Textos más populares este mes publicados por Edu Robsy que contienen 'cuentos' | pág. 23

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Notas sobre el Arte de Escribir Cuentos Fantásticos

H.P. Lovecraft


Ensayo


La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.


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4 págs. / 8 minutos / 385 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Cuentos Crueles

Villiers de L'Isle Adam


Cuento


Las señoritas de Bienfilâtre

Al Señor Théodore de Banville

¡Luz, Luz!…

Últimas Palabras de Goethe.

Pascal dijo que, desde el punto de vista de los hechos, el Bien y el Mal son cuestión de latitud. En verdad, tal acto humano que aquí llamamos crimen, allá lo llaman buena acción, y así recíprocamente. Mientras en Europa, por lo general, se venera a los padres ya ancianos, en ciertas tribus de América se los convence para que suban a un árbol y, acto seguido, comienzan a sacudirlo: si caen, el deber sagrado de todo bueno hijo es, como antaño hacían los mesenios, molerlo a hachazos de inmediato, para evitarles, así, las preocupaciones de la decrepitud; en cambio, si hallan fuerzas para aferrarse a alguna rama, entonces es que aún se valen para cazar o pescar, y su inmolación queda aplazada. Otro ejemplo: entre los pueblos del Norte, que gustan de beber vino, corre a raudales cuando el amado sol duerme; incluso nuestra religión nacional nos aconseja que el «buen vino alegra el corazón». Para los vecinos mahometanos, al Sur, se considera este acto un grave delito. En Esparta, se practicaba y se honraba el robo: era una institución hierática, un complemento indispensable en la educación de todo respetable lacedemonio. De ahí, probablemente, los griegos. En Laponia, es un honor para el padre de familia que su hija sea objeto de todas las atenciones cariñosas que pueda procurarle el viajero que goza de su hospitalidad. Al igual que en Besarabia. Al norte de Persia, y en las tribus del Kabul, donde viven en tumbas muy antiguas, si, al recibir en un cómodo sepulcro una cordial y hospitalaria acogida, transcurridas veinticuatro no se ha hecho uno íntimo con toda la prole del anfitrión, guebro, parsi o wahabita, es lógico esperar que, sin más, le sea a uno arrancada la cabeza, suplicio en boga por estos parajes.


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197 págs. / 5 horas, 45 minutos / 264 visitas.

Publicado el 26 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos de Tanglewood

Nathaniel Hawthorne


Cuento infantil


Introducción: The Wayside

No hace mucho tiempo, tuve el placer de recibir una rápida visita de mi amigo Eustace Bright, al que no había vuelto a ver desde que abandoné las montañas de Berkshire, siempre tan azotadas por el viento. Aprovechando las vacaciones invernales de su universidad, Eustace había cogido unos días de descanso, pues, según me comunicó, su salud se había resentido de tantas horas de estudio. Al comprobar su excelente estado físico, llegué a la feliz conclusión de que el remedio había constituido todo un éxito. Eustace había salido de Boston hacia el norte en el tren del mediodía, no solo empujado por la amistad con que me honra, sino también, como pronto pude comprobar, por un asunto literario.


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192 págs. / 5 horas, 37 minutos / 213 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos del Difunto Iván Petróvich Belkin

Aleksandr Pushkin


Cuento


Nota del editor

SEÑORA PROSTAKOVA: Desde que era pequeño le gustaban las historias, señor mío.

SKOTININ: Mitrofán sale a mí.

El menor
 

Al iniciar las gestiones para la edición de los Cuentos de I. P. Belkin, que hoy ofrecemos al público, quisimos acompañarlos de una descripción, aunque fuera breve, de la vida del difunto autor, y con ello satisfacer, en parte, la lógica curiosidad de los amantes de las letras rusas. Con este fin nos dirigimos a María Alexéevna Trafílina, pariente cercana y heredera de Iván Petróvich Belkin; pero desgraciadamente, le resultó imposible proporcionarnos información alguna, ya que ella no llegó a conocer al fallecido. Nos sugirió que refiriésemos el asunto a un respetable caballero que había sido amigo de Iván Petróvich. Seguimos su consejo y obtuvimos la deseada contestación a nuestra carta, que ofrecemos a continuación. La publicamos sin cambio o nota alguna, como un precioso homenaje a la nobleza de pensamiento y a la amistad entrañable a la vez que como noticia biográfica de considerable valor.


Muy señor mío:

El 25 del corriente tuve el honor de recibir su amable carta fechada el 15 del mismo, en la que me manifiesta su deseo de obtener una noticia detallada sobre el nacimiento, la muerte, las actividades, las circunstancias familiares, las ocupaciones y el carácter del difunto Iván Petróvich Belkin, que fuera buen amigo y vecino mío. Con sumo agrado cumplo su deseo y le hago llegar, estimado señor, todo aquello que he podido recordar de sus conversaciones, así como algunas de mis propias observaciones.


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76 págs. / 2 horas, 14 minutos / 245 visitas.

Publicado el 13 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos Populares Japoneses

Lafcadio Hearn


Cuento infantil


La araña-duende

Cuentan los libros antiguos que en Japón había muchas arañas-duende. Algunos viejos afirman que aún las hay. Durante el día adoptan la forma de una araña normal y corriente pero, bien entrada la noche, cuando todos duermen y el mundo está en silencio, aumentan y aumentan de tamaño y se dedican a hacer cosas horribles. Se dice que las arañas-duende tienen la mágica habilidad de adoptar forma humana para engañar a la gente. He aquí una célebre historia japonesa sobre una de esas arañas.

Hace mucho tiempo, en un lugar solitario del país, había un templo encantado. Nadie podía vivir allí, pues los duendes se habían adueñado del edificio. Muchos samuráis valientes acudieron al lugar en numerosas ocasiones para dar muerte a aquellas criaturas pero, una vez que entraron en el templo, nunca más se supo de ellos.

Finalmente, uno célebre por su valor y su prudencia se presentó en el templo para hacer guardia durante la noche. A todos los que le acompañaron hasta allí les dijo:

—Si mañana por la mañana sigo con vida, haré sonar el tambor del templo.

Entonces todos se marcharon y el samurái se quedó solo, haciendo guardia a la luz de un candil.

Cuando se hizo noche cerrada, se acuclilló bajo el altar que soportaba una polvorienta imagen de Buda. No vio nada extraño ni escuchó sonido alguno hasta pasada la medianoche. Entonces apareció un duende que tenía medio cuerpo y un solo ojo y exclamó: Hitokusai! (¡Aquí huele a hombre!). Pero el samurái no se movió y el duende pasó de largo.

A continuación llegó un sacerdote y comenzó a tocar el samisen tan maravillosamente que el samurái pensó que aquella música no podía ser obra humana. Así que se puso en pie de un salto con la espada desenvainada. Cuando el sacerdote lo vio, rompió a reír y le dijo:


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30 págs. / 53 minutos / 194 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Dos Cuentos Orientales

Gérard de Nerval


Cuento


Historia del califa Hakem

(En El Cairo, las vicisitudes de una intriga galante llevan a Nerval a visitar al padre de la muchacha en la que está interesado, un jeque druso que el pacha ha mandado detener, o más bien poner en lo que hoy llamaríamos «arresto domiciliario». La curiosidad por la religión drusa le lleva a repetir las visitas).

Preámbulo

Creo por cierto que esta vez me tomó por un misionero, pero no dio de ello ningún signo exterior, y me exhortó vivamente a regresar a verlo, puesto que eso me daba tanto gusto.

No puedo darte aquí más que un resumen de las conversaciones que tuve con el jeque druso, y en las que tuvo a bien rectificar las ideas que yo me había formado de su religión según algunos fragmentos de libros árabes, traducidos al azar y comentados por los sabios de Europa. Antiguamente esas cosas eran secretas para los extranjeros, y los drusos escondían sus libros con cuidado en los lugares más retirados de sus casas y de sus templos.


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165 págs. / 4 horas, 49 minutos / 158 visitas.

Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Cuentos y Chanzas

Gérard de Nerval


Cuento


La mano encantada

I. La plaza Dauphine

Nada es tan bello como esas casas del siglo diecisiete de las que la plaza Royale ofrece una reunión tan majestuosa. Cuando sus fachadas de ladrillo, entremezcladas y enmarcadas de cordones y de esquinas de piedra, y cuando sus ventanas altas están inflamadas por los rayos espléndidos del poniente, sentimos en nosotros, viéndolas, la misma veneración que ante una corte de los parlamentos reunida con sus togas rojas forradas de armiño; y, si no fuera una pueril comparación, podría decirse que la larga mesa verde donde esos temibles magistrados están colocados en cuadro figura un poco esa banda de tilos que bordea las cuatro caras de la plaza Royale y completa su grave armonía.

Hay otra plaza en la ciudad de París que no provoca menos satisfacción por su regularidad y su ordenamiento, y que es, en triángulo, poco más o menos la que la otra es en cuadrado. Fue construida bajo el reinado de Enrique el Grande, que la llamó place Dauphine y admiraron entonces el poco tiempo que necesitaron sus construcciones para cubrir todo el baldío de la isla de la Gourdaine. La invasión de esos terrenos fue un cruel disgusto para los clérigos que venían a retozar allí ruidosamente, y para los abogados que venían a meditar sus alegatos: paseo tan verde y florido, al salir del infecto patio del Palacio.


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99 págs. / 2 horas, 54 minutos / 99 visitas.

Publicado el 2 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Halcones de Ultramar

Robert E. Howard


Cuentos


1. Vuelve un hombre


Blanco y quedo serpentea el camino,
marcado con huesos de hombres yacientes.
¡Tanta apostura y poder han caído
para enlosar la calzada hasta Oriente!
La gloria de un millar de guerras libradas,
Los corazones de un millón de amantes formaron,
El polvo de la ruta a tierras lejanas.

Vansittart
 

—¡Alto! —el barbado centinela balanceó su lanza, gruñendo como un mastín rabioso. Más le valla a uno ser prudente en la ruta que conduce a Antioquía. Las estrellas relucían rojas a través de la densa noche y su fulgor no era suficiente para que el guardia distinguiera con nitidez qué clase de hombre se erguía ante él con un porte tan gigantesco.

Un guantelete de hierro se cerró bruscamente sobre la cota de mallas del hombro del soldado, paralizando todo su brazo. Bajo aquel yelmo, el centinela vislumbró el destello de unos ojos azules y feroces que parecían arder incluso en la oscuridad.

—¡Que los santos nos asistan! —exclamó aterrado—. ¡Cormac FitzGeoffrey! ¡Atrás! ¡Vuelve al averno como un buen caballero! O te juro que…

—¡A mí no me jures! —gruñó el caballero—. ¿Qué es toda esa cháchara?

—¿No eres pues un espíritu incorpóreo? —boqueó el soldado—, ¿Acaso no te mataron los corsarios moros durante tu travesía de vuelta a casa?

—¡Por todos los dioses malditos! —gruñó FitzGeoffrey—. ¿Acaso esta mano te parece de humo? —y hundió sus dedos enguantados de hierro en el brazo del soldado, sonriendo como un lobo cuando este lanzo un quejido—, ¡Basta de estupideces! Dime quién hay en esa taberna.

—Tan solo mi señor, Sir Rupert de Vaile, señor de Rúen.

—Me vale —gruñó el otro—. Es uno de los pocos hombres que puedo contar entre mis amigos, ya sea en Oriente como en cualquier otro lugar.


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39 págs. / 1 hora, 8 minutos / 61 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

1920212223