Un pobre labrador tenía un asno que le había servido lealmente
durante muchos años, pero cuyas fuerzas se habían debilitado de manera
que ya no servía para el trabajo. El amo pensó en desollarle para
aprovechar la piel, pero el asno, comprendiendo que el viento soplaba de
mala parte, se escapó y tomó el camino de Brema.
—Allí, dijo, podré hacerme músico de la municipalidad.
Después de haber andado por algún tiempo, encontró en el camino un
perro de caza, que ladraba como un animal cansado de una larga carrera.
—¿Por qué ladras así, camarada? —le dijo.
—¡Ah! —contestó el perro; porque soy viejo, voy perdiendo fuerzas de
día en día, y no puedo ir a cazar, mi amo ha querido matarme; yo he
tomado las de Villadiego; pero ¿cómo me arreglaré para buscarme la vida?
—No tengas cuidado, repuso el asno; yo voy a Brema para hacerme
músico de la ciudad; ven conmigo y procura te reciban también en la
banda. Yo tocaré la trompa, y tú tocarás los timbales.
El perro aceptó y continuaron juntos su camino. Un poco más adelante
encontraron un gato echado en el camino con una cara bien triste, porque
hacía tres días que estaba lloviendo.
—¿Qué tienes, viejo bigotudo? —le dijo el asno.
—Cuando está en peligro la cabeza, no tiene uno muy buen humor,
respondió el gato; porque mi edad es algo avanzada, mis dientes están un
poco gastados, y me gusta más dormir junto al hogar que correr tras los
ratones, mi amo ha querido matarme, me he salvado con tiempo; pero ¿qué
he de hacer ahora?, ¿adónde he de ir?
—Ven con nosotros a Brema, tú entiendes muy bien la música nocturna, y te harás como nosotros músico de la municipalidad.
Agradó al gato el consejo y partió con ellos. Nuestros viajeros
pasaron bien pronto por delante de un corral encima de cuya puerta había
un gallo que cantaba con todas sus fuerzas.
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