Al Sr. Lic. Don Silvestre Moreno
—¡Buenas tardes! —dije, y detuve mi
alazán delante del portalón. Nadie contestó. Volví la vista por todos
lados y descubrí a un chicuelo casi desnudo que corría asustado hacia el
jacal vecino.
—¡Buenas tardes! —repetí.
—¡Téngalas usted, señor! —contestóme entonces el anciano desde el
interior de la casa, una casa de madera, nueva, bien dispuesta y cómoda.
—¡Apéese del caballo! ¡Y vaya si está bonito el animal! —prosiguió examinando atentamente mi caballería.
Obedecí al buen campesino, y eché pie a tierra.
—¡Tomás! —gritó con acento imperioso, revelador de un carácter enérgico y de un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido.
Acudió un mancebo.
—¡Toma ese caballo, y paséalo!
Y volviéndose a mí:
—¿Sigue usté el viaje o pasa usté la noche en esta pobre casa?
—Pernoctaré aquí.
—¡Ah! —me contestó—. Pues entonces que desensillen! ¡Pase usté!
Entré.
—¡Tome usté asiento! —díjome con rústica afabilidad—. Aquí, afuera, que hace mucho calor.
Estamos en mayo y no ha caído ni una gota de agua; los pastos están
secos, el café no florea todavía, y por todas partes se está muriendo el
ganado!
—¿Y a usted qué tal le ha ido?
—¿A mí? —repuso, arrimando un taburete de cedro, toscamente labrado—.
¡Gracias a Dios, bien! Tengo monte y agua por todas partes. ¿No oye
usté el río? ¡Aquí no falta el agua!
Y sentándose a mi lado principió a tejer una conversación tan
sencilla como interesante, acerca de sus faenas agrícolas, de sus
ganados, de su trapiche, de lo que prometían sus cafetales, si Dios
mandaba dos o tres aguaceritos sobre aquellos campos.
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