1. Una partida de dados
—¡Siete!
—¡Cinco!
—¡Cuatro!
—¡He ganado!
—¡Por treinta mil cimitarras turcas! ¡Qué suerte la vuestra, señor Perpignano! En dos noches me habéis ganado ochenta cequíes. ¡Esto no puede seguir! ¡Prefiero una descarga de culebrina, aunque la bala sea disparada por esos perros infieles! ¡Por lo menos, no me martirizarán cuando conquisten Famagusta!
—¡Si la conquistan, capitán Laczinski!
—¿Lo ponéis en duda, señor Perpignano?
—De momento, sí. En tanto que estén a nuestro lado los mercenarios no será conquistada. La República sabe elegir a sus soldados.
—Pero no son polacos.
—¡Capitán, no ofendáis a los soldados dálmatas!
—No pretendo tal cosa. Pero si se encontrasen aquí mis compatriotas…
Murmullos amenazadores, que empezaron a oírse en torno a los dos
jugadores, unidos al entrechocar de espadas nerviosamente blandidas,
hicieron al capitán Laczinski interrumpir sus palabras.
—¡Oh! —exclamó cambiando el tono de su voz y esbozando una sonrisa—.
¡Ya conocéis, bravos mercenarios, que soy amigo de las bromas! Llevamos
ya cuatro meses luchando juntos contra esos perros descreídos, que han
jurado agujerearnos el pellejo, y sé lo que valéis. De manera, señor
Perpignano, que mientras los turcos nos dejan en paz un rato,
continuemos nuestra partida. Aún conservo unos veinte cequíes que están
ansiando salirse del bolsillo.
Como para desmentir las palabras del capitán, en aquel instante se oyó el estampido del cañón.
—¡Ah, bandidos! ¡Ni por la noche nos dejan tranquilos! —exclamó el
polaco parlanchín—. ¡Bah! ¡Todavía nos darán ocasión de perder o ganar
unos cuantos cequíes! ¿No os parece, señor Perpignano?
—A vuestra disposición estoy, capitán.
—¡Tiráis vos!
Leer / Descargar texto 'El Capitán Tormenta'