A Carlos Vega Belgrano, afectuosamente,
este libro dedica
R. D.
Palabras liminares
Después de Azul... después de Los raros, voces insinuantes, buena y
mala intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea —todo bella
cosecha— solicitaron lo que, en conciencia, no he creído fructuoso ni
oportuno: un manifiesto.
Ni fructuoso ni oportuno:
a) Por la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante
de nuestro continente, en la cual impera el universal personaje
clasificado por Remy de Gourmont con el nombre de
Celui-qui-ne-comprend-pas. Celui-qui-ne-comprend-pas es entre nosotros
profesor, académico correspondiente de la Real Academia Española,
periodista, abogado, poeta rastaquouer.
b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América es aún vana,
estando muchos de los mejores talentos en el limbo de un completo
desconocimiento del mismo Arte a que se consagran.
c) Porque proclamando, como proclamo, una estética acrática, la
imposición de un modelo o de un código, implicaría una contradicción.
Yo no tengo literatura «mía» —como lo ha manifestado una magistral
autoridad—, para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en
mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y,
paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner a Augusta
Holmes, su discípula, le dijo un día: «lo primero, no imitar a nadie, y
sobre todo, a mí». Gran decir.
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