La noticia del primer acontecimiento de aquel día memorable entró
calmosamente en el casino, embaulada en la corpulenta figura de Wein el
Tranquilo. Deteniéndose frente a la mesa donde el Secretario del
Ayuntamiento secreteaba con el veterinario sobre las próximas elecciones
comunales, dijo cachazudamente:
—Acaban de encontrarlo ahorcado al doctor Gene. Ahorcado y bien abiertos sus ojos verdes.
Dijo esto de un tirón, en la sala alfombrada de aserrín, y hasta el
perro, que dormitaba con el hocico apoyado en las patas delanteras, se
desperezó y encapotilló las orejas, mientras que el cónclave de cuatro
ciudadanos, cinco para ser exactos, dejando de husmear en los periódicos
miraron con pausado interés a Wein el Tranquilo. Éste insistió:
—Está bien ahorcado. No se puede pedir nada mejor. Colgado de una flamante soga de tercio de pulgada.
Así era Wein el Tranquilo. Meticuloso. Su padre también había sido
llamado Wein el Tranquilo, y la más profunda de sus virtudes consistía
en cierta sesuda escrupulosidad.
—¿Lo has visto con tus propios ojos? —insistió el veterinario.
—Con los mismos. Ni mejor ni peor colgado que una trenza de cebollas en la verdulería.
Las bocas entreabiertas de los cinco hombres dejaban ver dientes de
plata o de oro. Guillermo el Rentista, levantando los tres escalones de
su papada de encima del nudo de la corbata, articuló fatigosamente:
—Se estaba enriqueciendo con la chifladura de nuestras mujeres.
Cipriano el Dentista rezongó:
—El capricho de mi mujer en hacerse teñir los ojos de verde me ha costado el importe de tres dentaduras decentes.
Octavio el Comisionista se arrimó despacio a la ventana. El sol le
bañaba de pies a cabeza, y los hombres, con las manos cogidas por los
dedos sobre las abotonaduras de los chalecos, cavilaban silenciosamente
sobre el final del doctor Gene.
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