(Des)tradición
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 19 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 19 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 27 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 15 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 9 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 13 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
1
EL BOTÁNICO
Los cargadores, baquianos del lugar, aprovecharon el ensimismamiento del botánico para largar los bultos al piso y convertirse, en segundos, en parte de la selva. Mientras el profesor Zachariah Taylor estaba en «su mundo», cosas ajenas a lo estrictamente salvaje y natural estaban fuera de su percepción; por eso vino a percatarse que lo habían abandonado mucho después, cuando se le resbaló de las manos sudadas los prismáticos con el cual observaba la techumbre verde surcada por luminosos haces rectilíneos en todas direcciones, tratando de avistar un guacamayo escurridizo herido en un ala que se movía torpe y dificultosamente por la copa de los árboles, un poco más adelante que la comitiva. Justo ahí, sin nadie delante ni detrás, fue que se dio cuenta de que estaba solo, abandonado y librado a su suerte en medio de una selva repleta de peligros. Entretanto, creyó que no le resultaría difícil volver por la trocha abierta entre la maraña si no se demoraba mucho en pegar la vuelta, puesto que si lo agarraba la noche en la selva, lo más probable es que no fuese a sobrevivir para contarlo.
Miró la hora. Eran las nueve y veintiocho, así que todavía tenía un buen margen de luz para continuar explorando un poco más. Presumía que el guacamayo de un momento a otro caería con un ruido blando, soltando quizás un quejido de dolor casi imperceptible, sobre la hojarasca humedecida, entonces lo atraparía, le trataría la herida y se lo llevaría como recuerdo de sus andanzas por la selva.
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Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
El matapalo es árbol montuvio. Recio, formidable, se hunde profundamente en el agro con sus raíces semejantes a garras. Sus troncos múltiples, gruesos y fornidos como torsos de toro padre, se curvan en fantásticas posturas, mientras sus ramas recortan dibujos absurdos contra el aire asoleado o bañado de luz de luna, y sus ramas tintinean al viento del sudeste.
En las noches cerradas, el matapalo es el símbolo preciso del pueblo montuvio. Tal que él, el pueblo montuvio está sembrado en el agro, prendiéndose con raíces como garras.
El pueblo montuvio es así como el matapalo, que es una reunión de árboles, un consorcio de árboles, tantos como troncos.
La gente Sangurima de esta historia es una familia montuvia en el pueblo montuvio, un árbol de tronco añoso, de fuertes ramas y hojas campeantes a las cuales, cierta vez, sacudió la tempestad.
Una unidad vegetal, en el gran matapalo montuvio.
Un asociado, en esa organización del campesino litoral cuya mejor designación sería: MATAPALO, C.A.
Nicasio Sangurima, el abuelo, era de raza blanca, casi puro.
Solía decir:
—Es que yo soy hijo de gringo.
Tenía el pelo azambado, revuelto en rizos prietos, como si por la cabeza le corriera siempre un travieso ciclón: pero era de cabello de hebra fina, de un suave color flavo, como el de las mieles maduras.
—Pelo como el fideo «cabello de ángel» que venden en las pulperías, amigo. ¡Cosa linda!
Las canas estaban ausentes de esa mata de hilos ensortijados. Por ahí en esa ausencia, denotaba su presencia remota la raza de África.
Pero don Nicasio lo entendía de otra manera:
—¿Pa qué canas? Las tuve de chico. Ahora no. Yo soy, de madera incorruptible, guachapelí, a lo menos.
Dominio público
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Publicado el 6 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.
«Y he aprendido que amar a dos
Es igual a no amar a ninguna.»
Caramelos de Cianuro
1
LA INVITACIÓN
Mientras no aparecía nadie, yo me entretenía jugando solo a la bolita en la vereda de mi casa, una ya lejana tarde de verano a mediados de los setenta, cuando oí un silbido. Levanté la cabeza.
Era Antonio, uno de los hijos mayores de don Nicola, parado en la vereda, delante de su casa. Me saludó con la mano y cruzó la calle apoyado en la bicicleta.
—Fran, ¿me acompañas a un par de cuadras de acá? —me preguntó.
Le iba a decir que no, pero antes que yo le contestara, adosó un soborno a la proposición:
—Te dejo andar de bici —me dijo.
Yo, que no tenía bicicleta, pero sabía andar, cambié de idea y le respondí con entusiasmo que sí y después le pregunté:
—¿Qué vas a hacer? Le pregunté qué iba a hacer, no por curiosidad ni porque me importase con ello, sino porque creí que algo tenía que preguntarle.
—Voy a ver a una novia —dijo, y después me previno que si salía el padre de la chica, le dijera que yo era su hermano. Lo de hermano lo acompañó guiñando un ojo.
—Está bien —le respondí, aunque no tenía bien en claro por qué tendría que pasar por hermano delante del padre de la chica.
Mientras íbamos, yo montado en el caño porque la bicicleta era de varón, le pregunté, desde la inocencia de mis diez u once años, no recuerdo bien, pero por ahí andaría, si no le daba asco besar en la boca, porque sabía que los novios hacían eso. Él lanzó una risotada corta y me dijo:
—¡Claro que no!, es rebueno.
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Publicado el 20 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .