veces. El fosal tiene el vientre gordo, hinchado de cadáveres. No caben más. Allí se amontona y aprieta la vida pasada de un siglo del pueblo. ¡Hay que agrandar el cementerio! Y salta un hueso astillado. Fuera está el paisaje libre, ancho, feraz. La azada se hundiría gozosamente en el tempero dócil, saliendo fresca y olorosa. El mundo se le ofrece al sepulturero como un arca infinita para guardar esos pobres hombres que se mueren, que no son como él.

No son como él. Los dioses, los sabios, los héroes, los místicos presienten la inmortalidad; el sepulturero es el único que puede sentirla. En otro tiempo también pudieren regodearse con ella los verdugos. Los funerarios, no. Los funerarios son mozos mediocres de la Muerte. Los capellanes, tampoco; mantienen su liturgia para los que viven. El sepulturero se queda solo con los muertos. Ha de parecerle que le pertenecen y le necesitan; de modo que a él nunca le será permitido ser difunto. Carece de la idea y de la emoción del sepulturero... No las recibirá de sus camaradas, de los otros sepultureros, porque son eso, camaradas. Inmortales. La divinidad crea la vida y se queda en el cielo. El sepulturero acomoda y encierra la muerte y se queda en la tierra.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 7 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Las Hermanas

Gabriel Miró


Cuento


Fueron tres hermanas y un hermano. Siempre se vieron vestidos de negro.

Ellas y los padres pasaban como una larga nube de crespón por lo apartado de la ciudad, por las huertas de la cercanía, dejando en las almas un perfume de flor de desgracia.

—El primer luto que nos pusieron —habláronse una tarde las dos hermanas mayores— fué por tío Ricardo, que vivía en nuestra casa. ¿Te acuerdas?

—Sí que me acuerdo; era alto y rubio, como nuestro padre; llevaba lentes, y cuando se los quitaba para limpiarlos con un trocito de guante de la abuelita le mirábamos mucho los ojos y le decíamos si tenía sueño. ¿Verdad?

—Y tenía ojos muy hermosos, verdes, muy tristes, así como gotas de estanque con luna.

—No hemos sabido nunca su muerte.

—¡Si no estuvo enfermo!

—Ya lo sé. No le vimos un día; al siguiente tampoco; preguntamos por él, y sólo nos dijeron y nos han dicho siempre que había sido muy desgraciado.

—La abuelita no lloró... no lloraba nunca.

—Lloraba, pero sin oírsele. ¿No te acuerdas de ella?

—Sí que me acuerdo; alta, muy blanca; su frente era para corona de reina antigua o de la Virgen. ¿Verdad?

—Siempre sentada en su butaca del salón, aquel salón tan obscuro aunque abrieran los balcones de celosías o encendieran la lámpara grande...

—Es que era inmenso y así viejo... envejecido como una persona... Tú no querías entrar sola.

—Ni tú tampoco. Ibamos juntas y cantando; pero ya dentro, dentro no podíamos cantar porque nos imponía como la catedral.

—A mí me daban miedo los retratos. Es que no había ninguno de vivo. Todos ya de señores y señoras muertos.

—De nuestra familia... Hermanos, hijos de los abuelos..., ya ves, de nuestra familia, y los mirábamos y nos decíamos: son nuestros, nuestros, y nunca los hemos visto ni los veremos... ¡Nuestros! ¡No lo parecía!


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 7 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Martín, Concejal

Gabriel Miró


Cuento


Martín era un floricultor maravilloso. Sabía lo más escondido de la vida de las flores, la trama y el sueño de los bulbos, la peregrina circulación de los jugos de todas, y los nombres latinos y bárbaros —casi bien pronunciados— de muchas. Sabía que plantando un menudo trozo de hoja daba nacimiento a una nueva criatura vegetal viable, completa, como sucedía con las Gloxinias y singularmente con algunas Begonias, como la Begonia Rex. Platicaba con las matas persuadiéndolas si necesitaban de injerto para lozanear y embellecer la estirpe; y como se cuenta del buen San Francisco, Martín paseaba por su humilde huerto, y viendo una florecica inclinada a la tierra, lacia, mollina, triste, acercábase a la planta y dándole con sus dedos un gracioso y delicado capirotazo, solía decirle: “¡Ya sé lo que tienes!” Y en seguida la bañaba con mucho regalo, con mucha suavidad y le sacaba algún insectico que le estaba chupando ferozmente la miel de su seno.

Conviene hacer confesión que Martín no era precisamente un San Francisco. Martín no amaba las flores, sino sus flores; las cuidaba paternalmente; no sosegaba mirándolas; y luego, las vendía. Lo mismo hace el ganadero con sus reses y el recovero con sus averíos. Bueno; de todos modos, aunque un hombre se mantenga granjeando de sus rosales y de sus clavellinas, siempre resulta su figura más conmovedora que la del negociante de cerdos.


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3 págs. / 5 minutos / 8 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

La Niña del Cuévano

Gabriel Miró


Cuento


Estábamos acostados en las sombras, leves y movedizas, de las acacias, cuyo ramaje desmayaba por la graciosa pesadumbre de la flor.

Era en la soledad de la siesta. Veíamos caer alas secas de flores, y quedaban sobre nuestras frentes, o nuestras ropas, o en la tierra, y aquí las invadían prontamente las hormigas, que luego las dejaban; entonces venía algún codicioso gusanito; cerca de la marchita blancura se detenía, como acometido de súbita desconfianza. Nosotros no distinguíamos los ojitos del insecto; pero su formalidad humana, su incertidumbre, sus anhelos nos hacían verle ojos y hasta lentes.

Los flores no tenían el olor que ofrecen en la frescura de la tarde, olor místico, de novia besada, sino casi olor de bancal de hierba caliente. Mirando a lo alto del cielo parecían colgar con dulzura los racimos nevados, y en el íntimo y delicioso claustro de las hojas sonoreaba un estremecimiento de abejas.

Esperábamos en las afueras de la ciudad un carruaje, porque nos marchábamos a un pueblecito y bajo las acacias nos acostamos porque había sombra. Delante comenzaba el mar, de aguas quietas, fundidas en lámina pálida como tendida niebla.

Crujió la tierra a nuestra espalda y dijo una vocecita:

—¡Mérquenme este cuévano!

Y una rapaza nos presentó un hondo cuévano de mimbres aún verdes.

Era talludita y estaba pañosa, tostada y descalza; su cabeza redonda, cortados los cabellos, quizá por reciente mal, parecía de esclava.

Teníamos algunos menudos y pudimos socorrerla humildemente; pero el cesto no se lo compramos.

—Hace ahora mucho sol —le dijimos—, y todas esas casas campesinas míralas cerradas; por el camino no pasa sino algún perro vagabundo, y en la playa, solos están esos viejos barcos negros, rendidos sobre la arena. ¿Quién puede comprarte el cuévano?... Quédate a nuestra sombra.


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Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

En Automóvil

Gabriel Miró


Cuento


Audaz, raudo y glorioso hendía un automóvil la soledad y el silencio de los campos. Ibamos en él amigos buenos a un pueblo montañoso. Y decíamos con encendido entusiasmo y regocijo: “No debe ser justo ni lícito mirar esta máquina tan someramente que sólo veamos en ella riquezas, viaje, placer, expansión de su dueño; porque estos automóviles fuertes y viajeros llegan a ser como una vida palpitadora con poderío, voluntad y arrogancia suyos.”

Pasados los campos y lugares cercanos y sabidos, penetramos gozosamente en el paisaje nuevo, hosco, que parecía venir enemigo hacia nosotros, y ya a nuestro lado, se apartaba y tendía sumiso y amoroso entregándonos el olor de su vida y fortaleza.

Cielo, montañas, ríos, arboleda, casales, yuntas, piedras, hierbas que orillan los caminos, puentes, cruces, labriegos, humos y senderos... Todo nos "miraba” y dejaba alegría, dicha y ansias dominadoras.


... ¡Alma mía!
No aspires más allá de lo posible,
cual si fueras deidad...


Nos avisábamos con palabras de Píndaro. ¡Oh, el Tebano divino, cantor de púgiles y vencedores con el carro y cuadriga, qué ardiente loor no hubiera dicho sintiéndose arrebatado en el regazo de un automóvil, monstruo sin bridas, altivo, llevado por manos mozas y fáciles que lo dejan precipitar anhelosamente, y las ruedas corren, vuelan sin obediencia a vías ni relejes!...

El horizonte de serranía, que antes veíamos suave y esfumado en azul, llegaba a nuestro ojos alumbrado, desnudo, enseñando heridas, abismos, verdores de pastura, rojas torrenteras, gayas altitudes soberanas de silencio, ungidas de cielo...

Considerábamos ya el automóvil carne, ave, alma delirante, ebria de alegría. No hablábamos; creíamos ser nosotros los que desgarrábamos espacio y distancias arrojándolo todo a nuestra espalda...


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Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Nuevo en el Pueblo

Francisco A. Baldarena


cuento


Hacía una semana que Aurelio Estensoro se había mudado al pueblo y todavía no conocía a nadie y casi nada de la geografía del lugar. Esa tarde se distraía caminando por la única avenida del pueblo cuando vio a una muchacha, que a sus ojos le resultó por demás bonita. Ella iba caminando por la vereda de enfrente, en dirección contraria. Aurelio sintió algo dentro de sí, algo tan fuerte como el descubrimiento revelador de un porvenir maravilloso. Cuando Aurelio se dio cuenta sus piernas ya lo llevaban en la dirección que iba la muchacha. Mientras avanzaba la miraba reflejada en las vidrieras. Quien lo mirase a él supondría que apenas miraba los artículos expuestos detrás de ellas. Cuando el reflejo era interrumpido por una puerta, una pared, un portón o el final de la cuadra, giraba la cabeza y apuntaba sus a la otra vereda, al punto exacto donde la muchacha estaba pasando. A unas tres cuadras la muchacha entró en un edificio antiguo. Cuando estaba casi enfrente de la puerta Aurelio vio que encima había un cartel en el cual leyó: CASA DE REPOSO PARA CIEGOS. 


   "Va a ver que la princesita es enfermera" 


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4 págs. / 7 minutos / 11 visitas.

Publicado el 12 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

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