Los Arrecifes De Coral
Horacio Quiroga
Poesia, Cuentos
Mis Negras Culebras
Mis negras culebras dormían sobre la alfombra: y la
intranquilidad que de pronto se apoderó de ellas llegó
a mis trémulas historietas, donde el llanto por
emociones pasadas consiguiera nuevos triunfos.
La agitación de las finas bestias cobró fama de un desvelo;
la seda de sus pieles aquietó pausadamente el
nervioso moaré y, ya de rodillas ante ellas —en el silencio
de la gran sala— sus ojos de vidrio traslucieron
el paisaje de su inquietud, bajo la tienda de un jefe de
rebeldes: —los espejismos crepusculares danzaban en
el horizonte extrañas geometría. Y una luna enorme
surgía, tambaleándose. Y sobre el insomnio de las negras
culebras no supieron conservan tu manto, el
silencio pudo ser llenado con el chocar de tu cadenilla,
¡Salambó, Salambó!
Al Autor De La Dame Seule
Y como el buen cura me abandonara, permanecí
solo, con las manos sobre el respaldo de la cama, en el
cuartito donde había vivido los últimos meses.
—¿Sabes? quisiera ser una heroína de Mendès;
pero estoy muy enferma, muy enferma, mi pobre Lu-
ciano!
Muerta. Bien muerta estaba mi pobre Sadie! Era
tan alegre, que su retiro al campo nos causó gran pena.
—¿Que usted ríe mucho? Sadie reía más aún. —¿Que
usted esconde las manos para que no se las besen?
Sadie calzaba guantes, y los quitaba tan a menudo!
—¿Que usted ha desdeñado a cuatro caballeros, muer-
tos de amor por usted? Sadie no tenía memoria, y en-
fermó del pecho deshojando azahares bajo el cielo pá-
lido de Niza.
¡Pobre señorita delgada! ¡que vacío dejó usted
entre nosotros!
Ya de noche le habían sido dados los últimos con-
suelos. Leía la última carta:
"La señorita se muere. Iba mejor, y desde ano-
Dominio público
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Publicado el 19 de junio de 2026 por Brian.
