Textos más populares esta semana publicados por Edu Robsy disponibles publicados el 31 de octubre de 2021 | pág. 6

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editor: Edu Robsy textos disponibles fecha: 31-10-2021


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El Beso de Elvira

José Antonio Román


Cuento


Hacía una hermosa noche de luna en aquella elegante terraza guarnecida de torneados balaustres de pórfido y esculpidas jardineras de mármol que ostentaban exóticas flores de embriagador perfume. Por entre la columnata percibíase parte del jardín, y las magnolias, al agitarse movidas por la brisa, nos enviaban cariñosamente sus deshojados pétalos un tanto descoloridos. En lontananza sereno, difundiendo sugestiva paz, el cielo se extendía palpitante de luz.

Allí nos encontrábamos reunidos en franca charla alrededor de una frágil mesita, Elvira, nuestra espiritual anfitrión, el pintor Corot y yo tomando té

Una dulce sensación de bienestar inundaba nuestras almas, sellando los labios y haciendo que nuestras pupilas se clavasen extasiadas en lejanos paisajes envueltos en una tenue bruma de plata, que les daba cierto tinte de ensueño. De las tazas de té ascendían blancas nubecillas de humo que semivelaban las correctas y delicadas facciones de Elvira, la cual, pensativa, reclinaba su hermosa cabeza sobre el respaldo del sofá.

De repente, deslumbrándonos con su triunfadora mirada, alzando en alto su taza, la apuró de un sorbo, y al colocarla en el platillo, exclamó:

«Premio con el más exquisito de mis besos al que conmueva hondamente mis nervios imaginando la más abracadabrante fantasía.» Y al concluir estalló en una ruídosa carcajada que hizo estremecerse en su dorada jaula al mirlo que, soñoliento, se columpiaba sobre nuestras cabezas.

Entonces Corot mirándola intencionadamente contestó: Elvira, mío va á ser ese beso; porque le aseguro á usted que mi narración es muy terrorífica. ¿Sonríe usted? Pues bien, hela aquí:


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10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Tonel de Whisky

José Antonio Román


Cuento


Cuando sе bebe mucho whisky en alta mar bajo una noche implacablemente negra, y las olas turbulentas y rebramadoras zarandean el bajel, se sueña así:


Se encaminan los marineros sordamente hacia la bodega. Tienen esa extraña indecisión de los fantasmas. James, el pícaro grumete pelirojo y obeso, aparece trayendo sobre sus hombros un tonel de forma rara, diente á madera fresca y á sabroso whisky.

Y con saltos de trasgos, relampagueantes las miradas, el grupo rapaz, custodiando el tesoro, se dirige á un ricón escasamente iluminado por la vacilante luz de un farol que chirría infundiendo espanto. La campana del buque, con fúnebre solemnidad, tañe las dos la mañana.

Cruje el velamen ante el empuje del vendabal, y el cordaje, como enjambre de víboras, silba horrorosamente... Los marineros, silenciosos, con ademanes maquinales, beben del tonel.

El viejo Tom, de tez morena por el sol de Oriente, de recios músculos que sujetan mal de su agrado la indómita vela, quiere cantar con su extentórea voz, el God save the queen. Sus camaradas estrangulan sus desaforados gritos, mientras el maligno James, á hurtadillas, arranca un mechón de los canos cabellos del viejo lobo.

Lo reducen, por fin, á la obediencia. Y todos sacando sus groseras pipas de barro, repletas de negro tabaco, dejan escapar, de sus desdentadas bocas, un humo denso, amarillento y fétido, que borronea sus ojos y estúpidos rostros de borrachos.

Uno de ellos golpea el tonel que produce un sonido rápido, seco, y entonces, como asaltados por la misma idea, en coro, lanzan todos una prolongada y satánica carcajada. Piensan en la cara que pondría al día siguiente el capitán, al saber la jugarreta.


Instantes después, impelido por los puntapiés de los marinos, el pobre tonel rodaba por toda la cubierta con cierta lentitud, como si todavía contuviese algo.


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Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

La Pur Sang

José Antonio Román


Cuento


Aquella tarde de carreras estaba concurridísimo el hipódromo. Como era temprano pude instalarme en un buen sitio en la tribuna de los caballeros; desde ahí oteaba todo el terreno circunvecino y contemplaba el hervir de la muchedumbre que se agolpaba alrededor del valladar, los carruajes enfilados y los caballos, cuyos jinetes distraían las impaciencias de la espera recorriendo al trote los campos circundantes.

El cielo ostentaba un azul limpio, despejado, y en el cual rielaba, hacia el tercio de su camino, el flamante disco del sol. Ni la más tenue nubecilla empañaba por la parte del oriente la acrisolada diafanidad del horizonte.

De improviso sonó la campanada de anuncio, y, al punto, ocuparon la pista los corceles que iban á entrar en liza. El concurso se removió con inquietud; todas las miradas se clavaron ahincadamente en los colores que distinguían á los jockeys que regían á los caballos. Empezaron al instante á cruzarse cuantiosas apuestas entre los aficionados. El sport subía cada vez más

Dióse la señal de partida. Los brutos arrancaron vigorosamente levantando con sus finos cascos una copiosa polvareda, que, por largos momentos, quedó suspendida en los aires hasta resolverse en ligero polvillo que se iba prendiendo por donde quiera. Al cabo de unos cuantos minutos entre clamores de triunfo y ruidosos palmoteos, jadeantes, cubiertas de sudor las lucias ancas, llegaron los caballos á la meta. Se voceó el nombre del jockey vencedor, quien fué recibido por sus admiradores con los brazos abiertos.

Uno tras otro, de esta manera, fueron llevándose á cabo los números de carreras que rezaban los programas, sin más peripecias que las consiguientes emociones de los que perdían ó ganaban en las apuestas concertadas.


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17 págs. / 31 minutos / 39 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

...Et Cum Spiritu Tuo

Norberto Torcal


Cuento


En la pobre iglesia parroquial se respira un ambiente de misticismo que hace inclinar las frentes al suelo y pone en los labios silabeos de dulce plegaria.

Be pie, delante del altar, el anciano sacerdote ha dado comienzo al santo sacrificio de la misa, que oyen solamente el monaguillo y seis ú ocho viejecicas, arrodilladas sobre el duro suelo. Be hombres, ni uno sólo. Los azares de la guerra y el continuo ir y venir con las armas al hombro, preparados siempre á rechazar cualquiera agresión ó acometida de las fuerzas contrarias, los tiene ó todos, jóvenes y viejos, alejados del pueblo, sin dejarles tiempo para asistir á la santa misa, como en los días de tranquilidad y sosiego tienen costumbre de hacerlo antes de marchar al trabajo. El celoso párroco lamenta esta ausencia y pide á Dios que, cuanto antes, pasen los malos tiempos y pueda verse acompañado de sus buenos feligreses en el templo.

Un brillante rayo de sol, que por el alto ventanal penetra, sube lamiendo las doradas columnas del retablo, en cuyo centro, sonriente y graciosa, destaca la bella imagen de un San Juan Bautista con el blanco Cordero á su lado.

Fuera, en el frondoso y opulento nogal plantado á la entrada de la iglesia, los pajarillos pían alegremente, y sus gorgeos se confunden con la voz algo temblona del celebrante que, inclinada la cabeza, murmura el humilde Confiteor.

Las buenas viejecicas repiten con el sacerdote el mea culpa, dándose recios golpes en el pecho. En los ojos de algunas de ellas hay lágrimas de compunción sincera. Una paz solemne domina en el sagrado recinto, se cierne impalpable sobre el fondo de las calladas capillas solitarias, pone expresión de extática sonrisa en el rostro de los humildes santos de madera y penetra en el corazón de los devotos fieles.


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4 págs. / 7 minutos / 39 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Los Dos Pepes

Norberto Torcal


Cuento


El sonido vibrante y argentino de la campana, anunciando el fin del trabajo de aquel día, último de la semana, produjo en el taller de serrería mecánica un movimiento general de expansión y alegría, del que sólo podría dar alguna idea la algarabía y bullicio que á la salida de la escuela arman los chiquillos, después de las tres horas de encerrona reglamentaria.

Al eco de aquella voz metálica que en su lengua y á su manera decía á los obreros: Basta, id con Dios y descansad unas horas, todos soltaron las herramientas del trabajo, requirieron el grasiento sombrerillo ó la democrática gorra, y después de pasar por el despacho del principal para percibir la paga de la semana, fueron saliendo á la calle en grupos de dos en dos ó de tres en tres, hablando recio y accionando mucho, alegres, satisfechos y sonrientes, haciendo sonar, al andar, con dulce y sabroso retintín en el fondo de sus bolsillos, los cinco duritos recién cobrados, fruto de los sudores de aquellos seis días.

Detrás de todos, solitario, lento el paso y el aire pensativo, Pepe Fernández, que de propósito parecía haberse quedado el último por esquivar la conversación y alegría de sus compañeros, abandonó el taller, y cerca de la puerta de salida, encontróse de manos á boca con el jefe del establecimiento, el cual le dijo afectuosamente tendiéndole la mano:

—Que los tengas muy felices ya de víspera, Pepe.

—Gracias, maestro, contestó éste, apretando con fuerza la mano aquella vigorosa y peluda que el maestro le presentaba con franqueza. Y sin más palabras ni cumplidos, añadió en seguida: Hasta mañana.

—Qué, ¿te vas sin cobrar?...

—Toma, y es verdad... ¿pues no se me había metido en la cabeza que hoy era viernes?


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7 págs. / 13 minutos / 39 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

La Recompensa de un Héroe

Norberto Torcal


Cuento


Al Sr. D. Valentín Gómez.

I

Envuelta en espesa nube de polvo, con mucho cascabeleo y mucho chasquido de tralla, la vieja y despintada diligencia llegó á la plaza del pueblo entre un verdadero enjambre de chiquillos desarrapados y descalzos en su mayor parte, que desde media legua atrás venían corriendo desesperadamente por lograr la suprema felicidad de subirse á la zaga en el estribo.

—¡Ya está ahf el coche! exclamó el módico del pueblo, que en unión de cuatro ó seis personas más bajaba todas las tardes á esperar la llegada del coche correo, que les traía el pan nuestro del periódico de cada día con los últimos telegramas de la guerra de Cuba y las noticias fresquitas de la insurrección de Filipinas.

Paró la diligencia, abrióse la portezuela, y el viajero único que dentro venía descendió trabajosamente, apoyado en grueso y nudoso bastón, y sin otro equipaje que un ligero hatillo de ropa blanca. Era el tal viajero un muchacho alto y delgado en extremo, de rostro amarillento y mirada tan débil y apagada que, á primera vista, hubiérasele tomado por un anciauo abrumado con el peso de los años y las enfermedades.

De que no era, sin embargo, tan viejo como su aire enfermizo y su paso vacilante indicaban, así como de su condición de soldado que vuelve de la guerra, eran otras tantas señales y pruebas inequívocas aquel sombrero de paja de anchas alas con escarapela amarilla y roja que cubría su cabeza; aquel Irajecillo de dril claro con rayas azules que vestía, y, sobre todo, aquellos galones de cabo primero, descoloridos y medio rotos que en la bocamanga de la guerrera lucía, y aquella orucecUa plateada sujeta al pecho con estrecha cinta amarilla, que hablaba de luchas y heroísmos, de glorias desconocidas y sangre derramada por la patria allá en las oscuras soledades de cubana manigua en momentos de febril entusiasmo.


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4 págs. / 8 minutos / 39 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

La Walkyria

José Antonio Román


Cuento


Nunca pude ser amigo de Karl O’Brian, estudiante judío, de nacionalidad polaca, quе junto conmigo cursaba Filosofía en la pintoresca Heidelberg. Algo le enajenó desde el primer instante mi fraternal cariño, y ese algo fué la diferencia de religión, pues yo era ferviente católico.

Sin embargo, su sombría actitud, sus grandes y elocuentes pupilas de mirada soñadora, su pálido rostro de frías y correctas líneas y su ingénita displicencia para con todo el mundo, atrajeron vivamente mi curiosidad.

Averigüé sus orígenes. Descendía de noble estirpe irlandesa, y devorado por extraño spleen el joven conde viajaba por Europa buscando en las distracciones y en el estudio un lenitivo para su desencanto. Así transcurría su existencia sin ser comprendido por los hombres ni amado por las mujeres. Era en extremo reservado para espontanearse con alguien. No pude saber más.

Demasiado madrugador, se lo veía muy de mañana, y cuando muchos de nosotros dormíamos todavía, instalado en su mesa favorita de la cervecería del viejo Paddy, su compatriota, bebiendo con lentitud su bock y fumando su enorme pipa.

Largas horas antes de comenzar las clases se estaba allí contemplando pensativo, cómo huían las nieblas tenuemente doradas por los albores matutinos y cómo las calles se llenaban de gentes atareadas y de paseantes vagabundos. Cuando la cercana iglesia alborotaba los aires con sus broncas campanadas, que llamaban á misa de alba, Karl, disgustado, quizás rabiando interiormente del estrépito aquél encaminabase calmosamente hacia la Universidad.

Estudiaba con laborioso afán, como si buscase en la árida ciencia el olvido de alguna idea torturadora. Y al atardecer, entre los esplendorosos matices de un sol poniente, se lanzaba á las afueras de la ciudad, y encaramado sobre los derruidos paredones de las antiguas murallas se abstraía en la silenciosa contemplación del paisaje circunvecino.


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8 págs. / 15 minutos / 38 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

En el Huerto de Arimatea

José Antonio Román


Cuento


José de Arimatea había presenciado de principio á fin el horrible suplicio del buen Jesús de Nazareth. Varias veces estuvo tentado de acudir en su socorro, y con el alma transida de pena le vió espirar enclavado en el afrentoso madero. Cuando todo concluyó, echando en olvido su habitual prudencia, corrió á mezclarse en el grupo de los fieles discípulos que se desolaban al pie de la Cruz.

Allí estaban, desencajadas por el dolor, arrasadas en copiosas lágrimas, María y Magdalena, á quienes José, con esquisito tacto, prodigó sus consuelos; les ofreció asimismo su propio sepulcro para que en él depositaran el cuerpo de Jesús.

Los apóstoles aceptaron tan generosa proposición, y guiados por José condujeron los restos del Crucificado al blanco sepulcro que durante las noches de luna, iluminado por sus trémulos fulgores, parecía del más pulido mármol. Se encontraba situado en mitad del jardín, entre macizos de geranios, terebintos y rosas. José no descuidó nada, andando diligente en los últimos preparativos del sepelio. Después, concluída la fúnebre ceremonia, abandonó el huerto cogido del brazo de uno de los apóstoles, al cual procuraba distraerle del quebranto que lo poseía. Una vez que se halló á solas se dirigió meditativo á su casa.

A la sazón la tarde moría en el remoto oriente; los purpúreos arreboles manchaban de sangre las techumbres de los edificios de Jerusalem, que estaba invadida por un tenue polvillo de oro, que resaltaba extrañamente sobre el rojo matiz del cielo. Al contemplar José aquel soberbio espectáculo suspiró con honda melancolía, y arrebujándose en su manto se dispuso á cenar.

Por la noche no pudo conciliar el sueño. Congojosas pesadillas pobladas de horrendos monstruos, de espantables vampiros, le produjeron rebeldes insomnios. En vano se revolvía en su lecho, febril, asaltado por los terrores de sus quimeras, porque no le venía el apetecido descanso.


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Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Ensueño de Absintio

José Antonio Román


Cuento


En la larga mesa, colmada de botellas vacías, destellaba la luz de las arañas de gas, y lujosamente ataviadas, mundanas incitantes, con ruidosa algazara, sostenían con sus gallardas diestras talladas copas llenas de licor, mientras nosotros, estudiantes en parranda, con cínico atrevimiento, ultrajábamos la tersura de sus desnudos senos al compás de canciones báquicas y destempladas. La orgía estaba en su período álgido. Todos hacíamos locuras, todos menos uno, Ricardo, excéntrico y atrabiliario, á quien llamábamos el taciturno.

Fué durante aquella noche un mudo espectador de nuestras locas alegrías, y bebió muy poco. Y cuando el vocerío subía de punto, mezclando bizarramente voces, gritos ó interjecciones, él replegado sobre sí mismo, dejaba vagar su melancólica mirada por encima de la mesa, deteniéndola, ora en los residuos del jerez, donde tumultuosamente refulgían espesos haces de luz dorada é inquieta, ora en la deslumbrante blancura del mantel, donde se perfilaba limpiamente el brazo de un comensal vestido de frac. A los postres, estalló incontenible la risa en todas las bocas, junto con las frases de cálida galantería. La hermosa Berta, una rubia parisiense, cuyo abanico, de caprichosos paisajes, se agitaba con vivacidad cerca de su rostro de miniatura, sublevando los rizos de su frente, se inclinó con seductora indolencia sobre el hombro de Ricardo, y le murmuró al oído tiernas palabras de amor. Entonces, éste, con brusquedad, sin volver la cabeza y sin despegar los labios, contestó secamente: «¡No quiero nada; déjame en paz! »


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3 págs. / 6 minutos / 36 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Quinto Gemara

José Antonio Román


Cuento


Durante una tibia y luminosa noche de verano, varios estudiantes discutiendo ruidosamente bebíamos ginebra. Nuestra modesta brasserie, situada en pleno barrio latino, se había quedado desierta; los mozos dormitaban echados de bruces sobre las mesas. Dos ó tres veces el dueño con afables sonrisas nos había indicado cortesmente la hora: las dos de la mañana Empeño inútil, porque el gordo Max Hunter, idólatra por los maestros italianos de las modernas escuelas positivistas, comentataba con ardor las leyes psicofísicas del profesor Mario Pilo, y cada una de sus afirmaciones iba acompañada de un puñetazo que hacía tintinear las copas. El rubio y soñador Karl, poeta byroniano, era su contradictor, y su voz con inflexiones femeninas nos enviaba nebulosos párrafos de Leibnitz y Kant revueltos con bizarras teorías sobre la psiquis, de brillante originalidad

«Pues bien, queridos amigos míos, de hoy en adelante ese al parecer insoluble problema de la unión del alma con el cuerpo, queda en vía de próxima solución,» concluyó enérgicamente Max.

Y cuando con nervioso ademán se incorporaba Karl en su silla, levantando la mano en señal de protesta, un ruido violento nos hizo volver los rostros hacia la puerta de entrada, en cuyo dintel, densamente pálido, temblororoso, procurando mantenerse de pie, percibimos á Franz Stopen, el más bullicioso de nuestros camaradas. Correctamente embozado parecía ocultar algo bajo su capa. Después avanzó en dirección á nuestra mesa y desplomándose sobre un asiento, nos contempló unos segundos tristemente meditativo.

Nunca recordábamos haberle visto en semejante estado de abatimiento. Le rodeamos cariñosos y compasivos y uno del grupo le interrogó: «¿Franz, qué tienes? ¿Estás enfermo, acaso? ¡Oye, habla por favor!»


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8 págs. / 14 minutos / 33 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

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