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editor: Edu Robsy etiqueta: Cuento fecha: 28-12-2021


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La Familia Literaria

Silverio Lanza


Cuento


Todas las familias tienen que sufrir las murmuraciones de un extraño, y en esta ocasión soy el extraño dispuesto á murmurar de la familia literaria.

Y tengo el honor de presentarla.

El Sr. Escritor, cabeza. Su esposa doña Casa Editorial. El Libro, hijo. Doña Critica, suegra de ambos cónyuges, y D. Público, primo de toda la familia.

Doña Crítica es vieja ó fea, y de todos modos no halla encantos en la vida. No se entusiasma. Está acostumbrada á imponer su opinión y no medita sus opiniones.

Olvida que fué joven ó hermosa; se ve cerca del sepulcro y cree que toda la humanidad debe estar en la agonía. Usa del ingenio para llamar la atención y de la sátira para hacerse respetar. Cuando es ofendida saca un crucifijo como Torquemada ó se cubre con la toga como César.

Es buena porque ella ha aumentado la dote de la esposa y ha corregido los errores del esposo, creando en ambos cónyuges un noble estimulo. Encuentra defectos en su nieto, aunque no los tenga, pero si alguien le insulta le defiende hasta salvarle.

Prefiere lo extranjero á lo nacional, porque así espera que la llamen instruida y de gustos delicados.

Tiene todas las condiciones de la mujer, y sólo es constante en mudar. Grita como un niño y sufre como un mártir. Huye quejándose como un faldero ó acomete como una fiera. A las veces es del último que la pide amparo, y en otras ocasiones defiende injustamente á sus amantes. Si os alaba no se lo agradezcáis en público, porque gusta más de parecer fuerte que de parecer buena. Si os insulta, no la contestéis públicamente, porque os llenará de improperios.

En épocas normales es una suegra insufrible, pero si peligra la familia usa de todas las excelencias del valor y del talento, y lucha sin desmayos hasta conseguir la victoria. Es bueno quererla mucho y tenerla lejos.


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Olga Catalina

José de la Cuadra


Cuento


Al compañero Carlos Falconi Villagómez.

I

Detrás estaba la selva, apenas hollada, virgen quizá en largas extensiones, vivero de alimañas; y desde la cual, en las tardes soplaban vaharadas de salvajes aromas y golpes de ruidos misteriosos.

Caballero en Bubi —un talamoco enano— en varias ocasiones me había aproximado a los linderos de la selva, sin atreverme a penetrarla, cohibido ante su vieja doncellez.

—Hay una trocha, blanco, que dentra hasta un punto que llaman der Pajonal.

Esto me decía Crisanto, el peón negro, que fuera capataz de la hacienda hasta mi llegada como administrador; y añadía:

—Un compadre mío de allá, me contó de que hay gente... Un gringo no sé cuanto que vino el año pasao...

La trocha era practicable, y en uno de mis frecuentes ocios, casi sin intención seguí por ella.

...Era una mañana clara. Terciada la carabina a la bandolera, jinete en mi Bubi leal, no me arredraba la soledad. Mis lecturas de bachiller huracanaban recuerdos en mi memoria, y suspiraba por el advenimiento de una aventura —al clásico estilo del género— con su inevitable cohorte de fieras y de hombres peor que fieras.

Siguiendo los vuelos de mi imaginación —que era una loca libélula—, apenas prestaba atención a la despampanante belleza de la Naturaleza, desnuda allí, al descubierto la magnificencia de sus encantos; ni a las horas tampoco.

Las repentinas paradas de Bubi y sus relinchos, me volvieron a la realidad... Bubi era mi reloj. Miró al cielo, y el sol ardía ya en el cénit; al propio tiempo que un agradable cosquilleo en el estómago, delataba un próximo apetito, (Ah, mis formidables apetitos de entonces, lejanos ya, imposibles de tornara ser!)


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Hemodinámica

Silverio Lanza


Cuento


Un hermoso día del mes de Febrero; las diez de la mañana. En la naturaleza que rodea á la capital hay orgías de los órganos emborrachándose de luz y de calor.

Madrid no forma parte de la naturaleza; es á la vida lo que el tísico al atleta. Madrid trabaja quejándose. Las córneas denuncian un estado patológico del hígado. La vaguedad de la mirada y la indolencia de la marcha denuncian un estado patológico del estómago. Gabanes y capas para resguardarse del sol que abrasa; los madrileños tienen frío: un estado patológico de la circulación. Ya encuentro la definición: Madrid es un órgano enfermo de mi patria.

Por la puerta del ministerio de la Gobernación van entrando los empleados y los pretendientes. En la acera se pasean algunos individuos de la ronda secreta. Veo un hombre ciego y viejo sentado en una silla de tijera y tocando la flauta. Me parece que se esmera, procura afinar y siente aquel ritmo que nadie escucha. Anoto en mi cuaderno lo siguiente: "Recorred la Historia y veréis que la prosperidad del arte denuncia la grandeza de los pueblos. Después de malgastar su actividad tantas generaciones empleándola en convencionalismos estúpidos, llega la decadencia y el arte sirve solamente para suplicar con lágrimas en los ojos una moneda con que defender la vida.»

Más allá otro viejo que vende bustos, aunque nadie los compre, porque estas futesas sirven entre personas cultas para recordar el cariño ó satisfacer un placer de estética; la canalla que nos rodea ha resuelto manifestar sus afectos de este modo: el odio con la calumnia y la amistad con la adulación.

En la esquina un puesto de corbatas: el símbolo del siglo XIX, el sabio jactancioso que ha pasado cien años matando los hombres por el cuello como se matan las bestias que sirven para alimentarnos.

¿Dónde voy? Donde haya mucho sol y mucha alegría. Desde luego, extramuros de Madrid.


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

El Cuento de la Dinamita

Silverio Lanza


Cuento


—¡Un cuento, un cuento! ¡Que cuente un cuento!

—Voy á complaceros. Os contaré el cuento de la dinamita.

—Venga, venga.

—Pues, señor... Había un pueblo muy rico porque tenía muchas fábricas y se cuidaba el campo, y no había mohina porque había harina.

Y cátate que llega una familia de gitanos al pueblo y empiezan á decir la buenaventura y á curar con unas recetas muy extrañas y á echar maldiciones que se cumplían, y muchas cosas más.

Y los vecinos del pueblo empezaron á gastarse su dinero con los gitanos, y se cerraron las fábricas y se abandonó el campo, y los jornaleros tuvieron hambre.

—Como aquí.

—Si interrumpís no sigo.

—Silencio.

—Y los que pudieron se marcharon á otros pueblos, y se marchó el tio Colorao, y anduvo tierras y tierras, y en un lado se dejó la vergüenza y cogió la osadía, y en otro lado se dejó la razón y guardó un poco de mal instinto, y después de andar mucho se volvió otra vez al pueblo.

Y cuando volvió estaba todo peor que cuando se había ido. Nadie le daba trabajo ni él quería trabajar y explotaba á los pobres.

—Poco sería.

—Que te calles.

—Déjale, que voy á explicárselo. ¿Has visto la encina grande de Campo Redondo?

—Sí, señor.

—¿Tiene mucho fruto?

—Ya no lo da.

—Pero tendrá hojas.

—Muchas.

—¿Y cuando no las tenga?

—Pues, pa leña.

—¿Y cuando se queme la leña?

—Pues, ná.

—¿Y la ceniza?

—Es cierto.

—Todo sirve para algo. Y continúo.

Y como nadie se cuidaba de los pobres estos se hicieron a...

—¿Anarquistas?

—No, hijo; otra cosa muy distinta, aunque también empiece con a: se hicieron asesinos. Y mataron y robaron, porque Colorao los animaba. Y se acostumbraron al crimen, y fueron criminales por serlo.


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Muchas Gracias

Silverio Lanza


Cuento


Respetemos la queja cuando el dolores grande.

Es preciso sacar utilidad hasta de lo malo.


«Amigo Silverio: Aprovechando tus cariñosas ofertas voy á enviaros á mi hijo Luis, á Lola, mi cuñada, y á mi suegra.

Haz el favor de decirme de qué medio me valgo para enviarlos.

Aguarda tu contestación, y te abraza tu afectísimo, Cándido Remitente.»


«Mi buen amigo: Tu carta nos alegró mucho, y os esperamos con impaciencia.

A mi juicio debes enviar á Luisillo certificado, lo cual te costará tres reales, además del franqueo, con arreglo al peso; y no olvides que, mediante diez céntimos, tienes derecho á que te den aviso de recibo. Lola puede venir en una tarjeta postal, y á tu suegra me la envías como carta ordinaria.

Ya sabes que te quiere y adivina tus deseos tu afectísimo amigo, Silverio Lanza.»


Una mañana me trajo el cartero á Lola unida á una tarjeta postal. La muchacha llegó en un estado lastimoso.

—¡Qué vergüenza he pasado! Todos, al verme, decían: «Por este lado va solamente la dirección,» y enseguida miraban el otro.

—En fin, has venido, y esto era lo importante.

Dos días después llegó Luis con cuarenta y ocho horas de retraso, firmé que lo había recibido sin fractura, y el muchacho nos consoló del cansancio de Lola y de la pérdida de la suegra, porque esta señora no fué habida en ninguna administración, á pesar de mis investigaciones y de las molestias que se tomó mi amigo D. Vicente, el escritor correctísimo.


«Amigo Silverio: Si te parece que reclame para quedar bien, haré lo que gustes. Tuyo, Cándido.»


«Amigo Cándido: No reclames, porque suelen pagar justos por pecadores. Y, finalmente, las gentes de nuestros alcances no certifican las cartas cuando quieren que se pierdan, y si se pierden debemos quedar agradecidos. Tuyo, Silverio.»


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Delegado Regio

Silverio Lanza


Cuento


¡Oh vanidad! Contigo me bastarla para dominar el mundo. Por tí vamos sin vacilar al más grosero error y á la más heroica virtud.


Suenan las doce en el reloj vecino, y don Manuel cierra el libro que estaba leyendo.

Grandezas por todas partes... Yo soy el único desgraciado... No encuentro nada que escribir en mi tarjeta... Manuel Fernández: ¡siempre Manuel Fernández!...

He estudiado mucho y no soy académico... Manuel Fernández, de la academia de Tal... ¡Locura! Cuando estábamos en la oposición me sonreían mis amigos políticos porque socorría en secreto sus necesidades, y ahora... Ayer, después de muchos meses de acecho, logré ver al Presidente. Entré en su despacho y le saludé con el respeto que merece un hombre de talento que ha logrado tan alta posición, y me dijo: «Adiós, Fernández; siéntese usted por ahí...» Allí estaban los íntimos como mujeres del harén, enseñándose sus joyas, alegres, juguetones, imaginando desplantes y chistes, y aguardando á que su señor pidiese el abrigo, sacase el pañuelo é indicase quién era el agraciado aquella noche... Me fui enseguida, porque allí era la adulación el único homenaje, y yo llevaba en mi honrado espíritu una ofrenda más estimable que el Presidente no me pedía ni me hubiera agradecido.

Todos... todos... Pepe ha sido nombrado guardia municipal, y es el terror de las verduleras. Paco es juez, y será el terror de los litigantes. Ramírez, diputado á Cortes, y López corresponsal en Pozuelo del órgano del partido... Manuel Fernández, diputado... corresponsal... ¡Locura!

De nada me sirve ser rico... de nada me sirve... Creo que tocan á fuego. Contaré las campanadas... Ahora: tan, una; tan, dos... cuatro... siete, ocho. En la Inclusa. Atención: tin, una, dos... seis... ocho, nueve, diez. En el Rastro.

Un incendio es una emoción.


Aquel es D. Carlos, el distinguido escritor de noticias.


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

En Voz Baja

Silverio Lanza


Cuento


—¿Te acuerdas de Concha?

–¿Cuál?

—No hay más que una.

—Permíteme; hay muchas que nacen en la mar y muchas que viven en el arroyo de la calle.

—Para nosotros sólo hay una.

—Como no sea la de Burdeos.

—Esa.

—¿La has visto?

—Esta mañana.

—¿Cómo está?

—Muy vieja.

—Como nosotros.

—Más aún.

—¡Presumido!

—No lo creas. De aquella hermosa instantánea española que en Burdeos nos explotaba y nos divertía queda solamente una anciana muy seria.

—¡Diantre!

—La conocí enseguida, porque es imposible que la olvidemos. Llevaba un vestido hecho con el buen gusto de la sencillez, y la acompañaba un joven de veintitantos años.

—Continúa con su afición.

—Escucha.

—Bueno.

—La seguí, la alcancé, la miré con insistencia, volví á quedarme detrás de ella, y repetí varias veces esta maniobra. Noté que se turbaba, y cuando llegamos á la Presidencia se acercó á la pared. La pobre Concha estaba lívida, y me acerqué á ella. Entonces dijo al mozo:,

—Un coche, uno de aquellos, que se acerque.

El joven dudaba, y le animó diciéndole:

—Vaya usted sin temor; yo no me separo de esta señora.

Y cuando estuvimos solos me sujetó el brazo con sus manos crispadas y llorando, dramática, sublime...

—¡Chico!

—Escucha... y llorando me dijo así: «Señor general: he sido una miserable para que este hijo mío fuese hoy un ingeniero ilustre y honrase á su madre. Señor general: no destruya usted en un momento una felicidad que tanto me ha costado.»


—Sigue, sigue.

—Y nada más. Vino el joven con el coche, montaron, y yo conmovido, saludé respetuosamente á la llorosa anciana.

—¿Tú? ¿Tú saludaste en un sitio tan público á una mujer de esa especie?

—¿Y qué?

—¿Fuiste capaz...


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Lo Que Hace el Diablo

Silverio Lanza


Cuento


Salía yo de una casa de la calle del Prado, donde había pasado la velada viendo cuadros disolventes, y salí, como es mi costumbre, renegando de la perversidad humana que aficiona á los hombres y a las mujeres á permanecer juntitos y á oscuras.

Y marchaba renegando del sensualismo ajeno y del frío de aquella noche, cuando observé que por la acera opuesta bajaba una real moza. Me paré en la esquina de la calle del Baño y me puse á contemplar aquellos andares. Al llegar enfrente de mi


La donna tutta á me si torse,


pero siguió andando.

Se me fueron los ojos detrás de aquel prodigio de gentileza, y por igual camino se me fueron los pies.

Paróse mi perseguida en la entrada de la calle de Cervantes, y yo pasé delante de la buena moza. El sitio era oscuro, y mi vista es corta; conque sólo pude asegurarme de que la flamenca llevaba la cara oculta por la toquilla y un paquete escondido debajo del mantón.

Anduve como seis pasos, y me paré, suponiendo que mi conquistada me seguiría, pero no la ví.

Esa huye —me dije—, me ha dado mico, y se marcha por la calle del León; pero en esta calle tampoco hallé á la taimada.

Y estaba tragándome aquel camelo cuando me ocurrió la idea de que la barbiana hubiera subido á la casa de préstamos, é inmediatamente subí, abrí la mampara, y allí estaba arrimada al mostrador.

Pregunté si había de venta algún alfiler de corbata; me contestaron que tenían muchos: prometí volver al día siguiente, y me marché, después de haber visto que el objeto empeñado era una manta, y que, sobre ésta, habían prestado cincuenta reales.

La desconocida corría como una liebre, pero la alcancé, y la dije:

—Señora, permítame usted que...

—Hágame usted el favor de retirarse.

—Después, señora, pero antes ruego á usted de nuevo que me escuche.

Yo me acercaba, y la mujer huía casi á saltos.


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El Secreto de la Confesión

Silverio Lanza


Cuento


Es mucho que tu perdones por el amor de un Dios que tanto te ha perdonado?

Fr. Luis de Granada.


Pobre de ti, que te exaltas
buscándome antipatías.
¡Qué victoria lograrías
si corrigieses tus faltas
y perdonases las mías!

M. Matanza Romero.


El padre Añejo era un ángel y tenía fama de demonio. No es extraño; en cambio el padre Pío parecía una mosquita muerta y era un hipócrita cobarde, miserable y lujurioso.

Esto se explica fácilmente. En estos tiempos se van convenciendo los humanos de que pueden pasarse sin Dios con tal de que eludan las prescripciones del Código. Falta el respeto á la sabia justicia divina, falta el temor á la propia conciencia, y, desgraciadamente, se desbordan las pasiones humanas. Se busca el dinero como meta de todas las actividades, y el cura que más gana, más gasta y más adula, es el dechado de los sacerdotes para los modernos epicúreos.

Yo pienso de otra manera. La ciencia no podrá convencerme de que hay una madre más santa que la mia, una mujer más buena que mi esposa, un niño más bonito que mi Silverio, y una religión más amable que la cristiana. Estos amores míos me llevan á defender á mi madre, á mi esposa, á mi niño y á mi religión; y cuando recuerdo á un sacerdote tan bueno como el padre Añejo cojo la pluma con ánimo resuelto de no dejarla hasta dar noticia de tales virtudes, y recreándome en ello quisiera que el lector hallase igual encanto.


Cuando llegué con mi familia á Valerial, se hablaba continuamente en el pueblo de la villana conducta del padre Añejo. De los relatos se deducía que el tal sacerdote había sido mozo de cuenta. Figúrense ustedes si es posible villanía mayor que la de asesinar á su madre: pues esto hizo el padre Añejo. Verán ustedes cómo:


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

El Mejor Alcalde, Dios

Silverio Lanza


Cuento


Son las siete de la noche. El Sr. Juan cruza la plaza del pueblo y entra en la casa consistorial.

—Buenas, Mariano.

—Hola, Sr. Juan, ¿qué trae usted por aquí?

—¿Está el señor alcalde?

—Está con la Comisión de adoquines.

—Y, ¿qué hacen?

—Pues van á empedrar...

—¿La plaza de las Escuelas?

—Quiá, la calle del Barranco.

—Pero si por allí no pasa un cristiano.

—Pero tiene la puerta falsa el señor alcalde.

—¿Y qué?

—Y salen sus galeras, y las cabras, y los cerdos.

—Comprendido. ¿Y durará mucho la sesión?

—Poco. Llevan media hora. Dijeron que se quedara un alguacil y me quedé yo.

—¿Y Avisa?

—En el cortijo del señor síndico.

—¿Ocurre algo?

—No, señor; que esta noche cenan allí.

—¿Quiénes?

—Pues todos los de justicia.

—Pero no irá el señor alcalde.

—¿Que no? Pues si es quien convida.

—¿De modo que ya han hecho las paces?

—El mesmo día de la toma.

—Está bien.

—Esto es una comedia.

—A las veces sainete.

—También.

—Y á las veces tragedia.

—Como lo será pa el tío Dormido.

—¿Qué le pasa?

—Que el señor alcalde le quiso comprar el pajar y él no quiso, y ahora le obliga á hacer obra y á meterse pa dentro, y...

—Y lo venderá.

—Qué remedio.

—Parece que andan.

—Ya salen. Estése usted aquí y le habla cuando pase.

—Si, hombre, y gracias.


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Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

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