Aquel ilustre poeta que, con sus hermosos versos de sabor romántico,
conmovió hasta el llanto a las mujeres de las tres Américas, escribió
cierta noche, de un tirón, un poema que reputó y reputa como el mejor
que salir pudiera de su estro.
Lo escribió en la amable soledad de su despacho privado, cómodamente
sentado a su escritorio de época y estilo Primer Imperio; y, como cuando
inició la faena andaría el sol justamente en el nadir, cuando lo
concluyó, hacia la madrugada, estaba el hombre literalmente molido, y no
pensó en otra cosa que en retirarse a su alcoba, a reponer con un sueño
reparador el dispendioso gasto de fósforo, que lo había dejado
exhausto.
Las cuartillas en que estaba escrito el poema que su autor juzgaba
por maravilloso, quedaron desparramadas sobre el escritorio, y el viento
que se filtraba por los visillos se dió en el juego de distribuirlas
asimétricamente por el suelo.
Cuando el criado que cada mañana cuidaba de hacer el arreglo del
despacho violas así, túvolas por inservibles papeles de desecho y las
arrojó al cesto de basura. Por desgracia, ese día pasó muy temprano,
antes de que el bardo dejara el lecho, el camión recolector de basuras, y
a éste fueron, —confundidas con los humildes desperdicios de la cocina
del poeta, que más se parecía, esta es la verdad, a la de Petronio que a
la de Virgilio,— las cuartillas en que se contenía aquel poema —“El
singular coloquio de las altas cimas andinas”—, destinado, según su
autor, a asombrar a los futuros siglos por la entereza de su factura y
el vivo ardor de genio que lo animaba.
El dolor del celebérrimo lirida por la pérdida de lo que calificaba
de su obra maestra, no tuvo límites. Ni el de sus amigos y admiradores.
Cada vez que podía, y podía siempre, hablaba en marcha fúnebre del desgraciado acaecido.
—¿Por qué no trata de rehacerlo? —apuntaba alguien—.
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