Cartas a un Amigo
Esteban Echeverría
Novela epistolar
Dominio público
34 págs. / 1 hora / 403 visitas.
Publicado el 13 de abril de 2020 por Edu Robsy.
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Dominio público
34 págs. / 1 hora / 403 visitas.
Publicado el 13 de abril de 2020 por Edu Robsy.
—Dígame usted, ¿qué cosa es un cambiador?
—Un cambiador, un guardagujas como más propiamente se le llama, es un personaje importantísimo en toda línea ferroviaria.
—¡Vaya, y yo que todavía no he visto a ninguno y eso que viajo casi todas las semanas!
—Pues, yo he visto a muchos, y ya que usted se interesa por conocerlos, voy a hacerle una pintura del cambiador, lo más fielmente que me sea posible.
Mi simpática amiga y compañera de viaje dejó a un lado el libro que narraba un descarrilamiento fantástico, debido a la impericia de un cambiador, y se dispuso a escucharme atentamente.
—Ha de saber usted —comencé, esforzando la voz para dominar el ruido del tren lanzado a todo vapor— que un guardagujas pertenece a un personal escogido y seleccionado escrupulosamente.
Y es muy natural y lógico que así sea, pues la responsabilidad que afecta al telegrafista o jefe de estación, al conductor o maquinista del tren, es enorme, no es menor la que afecta a un guardagujas, con la diferencia de que si los primeros cometen un error puede éste, muchas veces, ser reparado a tiempo; mientras que una omisión, un descuido del cambiador es siempre fatal, irremediable. Un telegrafista puede enmendar el yerro de un telegrama, un jefe de estación dar contraorden a un mandato equivocado, y un maquinista que no ve una señal puede detener, si aún es tiempo, la marcha del tren y evitar un desastre, pero el cambiador, una vez ejecutada la falsa maniobra, no puede volver atrás. Cuando las ruedas del bogue de la locomotora muerden la aguja del desvío, el cambiador, asido a la barra del cambio, es como un artillero que oprime aún el disparador y observa la trayectoria del proyectil.
Dominio público
509 págs. / 14 horas, 52 minutos / 375 visitas.
Publicado el 2 de octubre de 2023 por Edu Robsy.
La primera:
Andaba a caza de un filtro; de un filtro de amor; de uno de esos filtros que ponen en los libros ocultistas
«Para obtener los favores de una dama tómese una
onza y media de azúcar cande, pulverícese groseramente en un mortero
nuevo haciendo esta operación en viernes por la mañana, diciendo a
medida que machacaréis: abraxas abracadabra. Mezclad este
azúcar con medio cuartillo de vino blanco bueno; guardar esta mezcla en
una cueva oscura por espacio de 27 días; cada día tomad la botella que
no ha de estar enteramente llena, y la menearéis fuerte por espacio de
52 segundos diciendo abraxas. Por la noche haréis lo mismo pero durante 53 segundos y tres veces diréis abracadabra. Al cabo del 27 día…».
Pero este muchacho no estaba al tanto de los grandes secretos
ocultistas y buscaba una bruja que le confeccionara la bebida
maravillosa.
Si yo lo sé, lo evito a todo trance.
Bastaba con facilitarle los «ADMIRABLES SECRETOS» DE ALBERTO EL GRANDE y el HEPTAMERÓN compuesto por el famoso mágico Cipriano e impreso en Venecia el año de 1792 por Francisco Succoni. Lo de los filtros es elementario en ciencias mágicas.
Pero el atolondrado no pregunta; no consulta con los entendidos; no avisa siquiera a nadie: va en busca de una bruja; da con una, flaca y barriguda como una tripa inflada a la mitad; se lo cuenta todo, y la bruja se enamora de él.
¡Ah, bruja pícara! Dizque le decía, babosa y arrugada:
—Mi bonito, le vamos a dar una bebida que le caiga al pelo.
Y le mandaba ir todos los días. Y le metía las manos entre los sobacos. Y le acercaba mucho a la cara su espléndida nariz; su espléndida nariz borbona, ancha, colorada, ganchuda, acatarrada.
Yo no sé como la bruja no hizo una barbaridad, como a darle a beber del filtro.
Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 276 visitas.
Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.
El capitán X —muy conocido en el Ejército por su nombre verdadero— tenía por asistente a un soldado que era una maravilla de roto y de asistente.
—¡Cabo Rojas! —gritaba el capitán.
Y Rojas, que no era cabo sino en promesas y refrán, aparecía como lanzado por resorte de teatro, la diestra en el filo de la visera y en la costura del pantalón el dedo menor de la mano izquierda.
—Se necesita, señor Rojas, una friolera. Vaya usted y busque por ahí unos diez pesos; porque ya estamos a ocho del mes y esta noche... pero nada tiene usted que saber, y largo de aquí a lo dicho.
Y si Rojas no arrancaba en volandas, alcanzábale de seguro un par de puntapiés, bota de caballería, doble suela, número cuarenta, que era lo que calzaba el capitán.
Y el capitán no salía de estas fórmulas y tratos lacedemonios, reconociendo probablemente toda la razón que asistía a don Quijote cuando en apesadumbrado tono decía a su escudero:
—La mucha conversación que tengo contigo, Sancho, ha engendrado este menosprecio.
En cuanto al cabo Rojas, bien podía tardar un año en volver; pero en volviendo era fijo que con el dinero, que entregaba discretamente en disimulados y respetuosos envoltorios.
Cuando había personas delante, Rojas hacía paquetes de boticario.
Otras veces no esperaba órdenes de su jefe para lo que era menester.
En tales casos colocaba en sitio seguro y a la mano del capitán sus entierros, que diez pesos, que unos cinco, según andaban los tiempos y la cara de aquél.
En las noches en que el capitán no salía y se acostaba temprano para yantar sueños y desechar penas, no se requerían más discursos.
Rojas volaba puerta afuera a donde Dios sabía.
Aquello indicaba por lo claro que no había ni medio, y, en consecuencia, que el despertar sería con viento y marea para veinticuatro horas menos.
Dominio público
163 págs. / 4 horas, 46 minutos / 235 visitas.
Publicado el 28 de diciembre de 2019 por Edu Robsy.
Hubo una vez un casal humano nacido en una tierra virgen. Como eran sanos, fuertes y animosos y se ahogaban en el ambiente de la aldea donde torpes capitanejos, astutos leguleyos, burócratas sebones disputaban preeminencias y mendrugos, largáronse y sumergiéronse en lo ignoto de la medrosa soledad pampeana. En un lugar que juzgaron propicio, acamparon. Era en la margen de de un arroyuelo, que ofrecía abrigo, agua y leña. Un guanaco, apresado con las boleadoras, aseguró por varios días el sustento. El hombre fué al monte, y sin más herramienta que su machete, tronchó, desgajó y labró varios árboles. Mientras éstos se oreaban a la intemperie, dióse a cortar paja brava en el estero inmediato. Luego, con el mismo machete, trazó cuatro líneas en la tierra, dibujando un cuadrilátero, en cada uno de cuyos ángulos cavó un hoyo profundo, y en cada uno clavó cuatro horcones. Otros dos hoyos sirvieron para plantar los sostenes de la cumbrera. Con los sauces que suministraron las "tijeras” y las ramas de "envira” que suplieron los clavos, quedó armado el rancho. Con ramas y barro, alzó el hombre animoso las paredes de adobe; y luego después hizo la techumbre con la “quincha” de paja, y quedó lista la morada, construcción mixta basada en la enseñanza de dos grandes arquitectos agrestes: el hornero y el boyero.
Y así nació el primer rancho, nido del gaucho.
En la sociedad campesina, allí donde los derechos y los deberes están rígidamente codificados por las leyes consuetudinarias, para aquellas conciencias que viven, en íntimo y eterno contacto con la naturaleza; para aquellas almas que encuentran perfectamente lógicos, vulgares y comunes los fenómenos constantes de la vida, y que no tienen la insensatez de rebelarse contra ellos, consideran como un placer, pero sin entusiasmos, la llegada de un nuevo vastago.
Dominio público
50 págs. / 1 hora, 28 minutos / 225 visitas.
Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.
Voy a contaros ahora una historia que oí cuando era muy niño, y cada vez que me acuerdo de ella me parece más bonita. Con las historias ocurre lo que con ciertas personas: embellecen a medida que pasan los años, y esto es muy alentador.
Algunas veces habrás salido a la campiña y habrás visto una casa de campo, con un tejado de paja en el que crecen hierbas y musgo; en el remate del tejado no puede faltar un nido de cigüeñas. Las paredes son torcidas; las ventanas, bajas, y de ellas sólo puede abrirse una. El horno sobresale como una pequeña barriga abultada, y el saúco se inclina sobre el seto, cerca del cual hay una charca con un pato o unos cuantos patitos bajo el achaparrado sauce. Tampoco, falta el mastín, que ladra a toda alma viviente.
Pues en una casa como la que te he descrito vivía un viejo matrimonio, un pobre campesino con su mujer. No poseían casi nada, y, sin embargo, tenían una cosa superflua: un caballo, que solía pacer en los ribazos de los caminos. El padre lo montaba para trasladarse a la ciudad, y los vecinos se lo pedían prestado y le pagaban con otros servicios; desde luego, habría sido más ventajoso para ellos vender el animal o trocarlo por algo que les reportase mayor beneficio. Pero, ¿por qué lo podían cambiar?.
—Tú verás mejor lo que nos conviene —dijo la mujer—. Precisamente hoy es día de mercado en el pueblo. Vete allí con el caballo y que te den dinero por él, o haz un buen intercambio. Lo que haces, siempre está bien hecho. Vete al mercado.
Le arregló la bufanda alrededor del cuello, pues esto ella lo hacía mejor, y le puso también una corbata de doble lazo, que le sentaba muy bien; le cepilló el sombrero con la palma de la mano, le dio un beso, y el hombre se puso alegremente en camino montado en el caballo que debía vender o trocar. «El viejo entiende de esas cosas —pensaba la mujer—. Nadie lo hará mejor que él».
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5 págs. / 9 minutos / 132 visitas.
Publicado el 4 de julio de 2016 por Edu Robsy.
Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando hasta las cercanías de París.
El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.
Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando amparo en la capital.
Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en pleno desierto.
La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros rivales que también lo desean.
Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 104 visitas.
Publicado el 22 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
Belleza celestial y encantadora;
inefable deidad, que el mundo adora,
que dominas el Orbe, y das consuelo,
inspirando con pecho generoso
el sentimiento tierno y delicioso,
que os prodigara el Cielo,
a vos invoco: favorable inspira
el canto melancólico a mi Lira
de amor y de ternura,
y un nuevo lauro a mi triunfal corona
la Beldad ciña Numen de Helicona
de mirto y rosa pura.
Alza gozoso, vos, casto Himeneo,
y halagüeño el semblante, que ya veo
a tus humeantes aras
con rubor acercarse tierna y bella
a consagrarte tímida doncella
de amor primicias caras.
Cándidos y amorosos corazones
en tu altar sacrosanto nunca dones
más puros ofrecieron,
para volver a tu deidad propicia,
y del tálamo dulce la delicia
gozar que pretendieron.
La aureola celestial de virgen pura,
el juvenil frescor y la hermosura
los encantos de Elvira realzaban,
dando a su amable rostro un poderío,
que encadenaba luego el albedrío
de cuantos la miraban.
Sus ojos inocencia respiraban,
y de su pecho solo se exhalaban
inocentes suspiros,
hijos del puro y celestial contento,
que de las dulces ansias vive exento
del amor y sus tiros.
Mas vio a Lisardo, y palpitó su pecho
de extraña agitación, y satisfecho
se gozó enardecido,
cuando de amor arder la viva llama,
que con dulce deleite nos inflama,
sintió, no apercibido.
Como la planta que al Favonio aspira,
que en torno de ella regalado gira,
nueva existencia siente;
así Lisardo al ver de su querida
el amante cariño, nueva vida
sintió en su pecho ardiente:
Dominio público
10 págs. / 17 minutos / 72 visitas.
Publicado el 21 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
Entro en las trincheras a primeros de octubre, incorporado a las entonces escasas fuerzas del «Campesino». Me siento orgulloso de haber peleado mandado por este hombre inaudito.
Barón de Extremadura, se levanta contra el cielo ensangrentado de la guerra como un bloque viril y puro. Le veo como un herrero forjador de temples heroicos, victorias, verdades y justicia. Su presencia da fortaleza, y su aliento austero derriba, huracanado, las debilidades y los robles que se le ponen por delante. Es uno de los dirigentes y defensores más apasionados del pueblo. Lleva muchas heridas por dentro, y no repara en las que las balas cuelgan sobre su piel blindada. Su humanidad titánica ha probado, sin desfallecer, las losas, las miserias y los atropellos de todas las cárceles y carceleros de la España negra; en todos los pueblos ha sido apaleado y perseguido por comunista. A los dieciséis años de su vida torrencial ya había derribado de muerte a varios burgueses y fue condenado a la horca. Se escapaba de todas las prisiones, burlaba a los celosos guardianes del capitalismo, rompía a dentelladas cerrojos y cadenas. Se metía en las minas a despertar y a propagar la libertad entre los mineros. Fue marino, picapedrero, labrador, y llevaba a los campos y a las aldeas una voz enardecida y emocionada para los trabajadores y un salivazo irritado para los que oprimían.
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Publicado el 30 de enero de 2026 por Edu Robsy.
Parece que no ha pasado el tiempo. Todo está lo mismo. Ved la calle, la casa, los peces de colores nadando y revolviéndose con incesantes curvas en sus estanques; ved las jaulas de grillos colgadas en racimos a un lado y otro de la puerta; fijad la atención en la ventana de la escuela y oíd el rumor de moscardones que por ella sale. Nada ha cambiado, y D. Patricio Sarmiento, puntual e inmutable en su silla como el sol en el firmamento, esparce la luz de su sabiduría por todo el ámbito del aula. Lo mismo que el año pasado, está explicando la desastrosa historia y trágica muerte de Cayo Graco; pero su voz elocuente añade estas fatídicas palabras: "Terribles días se preparan. Roma y la libertad están en peligro".
Entonces estábamos en febrero de 1821; ahora estamos en marzo de 1822. Durante este año de anarquía, durante estos trescientos sesenta y cinco motines, la calle de Coloreros no ha experimentado variaciones importantes. D. Patricio no parece más viejo: al contrario, creeríasele rejuvenecido por milagrosos filtros. Está más inquieto, más exaltado, más vivaracho: su pupila brilla con más fulgor y la contracción y dilatación de las venerables arrugas de su frente indican que hay allí dentro hirviente volcán de ideas.
Cuando suena la hora del descanso y salen los chicos, atropellándose unos a otros, golpeando el suelo con sus pies impacientes y llenando toda la calle con su desaforado infierno de chillidos, payasadas y cabriolas, que afortunadamente duran poco, D. Patricio limpia sus plumas, se arregla el gorro, para que ninguna parte de su cráneo quede en descubierto, y unas veces con la regla en la mano, otras con las manos en los bolsillos, sale al portal entonando entre dientes patriótica cancioncilla.
Si Lucas está en su puesto, padre e hijo hablan un rato antes de subir a comer.
166 págs. / 4 horas, 52 minutos / 2.299 visitas.
Publicado el 4 de octubre de 2016 por Edu Robsy.