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Elegía a un Amor Beodo

Benjamín Jarnés


Cuento


Blanca finge dormir; quiere estar sola. Deja caer el libro —La perfecta casada—; cierra lánguidamente los ojos, adopta una púdica actitud, conforme al capítulo del devocionario en que se recomienda la postura en que debe quedar dormida una doncella.

Blanca ya sabe fingir; lo aprendió el mismo día que empezó a querer. Ya tiene una intimidad que defender. Un terreno acotado para ella sola, donde cultivar el «vergel cerrado» de que tantas veces le habló el padre Valdivia. «Vergel cerrado»... Es decir, una cabaña hecha de troncos pulidos donde se enroscan madreselvas, con su techo de cañas verdes. O un cenador de cristal, por si llueve, por si algún ataque de reuma pisa los talones al amor. O un torreón cerca de las estrellas, desde donde el mundo parezca diminuto, de juguete. O una cabina de avión, donde el mundo se convierta en mapa... Cualquier recinto, pero siempre hermético, donde sólo pueda entrar él, donde ella se ensaye en saltos ágiles para brincar al encuentro del amor. Ágil su espíritu, con un solo pensamiento; ágiles sus miembros, libres de todo contacto que no sea la fiebre de él.

Porque en esto va conociendo Blanca su enamoramiento, en el paralelo amor que va también sintiendo hacia su carne ya en sazón. De pronto, este pobre cuerpo que ella utilizaba como un siervo dócil al inflexible látigo del espíritu se le declara en dulce rebeldía. Ya el siervo es el espíritu que no podrá resistirse a las coqueterías de un nervio. Blanca afina su instrumental de seducción... Todo, al fin, con el mejor propósito: salvar el alma de Saulo.


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 5 visitas.

Publicado el 4 de octubre de 2026 por Edu Robsy.

Tántalo

Benjamín Jarnés


Cuento


Nunca intentéis desviar del regazo de Dánae la lluvia de oro, ni arrancar el buitre a Prometeo o el pico del cisne a Leda. Dejad a Vulcano en su fragua y a Neptuno entre sus ramas de coral. No, no pretendáis que Níobe deje de enroscarse a su tortura y Venus ahuyente las espumas que cosquillean sus pies. No queráis rectificar una eterna metáfora ni hallar para goce o martirios divinos un epílogo humano, de frívolo ensueño humano. Dejad que Mercurio remueva las alas de sus pies y Júpiter siga embozándose en la nube celestina. Si Hebe continúa rompiendo vajillas del Olimpo, no intentéis cambiar sus jarros de espuma cuajada por otros de bronce... Incurriríais en el enojo celeste. Y en el desdén de los poetas.

I

Era difícil escapar ileso de tan laberínticos matorrales. Ya mi sombrero había sufrido tres apabullos, mi pantalón un siete, mi mano izquierda un rasguño; había tropezado aparatosamente con arbustos inclasificables, con pedruscos recubiertos de hiedra; los alambres de una constelación que rodaba por el césped se me habían enroscado a un pie, y ahora me acariciaban el rostro dos largas colas de tigre y una trompa de elefante. Cuando quise huir de aquella fauna revuelta y desinflada, di de bruces con una gigantesca serpiente atada a un tronco. Alguien, a pocos pasos, me sonreía. ¿Qué haría allí aquel hombre? Aturdido, le pregunté, ingenuamente:

—¿Es boa?

—Sí, es boa. Magnífico ejemplar.

Me di en seguida cuenta de su tono burlón, y transporté el mismo tono a mi pregunta:

—¿Qué Tartarín la cazó?

—Está bien construida. Ahora luce poco, ahí inmóvil, pero dentro de unas horas la podrá usted ver subirse hasta la copa de ese roble y asomar en lo más alto, allá arriba, la cabeza, como si quisiera engullirse toda la primera fila de butacas. Lanzarote no puede verla sin hacer devotamente la señal de la cruz.


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Dominio público
19 págs. / 34 minutos / 6 visitas.

Publicado el 4 de octubre de 2026 por Edu Robsy.

Dánae

Benjamín Jarnés


Cuento


¿Cómo llegar a la vida plenaria sin la mujer, sin la labradora del sentimiento? ¿En qué alma de hombre nacerán espigas? ¿Cómo habrá en nuestro espíritu irisaciones si no lo ha pulido el paso lento y complejo del «eterno femenino»?

José Ortega y Gasset


Un salvaje, un bosquimano, fue quien lanzó la imagen:

—¡Sol, balón de fuego, arrojado al aire por los niños!

Era en aquellos tiempos, libres de cronología, en que cualquier tarde deportiva era capaz de producir un dios. Brotaba siempre del pintado cascarón de una metáfora. Hoy, miles de años después, aún puede Julio resucitar estas encantadoras mitologías: vive en esa edad sin historia en la que todo el mundo se le detiene en la piel. Aún no conoce las torturas o el deleite de su mundo interior. Vive hacia fuera.

Sobre un ancho teclado de losas bruñidas, incrustadas entre raquíticas cenefas verdes, tañen los pies de Julio una vibrante sinfonía. Brincan desnudos por el ardiente camino que va desde su casa al colegio. Las piedras se cuecen en el horno de un dios. Y como del brinco a la danza sólo hay un poco de ritmo, Julio reproduce sobre las losas la primitiva danza del fuego. Tiene el niño diez años, y tampoco sabe que la danza es un vuelo fracasado.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 8 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Edu Robsy.

Vida de San Alejo

Benjamín Jarnés


Cuento, novela corta


La cuna

Dioses y santos suelen hacerse esperar mucho. La jerarquía —en la tierra y en el cielo— se mide por el número de antesalas.

«¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?», preguntaban los judíos al Bautista. Porque al judío —excepto en la Banca— le gustó siempre invertir su tiempo en funciones pasivas. Y esta dócil postura del espíritu fue legada al cristiano, que ascendió la esperanza a la categoría suma de virtud teologal.

A cuya exaltación dedica anchos capítulos La leyenda dorada. Para fomentar esta virtud se cultivan las patentes de doncellez o esterilidad de las madres predestinadas; porque el santo o el dios lo son desde toda la eternidad, y su primer empeño es procurarse una cuna original.

Aglae, mujer de Eufemiano, es infecunda. Eufemiano, senador ilustre de Roma, columna de la nueva fe imperial, confidente de Teodosio, sueña con una prolongación de su nombre, de sus títulos, de su oro. Espera un hijo. Lo espera como los hebreos esperaban agua de un risco, codornices de un arenal. Ignora que Dios no obra milagros para afirmar la prole de un burgués, que no se crea un alma fuera de turno, para infundirla en el cuerpo de un futuro senador vitalicio.


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Dominio público
31 págs. / 54 minutos / 12 visitas.

Publicado el 10 de septiembre de 2026 por Edu Robsy.

Paula y Paulita

Benjamín Jarnés


Novela corta, cuento


La mañana

Estudio en Aguas Vivas cierto período de transición en las evoluciones del paisaje. Hay aquí un sugerente tipo medio entre el patrón natural y el artístico que me recuerda al cuadro histórico, tipo de creación intermedia entre la historia y la pintura. Y culpo de delitos de precipitación al arquitecto del balneario. En unas pocas hectáreas de terreno fue amontonando los relieves pintorescos de muchas leguas a la redonda. Este denso panorama se formó a expensas de muchas otras perspectivas, vacías hoy de sentido decorativo. A buen precio lo habrá pagado todo la administración; porque, maravilla a maravilla, todas las del contorno fueron pasando por el libro de Caja. La colección es ya abrumadora. Aprovecharé la importación de ciertos elementos líricos ultramarinos —un aire porteño capaz de arrobar a Paula— para abrir una brecha en mi charla con esta nueva compañera de comedor. Prefiero seguir paso a paso el curso del lucrativo negocio de las Termas, mientras ella sigue el compás voluptuoso del tango.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 17 visitas.

Publicado el 6 de septiembre de 2026 por Edu Robsy.

Circe

Benjamín Jarnés


Cuento


A Giménez Caballero

I

—No se comienza de veras a despreciar la humanidad mientras no se ven juntoscomo ahora, tantos hombres desnudos.

Julio, incrustado en la lenta hilera de reclutas que desfilaba ante el médico, avanzó un paso. Y rectificó:

—En cambio, no se comienza de veras a amar la humanidad mientras no se logra ver desnuda, en soledad, una linda mujer.

Su total desnudez le estimulaba a bosquejar conceptos claros, enjutos, de primitivismo ingenuo. Aquella mañana, en que iba a nacer a una vida nueva, sentía, como nunca, el deber de ser sincero. Tenía sed de luz, como cualquier feto maduro o cualquier anciano agonizante.

Se detuvo la hilera, aplazándose el solemne y rudo tránsito. Un recluta pretendía extender ante el facultativo cierto laberíntico mapa de dolencias invisibles, pero, incapaz de inventar para su interna topografía un sutil idioma técnico, se retorcía angustiosamente en la áspera red de un insuficiente dialecto provincial, como ese pensador, dueño ignorado de una maravillosa arquitectura filosófica, que, no hallando la justa, la brillante fórmula reveladora, cruza el mundo cejijunto, perennemente nostálgico, de la cumbre, sin más refugio que su huraño cuchitril de genio incomprendido. Porque lo difícil no es inventar un sistema o padecer una solapada enfermedad, sino hallar su expresión exacta.

El tiempo reservado a cada examen era muy breve, y el mozo precipitaba su doliente reseña, sin lograr ser atendido. Se oía la voz tímida del feto y la voz grave del doctor. Un recluta se resistía a nacer. Y el médico preparaba el fórceps, después de agotar muy delicadas manipulaciones...

Por fin, el mozo brotó de manos del doctor, hecho ya infante. Ante la vida nueva, gimoteaba cómicamente, en vez de agradecer a los dioses tan evidente cédula de ilesa humanidad.


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Dominio público
31 págs. / 54 minutos / 28 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Andrómeda

Benjamín Jarnés


Cuento


A Antonio Espina

I

Una hora tardó Julio en aplicar a las enmarañadas vibraciones, de que estaba elaborado el silencio de la noche, su sencillo método de clasificación. Las dividió, primero, en dos grandes grupos: agradables y desagradables, como las comedias de Bernard Shaw. Después, hizo de ellas tres porciones, por razón de su origen: terrestres, acuáticas y aéreas —ya que nunca logró percibir la música estelar—. Luego, hizo pasar aquel silencio, bien desmenuzado, por una tirana criba. Era urgente depurar la noche, tan turbia, corregir aquella indisciplina de masas vibratorias, romper aquella espesa malla de resonancias. El ruido y el sonido dialogaban en lamentable camaradería. Era inexplicable que la noche pudiese ejecutar entonces su himno ritual al Creador. Quizá se divertía en templar los instrumentos, se solazaba en algún intermedio del Te Deum universal.

Julio comenzó a eliminar ecos falsos. Tres hileras de cañas, clavadas a lo largo de una acequia, producían, al rozarse, un voluptuoso cuchicheo de amantes verlainianos. Dos ramas secas repetían, al chocar, un crujido de huesos, ya ensayado en el capítulo XXXVII de Ezequiel. La acequia desarrollaba su tema tradicional, dejándose punzar por las saetillas verdes de las ramas, hasta sumirse en una larga alberca, donde al otoño comenzaría su curso anual de equilibrismo nocturno una fila de grullas.

Cribados los ruidos aprendidos en la literatura, quedaban otros, originales, de más difícil clasificación. Un cuarteto de mastines se había lanzado a ganar, frenéticamente, el primer premio en un concurso de ladridos.


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Dominio público
24 págs. / 43 minutos / 13 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Gente de Provincias

Pablo Palacio


Cuento


Santiago Maya

Aquel pobre señor de provincia, Santiago Maya, andaba siempre en chancleta y fumaba largos y renegridos puros… Pobre de dinero, no: cinco mil barras, como dicen, hacen en los pueblos una fortuna bastante respetable. Da para echar vientre; ponerse la gorra o el sombrero de paja a media testa; hundir las manos en los bolsillos, sonando las llaves y alguna que otra moneda; arrastrar grave y concienzudamente las zapatillas, y hablar de política y mujeres.

Santiago Maya tuviera más, mucho más, si no habría sido por la maldita hernia, que le obligaba a tener prendido a la carne, como un apéndice, el insoportable braguero.

Cuando mozo fuera ayudante de su padre en un molino, que a la cabecera del pueblo metía la bulla del siglo: las grandes piedras remordiéndose ruidosamente para triturar el grano; los remiendos de las bandas azotando como foetes los volantes durante las vueltas interminables. Santiago llevaba de uno a otro lado los ventrudos costales de trigo y los hondos cajones de harina. Se hizo fuerte como un toro. Una mañana, en unión de algunos jornaleros, vacilaba ante una pesada carga:

—A que no alzan ustedes este saco.

—Ni usted lo alza, patrón.

Lo que menos le gustaba era las charlas. Al grano, al grano, y en verdad que al grano había que ir. Y que «lo alzo», que «no lo alza»… Santiago levantó el saco poniéndose muy rojo; luego emplasteció un poquillo, y no hubo más.

A los pocos días, durante el baño, reparó en una pequeña bolita junto al bajo vientre, que después fue hinchándose poco a poco. Las amigos le dieron bromas, pero él se puso serio y un sí es no es asustado. Decaían sus fuerzas, y en esa ocasión, lleno de vergüenza, casi no pudo atravesar el río a nado.


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

El Rey y la Marea

Eduardo Robsy


Cuento, cuento infantil


Hace mucho, mucho tiempo había un rey llamado Sahar, cuyo reino era una hermosa isla en el centro de un mar tranquilo y benévolo.

Los padres de Sahar murieron cuando él era muy niño, y él quedó a cargo de unos preceptores extranjeros.

Con la ciencia y la sabiduría que aprendió de aquellos hombres hizo de su isla un próspero reino, en el que a nadie faltaba de nada, y todos eran felices estando bajo las órdenes de su joven rey.

En realidad, no todos eran felices en aquel reino: el propio monarca era infeliz aunque había procurado la felicidad a todo su pueblo.

El motivo de la infelicidad de Sahar era que su reino era pequeño, y el mar lo invadía con sus mareas cada día, haciéndolo más pequeño.

Preocupado por este asunto no hacía más que buscarle una solución, pero ¿cómo? —se preguntaba— ¿cómo se puede parar el mar? Y no dormía ni comía, no hacía más que dar largos paseos por la playa y arrojar piedras contra las olas, pensando una y otra vez en cómo detener las aguas.

Lo intentó todo: construyó diques, pero no soportaron el empuje del mar; rellenó las bahías con piedras, y nada consiguió: el mar seguía trepando hacia la costa.

Tal era su preocupación y su desvelo, que fue abandonando poco a poco los asuntos reales, encargando la administración de su reino a su principal visir.

Éste, hombre anciano y bondadoso, puso su mejor intención para sacar adelante los asuntos públicos, pero pronto descubrió que no podía, que sólo el rey Sahar era lo suficientemente sabio e inteligente para mantener la felicidad del reino.

Lo intentó todo para que el joven rey saliera de su silencio, pero Sahar, taciturno, no hacía más que pasear por la costa y murmurar palabras de rencor contra su peor enemigo, el mar.


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Creative Commons
3 págs. / 5 minutos / 59 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2026 por Edu Robsy.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 25 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

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