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El cuarto rojo

William Le Queux


Novela, Misterio, Suspenso, Detectives


Prefacio


En el corazón de esta novela se esconde una habitación donde convergen los secretos, las sospechas y los temores de una época marcada por la intriga. El cuarto rojo nos introduce en un mundo donde nada es lo que parece, y donde cada sombra proyectada sobre la pared puede ser el eco de una conspiración. William Le Queux, maestro del suspense y pionero del espionaje literario, nos guía por pasillos de incertidumbre, revelando poco a poco los hilos que conectan la ambición, el peligro y la verdad.

Esta obra, publicada en 1909, conserva intacta su capacidad de inquietar y fascinar, como si el cuarto aún estuviera esperando que alguien se atreva a entrar.



Capítulo Uno

Tres hombres inquisitivos




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Creative Commons
200 págs. / 5 horas, 50 minutos / 106 visitas.

Publicado el 25 de marzo de 2026 por Fernando Guzmán.

Andrómeda

Benjamín Jarnés


Cuento


A Antonio Espina

I

Una hora tardó Julio en aplicar a las enmarañadas vibraciones, de que estaba elaborado el silencio de la noche, su sencillo método de clasificación. Las dividió, primero, en dos grandes grupos: agradables y desagradables, como las comedias de Bernard Shaw. Después, hizo de ellas tres porciones, por razón de su origen: terrestres, acuáticas y aéreas —ya que nunca logró percibir la música estelar—. Luego, hizo pasar aquel silencio, bien desmenuzado, por una tirana criba. Era urgente depurar la noche, tan turbia, corregir aquella indisciplina de masas vibratorias, romper aquella espesa malla de resonancias. El ruido y el sonido dialogaban en lamentable camaradería. Era inexplicable que la noche pudiese ejecutar entonces su himno ritual al Creador. Quizá se divertía en templar los instrumentos, se solazaba en algún intermedio del Te Deum universal.

Julio comenzó a eliminar ecos falsos. Tres hileras de cañas, clavadas a lo largo de una acequia, producían, al rozarse, un voluptuoso cuchicheo de amantes verlainianos. Dos ramas secas repetían, al chocar, un crujido de huesos, ya ensayado en el capítulo XXXVII de Ezequiel. La acequia desarrollaba su tema tradicional, dejándose punzar por las saetillas verdes de las ramas, hasta sumirse en una larga alberca, donde al otoño comenzaría su curso anual de equilibrismo nocturno una fila de grullas.

Cribados los ruidos aprendidos en la literatura, quedaban otros, originales, de más difícil clasificación. Un cuarteto de mastines se había lanzado a ganar, frenéticamente, el primer premio en un concurso de ladridos.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 13 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Ejercicios

Benjamín Jarnés


Ensayo, literatura, aforismos


Cae a tierra el grano rubio, mientras el viento mece y esparce las briznas de paja amarilla, desdeñada. Y todos los granos, envidiosos, quisieran también piruetear sobre las palmas del viento. Pero solo unos pocos se deciden a lanzarse a la risueña aventura. Solo unos pocos tejerán, a la orilla de las eras, un felpudillo verde para que duerman en él las margaritas. Por esta locura de los granitos impacientes se vestirá el sendero de fino plumón, y, al verano, de espiguillas generosas. Otros granitos rubios se dispersarán por los nidos del contorno, para ser banquete de pájaros recién nacidos.

Me gusta ver al margen de las eras estos granitos locos, envidiosos de las briznas de paja, glorificados por el sol. Tienden su cunita fresca para que allí se enrosquen los gusanillos, para que los ojos del viajero reposen en la tierna seda verde tejida por la gozosa aventura.

I

Toda idea, claramente engendrada, nace vestida con su propia túnica verbal. La vaga forma de expresión arguye siempre balbuceos del pensamiento.

Pero la palabra es materia, en lucha tenaz con el espíritu. Transfigurar valores ideales en el puñado de monedas de la prosa, es siempre entablar una penosa escaramuza. Concebir es placentero, realizar arguye muchas resistencias vencidas. El idioma es un antiguo enemigo, más temible cuando se nos acerca lamiéndonos las manos. Cave canem escribiríamos en el dintel de esos libros donde la frase devino tan dócil y el estilo tan «fluido» —según la vieja adjetivación retórica—. Fluidez equivale hartas veces a facilidad, a hemorragia incontenida: algún tropel de palabras ya solo nos sugiere la intención de cerrar el arcaduz.


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Dominio público
33 págs. / 58 minutos / 14 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Vanka

Antón Chéjov


Cuento


Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.

Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.

El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich —escribió—: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 467 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Loca

Guy de Maupassant


Cuento


Oigan, dijo Mathieu de Eudolín, las chochas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.

Ustedes conocen la finca que tengo, en los alrededores de Cormeil, y saben que cuando los prusianos vinieron, vivía en ella.

Tenía entonces por vecina á una especie de loca á quien los repetidos golpes de la desgracia habían extraviado la razón. En otros tiempos, y en un mes, había perdido á su padre, á su marido y á un hijo pequeño.

Cuando la muerte entra en una casa, casi siempre vuelve al poco tiempo, como si conociese la puerta.

La pobre mujer, abrumada por el pesar, se metió en la cama y estuvo delirando por espacio de seis semanas. Luego, una especie de tranquila lasitud sucedió á esta violenta crisis, y quedó sin movimiento, comiendo apenas, y sólo moviendo los ojos. Cada vez que intentaban hacerla levantar, chillaba como si fuesen á matarla, y por esto la dejaban en la cama sacándola de entre las sábanas nada más que el tiempo preciso para lavarla y sacudir el colchón.

Á su lado estaba una criada vieja que de tiempo en tiempo le daba de beber y la obligaba á comer un poco de carne fría. ¿Qué pasaba en el interior de aquella alma desesperada? Nadie lo supo nunca porque no habló más. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Soñaba tristemente sin que sus recuerdos se precisasen ó su aniquilado pensamiento se había quedado inmóvil como el agua estancada?

Por espacio de quince años permaneció inerte y encerrada en sí misma.

Vino la guerra, y, en los primeros días de diciembre, los prusianos llegaron á Cormeil.

Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Hasta la piedras se helaban, y yo estaba en una butaca, inmovilizado por la gota, cuando á mis oídos llegó el pesado ritmo de sus pasos. Desde mi ventana les vi pasar.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 541 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Los Tres Hermanos

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Un hombre tenía tres hijos y no poseía más bienes que la casa en que vivía. Todos sus hijos querían heredarla, y no sabía cómo arreglarse para no perjudicar a ninguno. Lo mejor hubiera sido venderla y repartir el dinero entre los tres; pero no podía decidirse porque era la casa de sus antepasados. Al fin dijo a sus hijos:

—Marchaos a correr mundo, aprended cada uno un oficio, y cuando volváis heredará la casa el que tenga más habilidad.

La proposición les agradó: el mayor resolvió ser herrador, el segundo barbero y el tercero maestro de esgrima. Se separaron, conviniendo estar en casa de su padre en un día señalado. Cada uno de ellos se puso en casa de un buen maestro, que le enseñó bien el oficio. El mariscal herraba los caballos del rey, y creía que la casa sería para él. El barbero afeitaba a grandes señores, y pensaba también que la casa vendría a ser suya. En cuanto al aprendiz de maestro de esgrima, recibió más de un floretazo, pero apretaba los dientes y no se desanimaba, pues pensaba que si tenía miedo no sería para él la casa.

Cuando llegó el tiempo fijado, volvieron los tres a la casa de su padre. Pero no sabían cómo buscar la ocasión para manifestar su talento. Cuando hablaban entre sí de su situación, acertó a pasar una liebre corriendo por la llanura.

—¡Diablo! dijo el barbero; he aquí uno que viene como marea en cuaresma.

Cogiendo su vacía y su jabón, preparó la espuma hasta que el animal estuvo cerca, y corriendo tras él le jabonó a la carrera y le afeitó el bigote sin detenerse, ni cortarle un pelo de ninguna otra parte de su cuerpo.

—¡Eso es admirable! dijo el padre; si tus hermanos no hacen lo mismo, será para ti la casa.

Un instante después pasó una silla de posta a escape.

—Padre mío, dijo el herrador, ahora vais a ver lo que sé yo hacer.


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1 pág. / 3 minutos / 706 visitas.

Publicado el 23 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

Anarquismo: lo que significa realmente

Emma Goldman


Política


Anarquía:

Siempre despreciado, maldecido, nunca comprendido
Eres el terror espantoso de nuestra era.
"Naufragio de todo orden", grita la multitud,
"Eres tú y la guerra y el infinito coraje del asesinato."
Oh, deja que lloren. Para esos que nunca han buscado
La verdad que yace detrás de la palabra ,
A ellos la definición correcta de la palabra no les fue dada.
Continuarán ciegos entre los ciegos.
Pero tu, oh palabra, tan clara, tan fuerte, tan pura,
Vos dices todo lo que yo, por meta he tomado.
Te entrego al futuro! Tú eres segura.
Cuando uno, por lo menos despertará por sí mismo .
¿Viene en la solana del atardecer? ¿En la emoción de la tempestad?
!No puedo decirlo—pero ella la tierra podrá ver!
!Soy un anarquista! Por lo que
No reinaré, y tampoco reinado seré!

John Henry Mackay

La historia del desarrollo y crecimiento humano es, a la vez, la historia de la lucha terrible de cada nueva idea anunciando la llegada de un muy brillante amanecer. En su agarre persistente de la tradición, lo viejo con sus medios más crueles y repugnantes pretende detener el advenimiento de lo nuevo, cualesquiera sean la forma y el período en que aquel se manifieste. Tampoco necesitamos recaminar nuestros pasos hacia el pasado para darnos cuenta de la enormidad de la oposición, las dificultades y adversidades puestas en el camino de cada idea progresista. La rueca, la tuerca y el azote permanecen con nosotros; al igual que el ajuar del convicto y el coraje social, todos conspirando en contra del espíritu que va marchando serenamente.


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17 págs. / 30 minutos / 887 visitas.

Publicado el 28 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Mula y el Buey

Benito Pérez Galdós


Cuento


I

Cesó de quejarse la pobrecita, movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho, extinguiose poco a poco su aliento, y espiró. El Ángel de la Guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fue.

La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina se fue poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba a la madre, al padre y a los más inmediatos parientes, y dos o tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.

La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban a espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color castaño obscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales, mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que más se parecían a verdaderas rosas frescas traídas del jardín.

Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro a Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo Abril.


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14 págs. / 24 minutos / 1.346 visitas.

Publicado el 1 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

Los Cuentos del General

Vicente Riva Palacio


Cuentos, Colección


Primera parte

El nido de jilgueros

Eran días negros para España.

Los carros de la invasión se guarnecían a la sombra de los palacios de Carlos V y Felipe II; y cruzaban por las carreteras tropas sombrías de soldados extranjeros, levantando nubes de polvo que se cernían pesadamente y se alzaban, condensándose como para formar la lápida de un sepulcro sobre el cadáver de un héroe.

El extranjero iba dominando por todas partes, su triunfo se celebraba como seguro. El pueblo dormía el sueño de la enfermedad, pero un día el león rugió sacudiendo su melena, y comenzó la lucha gloriosa. España caminaba sangrando, con su bandera hecha girones por la metralla de los franceses, por ese doloroso vía crucis que debía terminar en el Tabor y no en el Calvario.

Prodigios de astucia y de valor hacían los guerrilleros, y los días se contaban por los combates y por los triunfos, por los artificios y los dolores.

El ruido de la guerra no había penetrado, sin embargo, hasta la pobre aldea en donde vivía la tía Jacoba con sus tres hijos, Juan Antonio y Salvador, robustos mocetones y honrados trabajadores.

La tía Jacoba había tenido otro hijo también, que murió, dejando a la viuda con tres pequeños, sin amparo y sin bienes de fortuna.

Recogiólos la tía Jacoba, y todos juntos vivían tranquilos, porque la abuela tenía lo suficiente para no necesitar el trabajo personal de las mujeres ni de los niños.

Pero la tía Jacoba era una mujer de gran corazón y de gran inteligencia, y sin haber concurrido a la escuela, ni haber cultivado el trato de personas instruidas, sabía leer, y leía y procuraba siempre adquirir noticias de los acontecimientos de la guerra y de la marcha que llevaban los negocios públicos, entonces de tanta importancia.


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Dominio público
128 págs. / 3 horas, 44 minutos / 1.172 visitas.

Publicado el 2 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.

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