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El Amor Mejor Probado

Norberto Torcal


Cuento


La Sra. Rosa era, sin disputa alguna, la mujer más pobre y á la vez más dichosa de todo el barrio.

Viuda desde hacía cinco años, y sin más compañía que un hijo que apenas contaba ocho, con los seis reales diarios que en el lavadero ganaba con ruda y penosa fatiga, tenía lo suficiente para atender á las necesidades de su casa y cuidar de la educación de aquel niño, que era todo su amor y felicidad en el mundo, y al que quería... como quieren todas las madres á sus hijos; es decir, un poco más, porque, sea preocupación ó realidad, yo siempre he creído que las madres pobres aman á sus hijos un poco más que las otras elegantes y ricas, y para ello me fundo en que un beso vale mucho más que un juguete, y un remiendo puesto por la propia mano de la madre á una camisa ó una chaqueta, más que el vistoso traje de terciopelo comprado en espléndido bazar.

Sea de ello lo que quiera, lo único que yo afirmo es que Rosa amaba muchísimoá su hijo, y esto nadie podría negármelo.

¿Que cómo se las arreglaba la pobre mujer para poder, con sus seis miserables reales, tener siempre su casita limpia, su vestido decente, su maceta de claveles en la ventana y su rostro de risa á todas horas?

Esto es justamente lo que yo no sabría decir, por más que de estos y parecidos milagros está llena la vida de las honradas gentes que viven de la economía y el trabajo.

Una tarde de invierno, Rosa volvió al anochecer á su casa sintiendo una grande opresión en el pecho y un dolor muy agudo en el costado. La enfermedad la había tocado con su dedo de hielo, y la ráfaga de aire frío que por la boca se le entrara, había herido su pulmón con incurable y mortal herida.


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Dominio público
5 págs. / 8 minutos / 29 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Un Cuento de Niños

José Fernández Bremón


Cuento


I

Nunca podré olvidar los destartalados buhardillones donde pasé parte de mi infancia: pocos pisos de Madrid conservan en su interior esos desahogos de las casas viejas. Subíase a ellos por una estrecha escalera, pero una vez dentro, ¡qué anchuras para correr, qué encrucijadas y rincones para jugar al escondite y qué pintoresco desnivel en las habitaciones y pasillos! El ama seca era la soberana en aquellas alturas, adonde rara vez llegaban las riñas de los abuelos, ni los rumores del mundo: era la libertad dentro de la clausura. Allí estaba la desahogada y blanca alcoba, de anchas ventanas y techo de bovedilla, donde dormíamos cuatro criaturas y las encargadas de cuidarnos: allí, obedeciendo a un plano que parecía trazado por un loco, había piezas de paso, escaleras ascendentes o descendentes, altas ventanas con rejas, otras de caballete, y boquetes redondos por donde alguna vez nos visitaban los murciélagos; desvanes y nichos para luces: por todas partes cuartitos abuhardillados: en el uno cacareaban las gallinas y sorprendíamos con admiración el secreto de la postura del huevo: en otro espiábamos el arrullar de las palomas que comían por turno, metiendo sus cabecitas blancas o cenicientas por las ventanillas del comedero para atracarse de algarrobas. Éramos felices en aquel paraíso de muchachos y de vez en cuando hacíamos descubrimientos importantes: ya desclavando un baúl viejo encontrábamos un sombrero de tres picos o una silla de montar; ya una cría de ratones en la caja, sin cuerdas, de un violín. Cuando empezaba a anochecer, nos replegábamos poco a poco huyendo de las sombras; cesaban las cabriolas y los gritos y sentados en un ruedo de la alcoba, formábamos un corro, y pedíamos un cuento, de aparecidos y gigantes, hadas con sus varitas de virtudes, lobos, brujas, hechiceros y diablos.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 29 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

La Gatita Mancha y el Ovillo Rojo

Miguel Hernández


Cuento infantil


Había un ovillo en el costurero. Era un ovillo muy grande y muy rojo. Era un ovillo muy bonito. La gatita Mancha dijo al verlo:


¡Miaumero! ¡Miaumero!
Una pelota roja.
Yo la quiero. Yo la quiero,
Yo llegaré hasta el costurero.
El costurero está muy alto.
Pero todo será cuestión
de dar valientemente un salto
aunque me lleve un coscorrón.


Saltó la gatita Mancha. Cayó dentro del costurero. El costurero, el ovillo rojo y la gatita Mancha cayeron de la mesa y rodaron por el suelo. Dijo la gatita:


¡Miaumiar! ¡Miaumiar!
¡Yo no puedo correr!
¡Yo no puedo saltar!
¡Yo no puedo ni un pelo mover!
¿Quién me quiere ayudar?


Al oírla, vino Ruizperillo. Y vino su madre. Y la hermanita de Ruizperillo también vino. Y toda la familia de Ruizperillo vino a ver a la gatita Mancha enredada en el ovillo. Todos reían viéndola cada vez más enredada en el algodón del ovillo rojo.

La madre de Ruizperillo dijo:


Mancha, Manchita,
usted está de broma.
Ahora necesita
mi ayuda, gatita, paloma.
Este ovillo
no es para una gata pequeña,
sino para una que enseña
viejo el solomillo,
vieja la nariz y aguileña.
No sabe usted
bordar ni coser,
gatita de dientes
y uñas de alfiler.


Toda la familia de Ruizperillo rio hasta que la gatita Mancha salió de su cárcel de algodón. Entonces, Ruizperillo dejó en el suelo su pelota de goma para que Mancha jugara con ella. Y la gatita asustada echó a correr asustada diciendo:


¡Fus! ¡Fus! ¡Parrafús!


Porque el gato más valiente,
si sale escaldado un día,
huye del agua caliente,
pero, además, de la fría.


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 29 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Artículos de Literatura, Crítica Y Escritura Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Compilación


La Novela Y El Público


Es vieja costumbre decir en un artículo: "nosotros pensamos", en vez de "yo pienso". Parece ser que la razón de esta rareza consiste en una bella modestia, sumamente útil a quien escribe. ¿Será verdad? Debe serlo. En cuanto a mí, confieso que nunca me ha parecido vanidoso el hecho de que un buen hombre, al escribir un artículo que se sabe ciertamente que es de él, diga: "yo creo", en lugar de "nosotros creemos".

Yo creo —y Dios me perdone si hay vanidad en hablar así— que esta inflada cualidad se reconoce en lo que sigue a "yo pienso u opino", y no en esta sincerísima manera de expresarse. Con un poco de humanidad no sería difícil hallar que el uso de esa fórmula personal prueba franca modestia, siendo así que uno expone únicamente su modo de ver, sin sentar verdad alguna. Como no es exclusivo, se está muy lejos de enseñar verdades a cada paso, y preciso es ser muy mal intencionado para sentir las propias ideas insultadas porque un muchacho cualquiera diga "yo pienso, creo o supongo simplemente, tal cosa". ¡Si es la mayor cortesía de un derecho! La cátedra se verá en lo que diga si la hay. Pero encontrarla ya en la primera persona del singular…

Todos sabemos perfectamente que cuando el articulista dice "nosotros", se refiere a él, nada más que a él. Si hay modestia, sería esta muy convencional, en todo caso. ¿Por qué condenar el "yo creo", que es discreto, recta fórmula de una opinión absolutamente personal, sin imposición alguna y, como tal, eminentemente altruista?

Como el que esto escribe suele dar con fastidiosa frecuencia en este modo de decir, es útil prevenir con lo anterior posibles presunciones.


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90 págs. / 2 horas, 37 minutos / 29 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Los Dos Cerdos

José Fernández Bremón


Cuento


—Señor —me dijo una pobre mujer, dejando su periódico—, ¿qué es eso del hipnotismo? No acabo de entenderlo.

—Se han escrito acerca de ello muchos libros, que cuentan maravillas seriamente; pero como usted no los comprendería, diré en términos claros lo que puede y debe usted entender. Un sabio le propone a usted dormirla con la voluntad y la mirada: si usted acepta, toma asiento; el profesor fija en usted la vista y la adormece; en ese estado le da a usted una orden, que no oye usted, pero que, sin querer y necesariamente, cumple usted al despertar.

—¿Y si me manda que mate?

—Mata usted; y si le ordena que robe, roba usted. Aún hay más. Un sabio dijo a un durmiente hipnotizado: «Quiero que mañana te salga una ampolla en el cogote»; y el cogote obedeció la orden, y salió al día siguiente la vejiga: de modo que, no sólo obedece el paciente con sus acciones, sino los miembros de su cuerpo, curándose si están enfermos, y hasta marcando si es preciso una inscripción sobre la espalda, según refiere un profesor de Montpellier.

—¿Tales milagros se ejecutan?

—¿Quiere usted que la duerma y ordene a sus narices que se caigan a la hora que usted guste?

—¡No, por Dios!

—Lo remediaríamos con otro sueño hipnótico, en que, a mi voz de mando, brotaría bajo su frente otra nariz tan linda como la que luce usted en esa cara. Como que trato de abrir un salón de compostura y embellecimiento de personas, a precios arreglados: desfiguración de rostros para huir de la Justicia o acreedores, brote de cabellos en las calvas y cambio de atractivos a los descontentos de su físico.

—¿Eso hará usted?

—He hecho más: he convertido en cerdo a un hombre, como verá usted en la historia que voy a referir: no supongo que la nieguen esos sabios: yo les he creído, y en correspondencia deben creerme a pie juntillas. O se tira de la manta para todos o para ninguno.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 28 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Por Sendas Opuestas

Javier de Viana


Cuento


I

Desde la mañana del sábado había comenzado la afluencia de quitanderos y quitanderas.

El vasto y recio edificio de la pulpería —la famosa azotea, especie de castillo feudal, cabeza de la enorme heredad que perteneció al coronel Inca Pereyra de Freitas—, se señoreaba dominando la multitud de blancas tiendas que lo circundaban.

Entre las carpas, numerosos carritos: y más allá, atados a soga, matungos flacos, petizos bichocos, yeguas escuálidas.

Tres timberos viejos y rivales, daban las últimas manos de “alisamiento” a sus respectivas canchas de taba.

Las chinas viejas distribuían los cacharros, ultimando “los preparos” para la elaboración de tortas fritas y pasteles de dulce de zapallo, esfé de porotos con achicoria, chorizos de cogote de novillo, vino aguado y caña compuesta.

Las muchachas, desgreñadas, sudorosos los rostros color chocolate, remangadas las batas de percal, iban de un lado a otro, arrastrando las chancletas, despreocupadas de todo espíritu de coquetería, reservando para el día siguiente los engorros del agua y del peine y las torturas del corsé y los zapatos.

Echados en el suelo o andando lentamente y sin objeto, con las cabezas gachas y las largas lenguas de fuera, perros grandes, perros chicos, todos flacos, todos con idéntica expresión de hastío en sus ojos de mirada humilde, pensando, sin duda, en el mañana promisor de abundantes huesos y piltrafas.

En amplias enramadas, enmantados, provistos de “trompetas”, y bajo la vigilante custodia de sus respectivos cuidadores, están los dos “parejeros” famosos que al día siguiente han de disputarse el clásico de aquella internacional gaucha, y a cuyas patas han de exponerse miles de onzas brasileñas y de libras esterlinas.


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11 págs. / 20 minutos / 28 visitas.

Publicado el 2 de noviembre de 2025 por Edu Robsy.

El Oso Clown

Javier de Viana


Cuento


Los salones del chalet parecían incendiados con la multitud de ampollas eléctricas. La luz, saliendo en ráfagas por las ventanas, bañaba con su claridad la campaña dormida, asustando a los pájaros que descansaban en sus humildes casitas de pajas y briznas.

Matías, en el colmo del desgano, se había dejado caer sobre un sofá turco en la salita semi a obscuras, y semi dormía y semi soñaba, contemplando a través de los cristales del ventanal, la llanura que iba paulatinamente emblanqueciendo con la helada.

Los sones de la orquesta que desde el inmediato salón de baile llegaban hasta él, antojábansele ayes quejumbrosos de sus esperanzas maloeradas, de sus ideales abandonados en un instante de abominable cobardía.

—¡Cuánta miseria en medio de tanto lujo! ¡Cuánta tristeza disimulada con la alegría artificial de las luces, de las músicas y de las risas!

Todo falso, todo farsa, Todo falso, todo farsa, desde el ambiente cálido, mientras afuera la naturaleza temblaba de frío, hasta las flores erguidas sobre peciolos de acero, desde el sentimiento de un violín mercenario, hasta los rostros maquillados de las damas y las amables sonrisas de los hombres.

Todo mentira, todo falso, todo farsaico: las armonías y los perfumes y los colores y las sonrisas...

Anonadado, Matías empezó a inventariar su existencia.

Recordó su juventud penosa, pero alegre; los años de bohemia, de penurias alegremente soportadas en la estrecha comunidad de amigos unidos por múltiples lazos.

Después, la dispersión. De los miembros de la pequeña tribu, éste se alcanzó su título de médico, el otro el de abogado, aquel de ingeniero, otro se incrustó en la burocracia, alguno ascendió en el rápido aeroplano de la política, y más de uno resolvió el problema de la vida con un matrimonio ventajoso.

Llegó a quedar solo, con sus ensueños improductivos, con sus ideales estériles,


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3 págs. / 6 minutos / 28 visitas.

Publicado el 19 de agosto de 2025 por Edu Robsy.

Divertida Aventura de Míster Gibson

Roberto Arlt


Cuento


Míster Gibson había sido proveedor del colegio San Francisco Javier, en Calcuta; pero ahora no lo era. Antes de haber sido proveedor del colegio San Francisco Javier (legumbres y verduras), míster Gibson había desempeñado innumerables oficios y corrido numerosísimas aventuras. Pero, indudablemente, la más conmovedora e inofensiva de sus aventuras fue la de estarse al pie de su verdulería recitando mentalmente un poema de Kipling, mientras un cartero indígena, aproximándose, le entregaba una carta. Gibson (tenía entonces cuarenta años) abrió la carta y, mediante este simple acto, se enteró que su honorable tío acababa de reventar. En consecuencia, entraba en posesión de una razonable suma de libras esterlinas.

Otro hombre que no hubiera sido míster Gibson hubiese echado a correr por las calles de Calcuta, pero míster Gibson no echó a correr. Llamó a un cooli que arrastraba un maltrecho cochecillo de mimbre y bambú y cuya única vestimenta era un andrajo atado en torno de los riñones, y le dijo:

—Llévame al colegio San Javier.

Una vez en el colegio San Javier míster Gibson, en vez de llamar respetuosamente a la cancela, como acostumbraba, pasó frente a las narices del bedel asombrado, se metió en un corredor oscuro, abrió una anchurosa puerta y, deteniéndose ante el administrador del educativo establecimiento (un hombre con la cara larga como un jamón y la nariz afilada como una navaja), le dijo:


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 27 visitas.

Publicado el 15 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

Un Huérfano

Juan José Morosoli


Cuento


Aparicio arrojó sobre el cajón un puñado de terrones. Los acompañantes hicieron lo mismo. Después colocó sobre la tierra que cubría la fosa un ramo de cedrón e hinojo. Aquél no era pago de flores. Isidro —el tío— dijo entonces:

—Bueno, sobrino, vamos.

El grupo inició el regreso.

En la portera del camposanto los hombres fueron despidiéndose, montaron y llenaron el valle de galopes.


* * *


Aparicio e Isidro tomaron el callejón.

Iban callados, sin nada que decirse. Habrían andado veinte cuadras cuando habló Isidro:

—Ahora que te faltó ella, vamo a visitarnos seguido...

—Pues...

La finada era una mujer de mal genio, mandona, "capaz de ponerle la pata a un hormiguero". Si la familia de Isidro —que era hermano de ella— estaba distanciada, si no llegaban vecinos a la casa, la culpa era de ella. Siempre fue así. Porque el pobre finado Juan —el marido— "fue un para escuchar nomás".

Enfrentaban la estancia cuando Isidro volvió a hablar:

—¿No querés seguir conmigo?

—No señor, gracias...

—La casa te va a resultar grande... solo y güérfano...

Solo y huérfano. Lo dijo sin pizca de ironía. La verdad era que Aparicio con sus treinta años y sus cien kilos era un huérfano...


* * *


La pieza, con aquella cama enorme, parecía más grande. En el muro frontero medían la soledad tres cuadros pequeños: uno con la marca de la estancia, un Jesucristo de manto celeste con un corazón rasgado como una granada, goteando sangre, y un retrato del finado, cara fina, pera en punta y un quepis militar medio cuadrado.


* * *


Ganas de llorar no tenía Aparicio. Sentía que estaba solo, como desprendido de algo protector. Como cortado de una raíz.

Sin embargo podía hacer cualquier cosa.

El —y nadie más que él— tenía que resolver lo que deseaba hacer.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 27 visitas.

Publicado el 9 de abril de 2025 por Edu Robsy.

Cuento

Horacio Quiroga


Cuento


Recaredo volvió la cabeza e hizo girar suavemente la guía de su máquina. El carruaje que estuvo a punto de atropellarle, un elegante cupé, pasó a escape entre un raro ruido de cadenas que el desorden del precipitado galope hacía más timpánico.

Una nube de polvo, sobre la boca abierta de los espectadores, ahogó la carrera.

Dejó la bicicleta; paseó, miró; el sol de un atardecer de verano, ya en el horizonte, incendiaba las lejanías inacabables, llenaba de oro las pulverizaciones del macadam, flotaba en los átomos, bajo un venturoso cielo de rosa en que iba a abismarse la difusión amarillenta de los soles decrépitos. Los surtidores de agua se elevaban sin inclinarse, las melodías se hacían oscuras, los bambúes del invernáculo recostaban sin espera en los cristales, como en un pecho para el cual hace tiempo somos indiferentes, su desmesurada delgadez. Y en las ya silenciosas avenidas la extenuación se hacía metódica, sobre un perfume que tarda siglos en aspirarse, sobre un tono que no puede sostenerse por más tiempo, sobre una mano —a la hora en que se conoce de lejos a las mujeres enfermas— en su dolorosa ineptitud.

Adolescencia cruel, idealidades fácilmente disyuntivas, Recaredo huyó muy pronto de las universidades, destrozó muchos ídolos, fue lleno de similitud con las ideas raras. En pos de cada crisis, no obstante, mucho de lo muerto iba con él, marchaba con los fragmentos de su ídolo debajo del brazo, avanzaba herido y lleno de dolor, como esos pobres mutilados que para caminar tienen que apoyarse a guisa de bastón, en el miembro tronchado. Recorrió los hospitales y en cada camilla se detuvo con desconfianza, mirando bien en los ojos a los poetas que estaban malditos. Pero en la escasa luz de la sala, el cerebro perturbado por un advenimiento excesivamente radical, bajo la influencia de un fonógrafo distante en que una manipulación bien amistosa lograba dar a las voces igual intensidad, no pudo apreciar las miradas.


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Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

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