Si tu pálido rostro que acostumbra a enrojecer ligeramente bajo los
efectos del vino o la alegría, arde de cuando en cuando de vergüenza al
leer lo que aquí está escrito, cual bajo el resplandor de un alto horno,
entonces, tanto mejor para ti. El mayor de los vicios es la ligereza;
todo lo que llega hasta la conciencia es justo.
La tragedia de mi vida, Oscar Wilde
Balder va en busca del drama
El perramus doblado, colgado del brazo izquierdo, los botines
brillantes, el traje sin arrugas, y el nudo de la corbata (detalle poco
cuidado por él) ocupando matemáticamente el centro del cuello, revelaban
que Estanislao Balder estaba abocado a una misión de importancia.
Comisión que no debía serle sumamente agradable, pues por momentos
miraba receloso en redor, al tiempo que con tardo paso avanzaba por la
anchurosa calle de granito, flanqueada de postes telegráficos y ventanas
con cortinas de esterillas.
«Aún estoy a tiempo, podría escapar» —pensó durante un minuto, mas irresoluto, continuó caminando.
Le faltaban algunos metros para llegar, una ráfaga de viento arrastró
desde el canal del Tigre un pútrido olor de agua estancada, y se detuvo
frente a una casa con verja, ante un jardinillo sobre el cual estaba
clausurada con cadena la persiana de madera de la sala. Una palma verde
abría su combado abanico en el jardín con musgo empobrecido, y ya de pie
ante la puerta buscó el lugar donde habitualmente se encuentra colocado
el timbre. De él encontró solamente los cables con las puntas de cobre
raídas y oxidadas. Pensó:
—En esta casa son unos descuidados —y acto seguido, llamó golpeando las palmas de las manos.
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