I
Para combatir una neurastenia profunda que me tenía agobiado —diré
neurastenia, no sabiendo qué decir—, consulté al doctor Luz, hombre tan
artista como científico, y opinó sonriente:
—Usted no necesita cuidarse… sino todo lo contrario.
—¿Descuidarme?
—Casi… Tratamiento perturbador. Hacer cosas que presten a su vida
violento interés. Lo que padece usted es atonía, indiferencia: le falta
estímulo. ¿No podría usted enamorarse?
—Me parece que no. Las mujeres, para un rato. Y aun ese rato lo
suelen envenenar. Y las que no lo envenenan, empalagan. Mal remedio,
doctor, mal remedio.
—¿No le agradan los viajes?
—¿Viajes? ¿El «gladstone», el Baedeker, las fondas? Me sé de memoria a
Europa, y como no busque aventuras a lo Julio Verne… Ya no quedan más
viajes emocionantes que los viajes en aeroplano…
—Pues no viaje usted por tierras; explore almas. No hay vida humana
sin misterio. La curiosidad puede ascender a pasión. Para una persona
como usted, que posee elementos de investigación psicológica…
Agradecí el consejo lo mismo que si hubiese de servirme de algo y me
fuí convencido de que la ciencia, ante mi caso, se declaraba impotente.
Aquella misma noche, a cosa de las doce, entre en el teatro de Apolo y
me senté en una butaca. Al hacerlo, pasé con el mayor cuidado por
delante de los espectadores de mi fila, instalados ya. Estaba seguro de
no haber molestado a nadie, y me asombró oír que uno de ellos, el que
estaba más próximo a mí, me increpaba, en alta voz:
—¡Ya podía usted andar con cuidado, so tío!
Mi sorpresa subió de punto, notando que quien así me trataba era un
muchacho que solía encontrarme en el Casino y en la Peña, una persona
«conocida». Tal furia, sin motivo alguno, y la extrañeza que me causó,
fué el primer chispazo que reanimó mi abatido espíritu. Al pronto pensé:
Leer / Descargar texto 'La Gota de Sangre'