Textos más populares esta semana publicados por Edu Robsy disponibles publicados el 4 de julio de 2021 que contienen 'u' | pág. 2

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editor: Edu Robsy textos disponibles fecha: 04-07-2021 contiene: 'u'


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La Niña Enamorada

José María de Acosta


Cuento


I

En el patio sevillano, alicatado con azulejos de reflejos metálicos y de pavimento de mármol, todo era zambra y bullicio.

El piano modulaba unas alegres sevillanas, y a sus sones una linda pareja de mocitas lucía su garbo y gentileza con los elegantes y airosos movimientos del clásico baile andaluz.

Muchachas y muchachos pasaban por los corros las bandejas llenas de dulces y pastas, las bateas que sostenían las copas de oloroso jerez, de ambarina manzanilla o los vasos de fresca sangría.

Repiqueteaban las castañuelas, brotaban espontáneas las coplas sentimentales, restallaban los encendidos piropos, y por doquier corría, corría sin tasa, bajo diversas coloraciones, el zumo de las uvas.

Todo era zambra y bullicio en el patio sevillano.

Y, sin embargo, don Miguel Centeno, dueño de la casa y en honor del cual se celebraba la fiesta por ser el día de su santo onomástico, contemplaba melancólicamente el ir y venir de las bellas jóvenes, la algarabía de los chiquillos, el sereno hablar de las graves matronas.

El, tan jaranero y locuaz, con tan justa fama de tenorio, miraba, por primera vez en su vida, con ojos empañados por la tristeza, la alegría de una fiesta. Nunca le sucedió cosa parecida. Siempre fue el más alocado, el más dicharachero, el más bailarín, el más bebedor, el más enamorado, y hoy...

Nunca hasta entonces se le ocurrió reflexionar en que tocaba ya los linderos de la vejez, en que sus cincuenta años, aunque bien conservados, comenzaban a poner nieve en su corazón. ¡Qué insólita tristeza le había acometido inesperadamente! ¿Sería que la primera cana había asomado en su espíritu?


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16 págs. / 29 minutos / 67 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

El Cabeza de Familia

José María de Acosta


Cuento


Eran dos únicos hermanos, huérfanos de un capitán del Ejército que murió al servicio de su patria, regando con su sangre generosa la cálida tierra africana.

Su madre, enamorada perdidamente de su esposo, sobrevivió poco a éste, y quedaron solos los huérfanos: el mayor, Enrique, de once años; la menor, Josefina, de ocho; sin más amparo que el de una de esas bienhechoras asociaciones para huérfanos de militares, ni más familia que algunos lejanos parientes que demostraban escaso interés por los infortunados niños.

La asociación los puso internos en los colegios que sostenía, enclavados en un pueblecito cercano a la villa del o?o y del madroño y unido a ella por una línea de tranvía. Allí, entretenidos con sus estudios y recreaciones, fué deslizándose, placentera y monótona, la vida para los huérfanos, sin más acontecimientos insólitos que algunas raras visitas de su tía Juana, prima segunda de su difunta madre y representante en Madrid de la familia; una señorona de muchos perendengues, que venía siempre muy aparatosamente emperejilada con abundancia de perifollos y fililíes; una jamona "muy solemne", a quien parecía que era preciso hablar en papel sellado. Tía Juana se dignaba ir de tarde en tarde a ver a los colegiales; llegaba siempre con el entrecejo arrugado y el hocico fruncido; les echaba grandes réspices por cualquier leve desafuero que le contasen las monjas que había cometido la pequeña o por la menor travesura infantil del chico, que era despierto y estudioso, pero la piel de Barrabás; permanecía poco tiempo, como a desgana y de compromiso, con los niños, y se marchaba con tan majestuoso aire como había arribado. Era natural que los muchachos no apeteciesen mucho estas visitas de su encumbrada deuda, que de tanta prosopopeya se revestía.


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6 págs. / 10 minutos / 51 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Adega

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


Primera estancia

Caminaba rostro a la venta uno de esos peregrinos que van en romería a todos los santuarios y recorren los caminos salmodiando una historia sombría, forjada con reminiscencias de otras cien, y a propósito para conmover el alma de los montañeses, milagreros y trágicos. Aquel mendicante desgreñado y bizantino, con su esclavina adornada de conchas, y el bordón de los caminantes en la diestra, parecía resucitar la devoción penitente del tiempo antiguo, cuando toda la Cristiandad creyó ver en la celeste altura el Camino de Santiago. ¡Aquella rula poblada de riesgos y trabajos, que la sandalia del peregrino iba labrando piadosa en el polvo de la tierra!

No estaba la venta situada sobre el camino real, sino en mitad de un descampado donde sólo se erguían algunos pinos desmedrados y secos. El paraje de montaña, en toda sazón austero y silencioso, parecíalo más bajo el cielo encapotado de aquella tarde invernal. Ladraban los perros de la aldea vecina, y como eco simbólico de borrascas del mundo se oía el tumbar ciclópeo y opaco de un mar costeño muy lejano. Era nueva la venta y en medio de la sierra adusta y parda, aquel portalón color de sangre y aquellos frisos azules y amarillos de la tachada, ya borrosos por la perenne lluvia del invierno producían indefinible sensación de antipatía y de terror! La carcomida venta de antaño, incendiada una noche por cierto famoso bandido, impresionaba menos tétricamente.


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60 págs. / 1 hora, 45 minutos / 151 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

La Venda de Cupido

José María de Acosta


Novela


Prólogo

La Venda de Cupido hemos puesto por rótulo a este volumen, en que se agrupan varios trabajos de contextura homogénea, y en realidad mejor fuese titularlo La Venda de los Enamorados, pues no es el hijo de Marte y Venus el vendado, sino que lo son sus victimas, a quienes coloca sobre los ojos unas lindas tiritas de gasa de ensueño, que si no privan en absoluto de la visión, hacen que ésta se verifique al través de ella, con lo que toma diversos coloridos. Y unas veces es blanca, como la inocencia; otras, amarilla, como la esclavitud; estotras, lila, como la estupidez, y esotras, negra, como el infortunio, y hasta, a veces, toma la trágica tonalidad del color de sangre.

No, no es Cupido el vendado, y buena prueba de ello es que no dispara las flechas de su aljaba a tontas y a locas; ya sabe el muy pícaro sobre quién dirige sus dardos. Mas si acaso lo estuviese, lo estará incompletamente: sólo de un ojo, como esos jamelgos matalones que sacan en las plazas de toros, o con la venda alta o baja, como los jugadores tramposos a la gallina ciega, que se levantan levemente el pañuelo para poder distinguir algo, aunque únicamente sean las extremidades inferiores de las otras gallináceas.

Esta venda, que disimula defectos y encarece perfecciones, es tan alada y posee tal encanto, que la llevamos sin sentir y hasta nos place tenerla puesta, pues ella solamente nos da la ambrosía, que abre a los simples mortales las puertas del Empíreo, ¡Pluguiera a Cronos no arrancárnosla con los años y el áspero camino de la vida se convertiría en senda de flores, que, entre la fragancia de las rosas, aun el dolor de los traspiés se mitiga!


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124 págs. / 3 horas, 37 minutos / 82 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Infantilismos

José María de Acosta


Cuentos


Solución conciliadora

Apenas me vio entrar, mi sobrino Enriquito corrió a mi encuentro.

—¿Me traes la caja de soldados que me ofreciste?

—Se me ha olvidado, hermoso—dije, disculpándome.

—Entonces ya sabes que estamos disgustados. ¡Me has engañado!

—Pero, hombre, considera...

—Nada, nada, "tite"; desde ahora estamos disgustados.

—¡Y yo que venía a por ti para llevarte a tomar helado!

Enriquito quedó meditabundo. En su interior debían reñir un terrible combate, su resentimiento, de un lado, y el deseo de refrescar con un sorbete, a los cuales era muy aficionado, del otro.

Al fin triunfó su dignidad, herida con el incumplimiento de mi promesa, y con seriedad impropia de sus años, me dijo:

—No es posible, "tite"; estamos disgustados.

—¡Un soberbio helado de mantecado con muchos barquillos!

Nuevamente titubeó ante aquella espléndida promesa.

—Lo siento, pero no puede ser—contestó afirmándose heroicamente en su resolución.

—Podemos estar disgustados y, no obstante, venirte conmigo para que te convide a tomar helado.

—¿Cómo es eso?

—Pues siendo. Lo cortés no quita lo valiente. Puedes estar muy reñido conmigo y refrescar, sin embargo.

Guardó silencio. Pero al cabo debió temer que mi argumentación fuese una falacia, una celada tendida a su integridad de disgustado, porque manifestó:

—No; estando disgustados no puedo admitir un convite tuyo.

Ante una determinación tan firme y categórica, ya no insistí más; pero Enriquito, al cabo de unos momentos, en vista de mi silencio, propuso tímidamente, con plausible eclecticismo infantil:

—Mira, "tite", podemos hacer una cosa: yo no me disgustaré contigo hasta después que haya tomado el helado.

Un genio positivista

—Mamá, ¿adónde se encargan los niños?

—A una fábrica que hay en París, hija mía.


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3 págs. / 5 minutos / 70 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.

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