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La Muerte Viene del Mar

Arturo Robsy


Cuento


Para María Teresa Arias-Salgado Robsy
(para que siempre siga respetando tantas pequeñas y utilísimas vidas).


En Tófol es viejo hace muchos años. Es uno de esos desafortunados hombres que sobreviven a su decrepitud y tienen la mala ocurrencia de ponerse a vivir años y más años mientras todo deja de ser lo que era. Así, hasta ochenta y cuatro años, tres meses y doce días: los de Tófol.

El día que se retiró los compañeros le hicieron una despedida: él era carpintero y se reunieron en el almacén con una botella de gin y muy buenos propósitos.

—Ahora —le dijeron— podrás descansar.

—Ahora —le explicaron— tendrás tiempo para tus cosas.

Pero olvidaron preguntarle si de verdad quería Tófol descansar o tener todo el tiempo del mundo. Le echaron simplemente. ¡Valiente cosa! La gente matándose por ahí y volviéndose necia para matar el tiempo. La gente gastándose dinero y más dinero para hacer algo mientras descansa, y a Tófol solamente le daban un traguito de gin, una palmada en la espalda y cuatro malas perras, "para tabaco", y para "ayudar un poco en casa".

—No nos sirves —le decían en realidad—. Ya no tienes las fuerza de hace veinte años. Ya no se te puede confiar la sierra grande. Ya no te van tan bien las manos. ¡A la calle!

¡Leche! Era cosa de parar un momento el carro de la edad y ponerse a hacer preguntas. Por ejemplo: ¿para qué exactamente se pasó trabajando cincuenta y cinco años? ¿Para quién? ¿Eh?. "Ya no nos sirves. ¡A la calle!". Tófol no estaba entonces tan viejo que no se diera cuenta de que algo fallaba en este asunto.

—Te quieren mientras les ganas dinero —sí, de acuerdo—. Pero tampoco sería lógico que te soportaran cuando eres un inútil. ¡Cuánta razón! ¡Cuánta verdad! ¡Leche...!


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Publicado el 25 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Toni

Arturo Robsy


Cuento


Para Ana María Arias-Salgado Robsy


Un amigo castellano me escribe a propósito de la geografía:

"El mar, con ser tanto y tenerlo tan en torno, necesariamente os ha de marcar..."

Y así es cuando lo pienso. El mar define muchas veces el carácter de quienes le tratan íntimamente. El mar poner en ellos una alegría bulliciosa, en ocasiones irresponsable, en ocasiones delicada. O una nostalgia especial, tranquila, buena para andar por los muelles o recargar pacientemente, sobre un noray, la enorme cazoleta de la pipa vieja.

El humor del mar es muy distinto al humor de la tierra seca (para bien o para mal), más variado, lleno de color, gesticulante. Con él algunos hombres se defendían de los piratas o se dedicaban ellos mismos a la piratería. Y con él, hoy en día, otros recorren las islas viviendo a salto de mata.

He conocido a varios de estos aventureros del Mediterráneo, gente amiga de la risa, de la discusión y de los gritos, pues para ser hombre de mar el Mediterráneo exige menos sobriedad e introversión que el Cantábrico, y más acción chispeante y burlesca...

Estoy convencido de que estos aventureros no buscan la felicidad como los demás mortales; ni siquiera oyen hablar de ella más que en los seriales de la radio, pero la alcanzan, en ocasiones, a fuerza de no preguntarse muy a menudo por lo que son y hacen.

Tuve un amigo así. Se llamaba Toni y era hombre taimado y mentiroso. Tan bebedor como mala cabeza, toda su vida fue ir trampeando de aquí y de allá, soportar bien merecidos arrestos, estafar a quienes se dejaban y rodar por las islas y el continente a bordo de cualquier tipo de embarcación aunque, últimamente, solía enrolarse de cocinero:

—A mi edad —decía— hay que mirar bien qué se come.


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Publicado el 24 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Aún Me Parece Cercana...

Arturo Robsy


Cuento


¿Qué cosa? Mi infancia. Sí: aún me parece cercana por más que ya son muchos los años que me separan de ella y que pronto, irremediablemente, serán demasiados.

Muy buena debió de ser, porque aún la llevo dentro, aún no la he abandonado del todo y siento las preguntas asombradas al borde de los labios, las viejas ganas de iniciar el juego, el momento especial en que los ojos se te quedan quietos, fijos en todo cuanto de irreal te rodea, únicamente atentos a la imaginación que, por dentro, te habla de paisajes lejanos, estrellas muy bajitas y aires removidos que se pueden palpar con las manos.

A veces tengo la impresión de no haber salido de esa infancia mía, de ser aún el niño que amontonaba leña cada tarde para encender un poco más el ocaso. Me sorprendo al mirar los rostros de los mayores desde la misma altura, o al tener que agacharme para sortear cualquier inoportuno toldo de un comercio... Es que la infancia aún está conmigo, aún me sujeta y me hace vivir la impresión de que esto, el bolígrafo, el papel, los nuevos deberes y las irremediables angustias, no es más que el viejo juego que se inicia y sucesivamente se engrandece.

Por eso en el espejo me veo igual que cuando... que cuando aún era más niño. También, por supuesto, me queda la impresión de que viví mi infancia a trozos, en el verano, por ejemplo, que entonces era enorme, prolongado, inacabable... Casi tan costoso como el invierno.

A fuerza de recordar tengo presentes los veranos, pero no el tiempo que los separaba, no el otoño, no el largo invierno, porque entonces, como la naturaleza, entraba en un letargo del que sólo la nueva primavera me arrancaba, ya retozón y aventurero.


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Publicado el 22 de julio de 2021 por Edu Robsy.

El sillón de Cortázar

Francisco A. Baldarena


cuento


Una tarde, en uno de sus diarios paseos de jubilado, Jacinto pasó delante de un negocio de muebles usados y se encantó con un sillón que, a pesar de parecerse a cualquier otro sillón común y corriente, tenía una estrellita plateada en el centro del respaldo que por alguna razón inexplicable lo atrajo y de la cual no pudo sacarle los ojos de encima, como si ese detalle poseyera algún tipo de imán con el cual lo atraía hacia el sillón. Jacinto quiso sentarse, no tanto para probarlo sino porque le urgía hacerlo, así sin más, como un antojo repentino, pero un cartel que decía: "PROHIBIDO SENTARSE" y el propietario que lo acechaba por encima del arco de los anteojos, parado detrás de un mostrador, se lo impidieron. Para hacerlo, estaba claro que tendría que comprarlo. Entonces, su mano derecha, como pensando de manera independiente, manoteó la billetera por cuenta propia y la izquierda, emulando a la otra, sacó los billetes y se los alcanzó a la mano del dueño del local que, ya estiraba por encima del mostrador apenas el hombre viera la intención de la compra, los manotearon con excesiva avidez. 

   En frente del establecimiento había una camioneta convenientemente estacionada, en cima de la cabina un cartelito mal pintado y con letras torcidas anunciaba  "SE HACEN FLETES". A Jacinto le hubiera gustado ir sentado atrás en "su sillón", pues quería porque quería sentarse, sentía que una fuerza extraña lo impulsaba a ello con necesidad extrema, pero no queriendo pasar por loco a la vista del fletero, resistió valientemente. 

   Ya en la casa, en el patio nomás, sucumbió al impulso con la resignación del derrotado y aplastó las posaderas en el sillón. 

   ¡Ah, qué sensación de bienestar!, si hasta daban ganas de quedarse allí sentado hasta el final de los tiempos. Pobre Jacinto, no sabía él lo premonitorio que había en tales pensamientos. 


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Publicado el 21 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El último salto

Francisco A. Baldarena


cuento


Las ráfagas de ametralladora aumentan de intensidad. 

   "Esta vez parece que quieren acabar con todos". 

   Se oyen gritos, gritos rabiosos, y quejas y mas detonaciones. 

   "Dios se apiade de mis hermanos". 

   Poco después las ráfagas disminuyen considerablemente, hasta que solo se oyen unos cuantos disparos dispersos. 

   "Como es su costumbre: rematar con un tiro de gracia para asegurarse que el trabajo quede bien hecho". 


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Publicado el 21 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Dorado

Francisco A. Baldarena


cuento


Los ojos del conquistador brillaban de codicia delante de los montones de oro que los indígenas despejaban delante de sus pies, mientras tanto anotaba en un pergamino la parte correspondiente a la corona; la otra, que no carecía de anotaciones, sería repartida según el rango entre la tripulación en Las Canarias, antes de seguir viaje hacia el continente. Pero el conquistador tenía otros pensamientos mucho más oscuros ocupando su mente: diariamente especulaba acerca de cuántos tripulantes serían suficientes para llegar a tierra firme, y cada día reducía la dotación y así otro desgraciado pasaba a la lista de los que terminarían su viaje en la aguas del océano, cosa que sobrara más oro para la repartija. 

   Entre los indígenas subyugados había un indio al que llamaban Gonzalo, porque admiraba a los extranjeros y quería ser llamado como ellos, y al cual el conquistador había prometido llevarlo a España junto con él, siempre y cuando consiguiera más oro. Pero cuanto más Gonzalo conseguía más el conquistador, insaciable, pedía. 


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Publicado el 20 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Mil Cien Dólares

Arturo Robsy


Cuento


Antonio era un hombre crédulo, profundo y respetuoso admirador de la letra escrita: para él por ejemplo el problema de la existencia de Dios no tenía objeto: los papeles (al menos, los que Antonio pudo leer en su día) decían claramente que sí, luego Dios existía. Por los mismos motivos creían en los impuestos directos, en la caridad cristiana, en la incorruptibilidad de los hombres públicos y en trescientos veintiún (321) detergentes que, cada uno por su lado, lavaban más blanco y más limpio que nadie.

Antonio era crédulo: esta afirmación no necesita de más demostraciones: usaba la viaja y rancia "fe del carbonero"; fe del dependiente, en su caso, pues quince de sus treinta años los había pasado tras el mostrador de una pañería sonriendo a la mujer que buscaba un retalito para falda de verano o a la que necesitaba unas cortinas de colores realmente sólidos.

Antonio era hombre sumamente frugal, sencillo de gustos, dueño de un caprichoso y ulceroso duodeno que le incapacitaba para cualquier tipo de excesos. Gracias a estas especiales circunstancia no se veía obligado, a finales de mes, a hacer extraños equilibrios (y drásticas reducciones) con su presupuesto. Es más, conseguía ahorrar el 19 % del total, cantidad que los primeros sábados de cada mes depositaba en un banco del que había leído en el periódico era "la más sólida garantía del ahorro familiar".


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Publicado el 19 de julio de 2021 por Edu Robsy.

La prueba

Francisco A. Baldarena


cuento, suspense


    Prefiero esta habitación, dijo Artemio Orizabal, después de examinar la distancia que separaba el cuartucho en el fondo de la casa principal, donde estaba el grueso de las habitaciones de la pensión. 

   Pero acá hay mucha humedad, objetó la dueña de la pensión. "Pero es más barato el alquiler", pensó Artemio. 

   No hay problema, doña, me viene bien así, insistió Artemio. 

   Como usted guste, señor Orizabal, contestó la dueña, sin ocultar cierto disgusto, que Artemio no dejó de notar en sus labios fruncidos, y le pasó la llave. 

   El cuartucho, de paredes verdosas por la humedad y oliendo a encierro, a simple vista no le resultó ni bueno ni malo, le daba lo mismo; sus únicas ventajas, además del precio más en cuenta, eran estar separado del resto de la pensión y tener un pequeño baño para él solo. 


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Publicado el 19 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Peripecias

Arturo Robsy


Cuento


Uno de los ultimos domingos del verano, seis amigos decidimos salir de excursión, una excursión a la antigua, a base de transportar cada uno parte del condumio, juntarlo todo una vez llegados al lugar y deglutirlo mezclado con reparador vinillo.

Seis éramos, seis. Seis tipos jóvenes, no excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos. Seis muchachos y un utilitario que debería soportarnos durante algunos quilómetros (pues pensábamos ir a Cala Blanca desde Mahón).

Uno era el encargado del pan. Otro el del vino. Otro llevaría el aceite, el vinagre y la sal; otro más la leche, el tomate y la cebolla para la ensalada. El quinto el fuego y los cacharros de cocina, y el sexto, yo, la comida propiamente dicha. Los huevos y la carne y alguna lata para el aperitivo.

Salimos, por fin, con el retraso previsto. Enfilamos la carretera canturreando sin demasiado éxito. Las canciones entre seis muchachos ni excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos, pronto degeneran y se vuelven groseras más que picantes. Por ejemplo, aquella que empieza:


"La vaca,
chunda-chún,
del Eleuterio,
chunda-chún,
ha sido sorprendida
en adulterio,
chunda-chún."


No es que nuestros pulcros oídos nos impidiesen escuchar este tipo de canciones, ni que virginal rubor nos invadiera al oírlas. No, qué va. Pero como todos conocíamos muy bien sus argumentos, resultaban un entretenimiento bastante flojo a aquellas alturas.

Terminamos la que estaba empezada:


"Y con eso,
chunda-chún,
de las vacas disipadas,
chunda-chún,
andan los toros a cornadas..."


Entonces voy y propongo que cada uno cuente una historia divertida mientras llegamos. Somo seis y el coche va cargado, pero sabe correr: basta con dejarle floja la rienda y despreocuparse. De esta manera tendremos tiempo de sobra en el camino para contar cada uno nuestro chiste.


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Publicado el 18 de julio de 2021 por Edu Robsy.

El penal del amor

Francisco A. Baldarena


cuento


Ese domingo terminaba el campeonato de fútbol de Carmen de Areco, y los dos finalistas, Argentino y Newbery, decidían el título. El pueblo, apiñado en la única tribuna del estadio municipal, contra el alambrado que circundaba la cancha y encima del techo de camiones y tractores, del lado de afuera del estadio, se había dividido en dos.     Al terminó del primer tiempo los equipos iban empatados dos a dos, pero ya faltando quince minutos para el final del partido Newbery hizo el tercero y diez minutos después Argentino empató. En ese momento ambos presidentes, que compartían palco, habrán pensado lo mismo: que en cinco minutos de todo puede ocurrir, hasta otro gol. Entonces se miraron con complicidad y uno le dijo al otro, por lo bajo: 

   "¿Qué te parece si lo extendemos hasta el otro domingo, así sacamos más plata para repartir?" El otro respondió que sí con un cabeceo casi imperceptible, así que ambos presidentes enviaron a sus respectivos secretarios a transmitirles a los técnicos la resolución tomada en conchabo. Éstos, inmediatamente pidieron cambios para que los jugadores entrantes transmitieran a su vez el mensaje al resto de los jugadores. 

   Esa orden no le cayó muy bien a Mandarina, el delantero estrella del Newbery, para quien si no convertía un gol al menos ningún partido de fútbol valía la pena jugarlo, aunque su club perdiera por goleada. Y ese día todavía no había hecho ninguno, pero a diferencia de cualquier otro partido jugado en su vida, este en particular le era muy especial porque la conversión de un gol representaba algo más importante que el campeonato local, incluso que el más importante partido de fútbol que hubiera de disputar en su vida.


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1 pág. / 2 minutos / 11 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

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