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El Deán de Santiago y el Gran Maestre de Toledo

Infante Don Juan Manuel


Cuento


Había en Santiago un deán que tenía muchos deseos de aprender el arte de la nigromancia, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de esto más que ninguno de su época; por tanto, fue a Toledo para aprender aquella ciencia; y el día que llegó a Toledo enderezó a casa de don Illán y lo halló que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y luego que llegó a él lo recibió muy bien y le dijo que no quería que le dijese nada del porqué venía hasta que hubiese comido; y lo alimentó muy bien, y le hizo dar muy buen aposento y todo lo que hubo menester, y dióle a entender que le placía mucho estar con él. Después que hubieron comido, apartóse con él, le contó la razón por que había venido, y le rogó muy ahincadamente que le enseñara aquella ciencia, que él tenía muchos deseos de aprenderla. Don Illán le dijo que él era deán y hombre de calidad, y que podría llegar a gran estado, y los hombres que llegan a gran estado, cuando han resuelto todo lo suyo a la medida de sus deseos, olvidan muy presto lo que otros han hecho por ellos, y que él temía que en cuanto hubiese aprendido lo que quería saber, no le haría tanto bien como le prometía. El deán le prometió y le aseguró que cualquiera fuese el bien que recibiera, nunca haría sino lo que él mandase. Y en estas conversaciones estuvieron desde que hubieron comido hasta que fue hora de cenar.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 345 visitas.

Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Calles

Jaume del Alamo Jaumejoan


Calles, Callejuelas, Callejones, Plazoletas,


CALLES  A primera hora de la mañana salgo de casa limpio aseado y vestido en condiciones. A esta hora los edificios parecen centinelas que guardan secretos de la noche, la calle todavía esta oscura y la gente transita deprisa. Algunos bares ya están abiertos, otros comercios aun siguen cerrados. Una frutería que dobla la esquina tiene la persiana medio abierta  y puede verse como algunos empleados van preparando el producto… unas peras aquí, mas abajo unas manzanas, a la izquierda lechugas…… Sigo calle abajo y como cada mañana los niños ya salen de sus casas preparados para ir a la escuela; algunos van acompañados por su madre, en su espalda cargan con enormes y pesadas mochilas. Son niños pequeños que se inician en el juego de la vida, estrenan sonrisas.  Otros ya han dejado atrás la patria de la infancia; han perdido la inocencia, en una mano llevan su móvil y con un “skateboard“ en sus pies por calles y plazas entierran la ilusión de  noche de Reyes. Antes de llegar al final de la calle paso por delante de la barbería del barrio. Es de aquellas barberías antiguas que todavía peinan con laca y brillantina y cortan el pelo con tijeras que parecen un bisturí capilar. Casi escondida entre la sucursal de una entidad bancaria y una pastelería de dulces de chocolate y tartas de mazapán, se encuentra una mercería en la que venden hilo y aguja para que cuando llegues a casa puedas  zurcir algunos sueños rotos y algún que otro descosido de la vida. Es en esta mercería donde los vecinos del primer piso compran el hilo para tejer sus ilusiones. Las calles de mi ciudad son de texturas diferentes, colores pastel, gustos desiguales y con balcones llenos de flores.


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2 págs. / 5 minutos / 106 visitas.

Publicado el 8 de julio de 2018 por Jaume del Alamo.

Las Afinidades Electivas

Wolfgang Goethe


Novela


Primera parte

I

Eduardo —damos este nombre a un acaudalado barón, en lo mejor de su edad— había pasado las más bellas horas de una tarde de abril en su vivero, injiriendo en patrones jóvenes unos bien conservados injertos. Acababa de terminar su faena; recogía sus herramientas en el estuche y contemplaba con gran satisfacción su obra, cuando se le acercó el jardinero y se regocijó al ver el celo con que su señor participaba en los trabajos.

—¿No has visto a mi mujer? —preguntó Eduardo, disponiéndose a partir.

—Está al otro lado, en el jardín nuevo —contestó el jardinero—. Terminarán hoy la cabaña de musgo que están construyendo junto al tajo de peñascos, frente al castillo. Todo ha resultado muy bien, y tiene que gustarle al señor. La vista desde allí es hermosísima: al fondo, la aldea; un poco a la derecha, la iglesia, y enfrente, el castillo y los jardines.

—Es verdad —respondió Eduardo—; he visto trabajar a los, obreros desde muy cerca de aquí.

—Después —prosiguió el jardinero— ábrese el valle a la derecha y se descubre una alegre lejanía sobre los magníficos vergeles. La senda, que se encarama por las rocas, está muy bien trazada. La señora sabe lo que tiene entre manos, y todo el mundo trabaja con gusto bajo sus órdenes.

—Ve allá —dijo Eduardo— y ruégale que me espere. Dile que deseo ver su nueva obra y disfrutar de ella.

El jardinero se retiró apresuradamente y pronto lo siguió Eduardo.


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Dominio público
273 págs. / 7 horas, 59 minutos / 515 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Diablo Mundo

Jose de Espronceda


Poesía


CORO DE DEMONIOS

Boguemos, boguemos,
la barca empujad,
que rompa las nubes,
que rompa las nieblas,
los aires las llamas,
las densas tinieblas,
las olas del mar.
Boguemos, crucemos
del mundo el confín;
que hoy su triste cárcel quiebran
libres los diablos en fin,
y con música y estruendo
los condenados celebran,
juntos cantando y bebiendo,
un diabólico festín.

EL POETA


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Dominio público
110 págs. / 3 horas, 12 minutos / 727 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Genio

Arturo Robsy


Cuento


El salón estaba atestado de gente.

Por entre las innumerables mesas repletas de canapés de colorido aspecto y champaña, mil corros de personas lanzaban al aire sus sordos murmullos de arpegios sombríos.

Aquel día o, mejor, aquella noche, el Círculo Artístico celebraba un soberbio homenaje a uno de los más grandes escritores de la época.

Tanta y tan repetina había sido la fama de Miguel Lucas, que todavía ni un solo afcionado a las Letras había podido recuperarse de la agradable impresión que le produjo haberse topado con un libro suyo.

Lucas era el nombre que estaba en todos los labios. Lucas era el nombre que había dado en el espacio de pocas semanas la vuelta al mundo. Lucas era el nombre por el que las grandes editoras peleaban por lucir sobre las multicolores tapas de sus volúmenes.

Sus novelas eran calificadas de Divinas.

Sus poesías de Susurrantes.

Sus obras de teatro, al parecer de los entendidos, tenían el mensaje de un alma atormentada e inquieta en toda su honda crudeza.

Sus guiones cinematográficos... ¡Bueno! Sus guiones eran algo nunca visto, algo que desbordaba todos los límites de una imaginación calenturienta, vanguardista y adelantada.

Quien no había leído a Lucas, o bien se retiraba de todas las tertulias sociales o bien corría a la librería más cercana en busca de alguna de sus colosales obras.

* * *

—¿Ha leído usted el último guión de Lucas?

Esta pregunta se formulaba esa memorable noche del agasajo.

—¿Cuál de ellos? ¿"La perfidia"? ¿"También"? ¿"el alma viaja sola"?...

—No, no. Este a que me refiero se llama "La moneda se perdió".

—Es un título que ya de por sí dice mucho.

—¡Ni que decir tiene! Los personajes sólo dicen: "¿dónde está la moneda?". El resto de la obra es simplemente de relleno.


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Licencia limitada
2 págs. / 4 minutos / 84 visitas.

Publicado el 15 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Vergonzoso en Palacio

Tirso de Molina


Teatro, Comedia


Personas que hablan en ella

El DUQUE de Avero
Don Duarte, CONDE de Estremoz
Dos CAZADORES
FIGUEREDO, criado
TARSO, pastor
MELISA, pastora
DORISTO, alcalde
MIRENO, pastor
LARISO, pastor
DENIO, pasto
RUY Lorenzo, secretario
VASCO, lacayo
Doña JUANA
Doña MAGDALENA
Don ANTONIO
Doña SERAFINA
Un PINTOR
LAURO, viejo pastor
BATO, pastor
Un TAMBOR

Acto primero

(Salen el DUQUE de Avero, viejo, y el CONDE de Estremoz, de caza)

DUQUE:
De industria a esta espesura retirado
vengo de mis monteros, que siguiendo
un jabalí ligero, nos han dado
el lugar que pedís; aunque no entiendo
con qué intención, confuso y alterado.
Cuando en mis bosques festejar pretendo
vuestra venida, conde don Duarte,
¿dejáis la caza por hablarme aparte?

CONDE:
Basta el disimular, sacá el acero
que, ya olvidado, os comparaba a Numa;
que el que desnudo veis, duque de Avero,
os dará la respuesta en breve suma.
De lengua al agraviado caballero
ha de servir la espada, no la pluma
que muda dice a voces vuestra mengua.

(Echan mano)

DUQUE:
Lengua es la espada, pues parece lengua;
y pues con ella estáis, y así os provoca
a dar quejas de mí, puesto que en vano,
refrenando las lenguas de la boca,
hablen solas las lenguas de la mano
si la ocasión que os doy, que será poca
para ese enojo poco cortesano,
a que primero la digáis no os mueve;
pues mi valor ningún agravio os debe.

CONDE:
¡Bueno es que así disimuléis los daños
que contra vos el cielo manifiesta!

DUQUE:
¿Qué daños, conde?


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Dominio público
69 págs. / 2 horas / 523 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Impresiones y Paisajes

Federico García Lorca


Viajes


Dedicatoria

A la venerada memoria de mi viejo maestro de música, que pasaba sus sarmentosas manos, que tanto habían pulsado pianos y escrito ritmos sobre el aire, por sus cabellos de plata crepuscular, con aire de galán enamorado y que sufría sus antiguas pasiones al conjuro de una sonata Beethoveniana. ¡Era un santo!

Con toda la piedad de mi devoción.


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Dominio público
114 págs. / 3 horas, 20 minutos / 824 visitas.

Publicado el 16 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Federico García Lorca


Poesía, Elegía


I. La cogida y la muerte

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 539 visitas.

Publicado el 15 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Diván del Tamarit

Federico García Lorca


Poesía


Gacelas

Gacela del amor imprevisto

Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.

Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.

Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,

siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.

Gacela de la terrible presencia

Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin flor del oro;

que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra;

que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.

Resiste un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no ilumines tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,
pero no me enseñes tu cintura fresca.

Gacela del amor desesperado

La noche no quiere venir
para que tú no vengas,
ni yo pueda ir.

Pero yo iré,
aunque un sol de alacranes me coma la sien.

Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.

El día no quiere venir
para que tú no vengas,
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.

Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 1.024 visitas.

Publicado el 17 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Morriña

Emilia Pardo Bazán


Novela


I

Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el rincón de la ventana, mientras crece y mengua su labor de calceta sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y estudia su continente y su modo de responder al saludo de los discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.—«¡Ay! Allí viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... ¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en clase! Y se pasa de campechano.


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Dominio público
132 págs. / 3 horas, 51 minutos / 370 visitas.

Publicado el 11 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

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