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editor: Edu Robsy etiqueta: Cuento


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¡Sacrificio!

Carmen de Burgos


Cuento


Como los viajeros que han atravesado el desierto y después de una larga caminata entran en la ciudad admirados de todo cuanto ven, así penetraron Rosa y Pedro en el matrimonio; parecía imposible que el amor hubiese aproximado seres tan distintos, y no acertaba la razón á explicarse una unión tan desigual.

Rosa era alta, delgada, rubia, de ojos azules, dulces, dormidos y soñadores, orlados de largas pestañas, que retorciéndose en manojos, daban á su mirada algo de varonil y sombrío; ojos en los que se leia un mundo de ideas encontradas, de ardientes deseos, de ensueños ideales; unos ojos verdaderos abismos del pensamiento, iluminando el rostro de facciones irregulares, que seguramente no hubiese tomado por modelo un escultor.

La tez fina, sonrosada y transpaparente, dejaba adivinar la red de sus azules venas, y su cuerpo esbelto, nervioso y flexible, denotaba que bajo la apariencia de debilidad y gracia, Rosa era fuerte como la mitológica Diana. El rubio dorado brillante y metálico de sus largos cabellos; ese rubio que dió fama á las antiguas venecianas, y que Ticiano y Rubens copiaron con sus inimitables pinceles, daba á conocer la poderosa sangre andaluza que animaba aquella esbelta estatua, capaz de los sentimientos más exaltados.

Pedro, por el contrario, era pe queño, rechoncho, coloradote, de tez cobriza, labios gruesos; el infe rior caido y vuelto hacia abajo, le daba apariencia de pasiones poco nobles, y su mirada vaga, estúpida y sin brillo, indicaba un espíritu embrutecido y apático.

Cómo llegaron al matrimonio Pedro y Rosa, es un misterio; quizás los dos soñaran seres distintos, la casualidad los acercó, cada uno creyó ver en el otro el tipo soñado y los dos se equivocaron obrando de buena fe.


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2 págs. / 4 minutos / 59 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

El Fiscal

Carmen de Burgos


Cuento


Eloísa era una joven encantadora. Figuráos que los árabes se mezclaran con los hebreos; haced de esta reunión una mujer de ojos garzos, sombreados por largas y sedosas pestañas obscuras; con el cabello intensamente negro y rizado con suavidad como el de las hijas del desierto; todo esto animando un rostro moreno, con ligeras tonalidades de bronce, la nariz fina, algo achatade cerca de los labios, y la boca un poco grande, pero ocultando una dentadura irreprochable; dad á esta concepción la vida de una juventud sin preocupaciones ni disgustos y tendréis á Eloísa.

Su carácter presentaba también una mezcla extraña, una excesiva impresionabilidad que la hacía aparecer tan pronto dulce y sencilla, como altiva é imperiosa.

Ni libros ni consejos pesaban sobre su ánimo; hija única, sin haber conocido á su madre, mimada por un padre que la adoraba, con un desconocimiento completo de la sociedad, Eloísa se desenvolvía libremente en plena Naturaleza.

En su quinta, á orillas del Guadalquivir, oculta entre los árboles gigantescos, sintiendo penetrar por todos sus poros los efluvios de la vida exuberante y fecunda, ensanchando su pecho con el perfume de la Naturaleza, la joven soñaba en un porvenir de venturas. Sus sueños eran los de ese período encantador que precede al casamiento, ese periodo de la dicha esperada que sobrepuja siempre á la realidad.

Su boda había de verificarse dentro de un plazo muy breve; ella amaba á su prometido con un amor tranquilo y profundo. Julio Sánchez era hijo de uno de sus vecinos, su amigo de la infancia, un muchacho honrado y trabajador, cuyos triunfos de estudiante había seguido anhelosa hasta verlo ocupar el importante cargo de Fiscal en la Audiencia de Sevilla.


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4 págs. / 7 minutos / 52 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

¿Alucinación o Telepatía?

Carmen de Burgos


Cuento


—No te vayas, amigo mío, te lo ruego, no me abandones... Me faltan las fuerzas... La fiebre me consume, esta fiebre lenta, lenta, tenaz, que hace ya seis años se ha apoderado de mi sangre y hoy reseca mis labios y hace arder mi piel...

Voy á servirte una taza de café... mira cómo humea; en otro tiempo, excitaba dulcemente mis nervios y despejaba mi cerebro; hoy me agita, me pone convulso... yo creo que el leve vapor que exhala la taza se agranda... se agranda, se vuelve gigantesco y llena la habitación de una niebla cenizosa que forma extrafias figuras junto á la techumbre...

¡Qué cosas creo ver en esa niebla! Las nubes cambian de formas... Unas veces me fingen contornos de hadas, ángeles y sílfides... otras parecen seres extraños y caprichosos, genios, dragones..., monstruos... y todo pasa, gira, torna y desaparece...

¿Tú no lo ves? Cuando estoy solo, esos vapores se condensan, se cristalizan, se solidifican y aparece ella... ¡Ella! con sus grandes ojazos verdes tan tristes y tan profundos, su tez morena, su cuerpo delicado... y su boca..., su boca semejante á una cereza madura... Percibo su perfume, llega á mi el vaho de su aliento...

Llevo seis años de sufrir..., seis años de martirio, la ciencia no conoce mi mal, y yo... me siento morir...

Voy á evocar mis recuerdos, voy á retrotraerme hasta el comienzo de mi desventura para que me puedas comprender.

Tenía yo entonces veintidós años, huérfano y rico, se apoderó de mí el vértigo; mis caprichos se multiplicaban y mi existencia corría feliz en medio de los placeres.

Era una existencia inútil, estéril.

Si tenemos derecho á la vida, es porque tenemos el deber de contribuir á la gran obra que la humanidad realiza con su perfeccionamiento.


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7 págs. / 13 minutos / 41 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

Noche Toledana

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Junto a la puerta de los leones, y cuando ya había cesado el órgano la envelada, que en la diestra traía un pequeño álbum para enseñarme los sitios en que el drama se desarrolló y tuvo su fin, dio comienzo su relato de un modo vivaz y lleno de colorido, que yo condenso casi en la forma en que lo escribiera más de un cronista, excepción hecha del episodio más novelesco.

El hijo de Yusuf, Amrrú, tenía celos y envidia del noble Adhelar, vencedor en justas y en lides de amor. La bella Elmira era su pasión africada; pero Elmira adoraba a Adhelar, para quien sus manos tejían lauros en su carmen, vecinos a los encantados palacios de Galiana.

El joven adalid recorría por las tardes el camino empinado que lleva al barrio de Montichel, donde los judíos moraban, y era su deleite detener el paso de su caballo negro frente al ajimez de la torre en que asomaba la doncella su cabeza fascinante.

¡Cuántas veces escaló el muro y llegó hasta ella para renovar sus juramentos y oír sus promesas de nunca serle infiel! Pero el tirano vigilaba lleno de lascivia y de odio. La amenaza contra padre y hermanos, y contra su dicha tan fervorosamente acariciada, pendía en forma de yatagán fatídico.

Mas cuando Edelmira tenía delante de sus ojos a Adhelar gallardo y brioso, daba suelta a las esperanzas y ensueños tan grandes y queridos que escondía en el fondo de su corazón. Aquellos momentos tan dulces de contemplaciones hechiceras, compensaban bien sus horas de reclusión y soledad. Lo veía, le expresaba con el brillo de sus luceros lo que por él sentía, y sólo con él soñaba que él era su dueño y señor, y Amrrú, un verdugo con cetro, perverso y vengativo.

Ha más de once siglos que esto ocurría.


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4 págs. / 7 minutos / 61 visitas.

Publicado el 9 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Idilios Precoces

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


I

—¡Qué empeño en que ha de estar entre esos cardos, Daniel!

—Te digo que sí, María. ¡Tan porfiada!

—La perdiz voló de esta mata, que tiene un tallo con penacho de tambor mayor; y después que se paró allá del otro lado del cerco, alzó la cabecita, y se puso a mirar triste para acá, sabiendo que le íbamos a atrapar el nido.

—¡Oh, criatura embustera! ¿Ya viste tú, que ella miraba eso?

—¡Ya, ya! Y se puso a silbar como si llorase.

María rompió a reir con un eco argentino y delicioso, y empujó a su compañero en son de burla.

—Sí, ya verás, —dijo él—, cómo está el nido entre estas pencas y espinas muy arrebujado.

Y poniéndose de rodillas, empezó a separar con cuidado las largas y temibles hojas del cardo borriqueño que con otros de la familia junto al cerco se erguía sustentando un enorme borlón azulvioleta en la extremidad de su bastón de fibras.

María, inquieta, y curiosa, se hincó a su lado.

Brillábanle los ojos negros, húmedos y grandes; caíale en parte el cabello oscuro sobre la sien derecha en gracioso desorden, formando al contacto rosas en su mejilla y en sus labios pequeños de aljaba, apenas abierta retozaba esa alegría inocente que condensa todos los candores y estalla en gorjeos de calandria. Sus doce años estaban llenos de encantos, de aromas y de fulgores.

Su compañero, más o menos de su edad, tenía como ella los ojos, las manos nerviosas y finas, el busto gentil, moreno, gracioso y un ceño especial de travesura que hacía levantar el vuelo a los chingólos con sólo hacerles una mueca a la distancia.

Traía siempre en el bolsillo de la blusa una honda por él fabricada, y cinco o seis peladillas, con las que daba diestramente en el blanco cuando se proponía hacerlo y el instante era propicio.

Los mixtos lo conocían bien.


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4 págs. / 8 minutos / 44 visitas.

Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Date Lilia...

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Faltaban el chambergo con pluma de águila, la espada de temple fino y gavilanes, el espolín del caballero; y también la fila de casas austeras y silenciosas, la lamparilla frente a una imagen, y la cabeza encantadora y romántica de una heroína en la ojiva del torreón.

No era la escena en una calle de Toledo.

El teatro era distinto.

En cambio, dibujábanse algunas ruinas en lo más alto de la loma, parecidas a gigantes en cuclillas al pálido fulgor de las estrellas; alzábase de la soledad agreste ese vaho de tierra que el rocío genera en las profundas noches estivales, a modo de tenue gasa blanca que encubriese los misterios del campo; y de allá, del fondo de los bosques, salían confusas notas y plañidos, ecos tal vez de odios y de amores.

En un albergue de totoras, que un ombú amparaba con su ramaje espeso, distante algunos metros de las ruinas, se velaba a una niña moribunda.

La madre junto al mísero lecho, atenta al penoso sueño, mostraba su faz rugosa y el párpado duro a la luz de una bujía de cera ordinaria. No gemía; pero en su mismo silencio se notaba la intensa opresión de ese dolor que en la edad madura se manifiesta más cruel, después de haberse anegado juventud y esperanzas en un millón de lágrimas.

¡El dolor que hace muecas en la piel curtida, y estruja a ratos el corazón cansado!

La bujía alumbraba las facciones casi lívidas de la pequeña consumida por la fiebre, a la vez que una tosca lámina coloreada de una santa pegada a la negra pared del fondo. También contemplaba a intervalos esta imagen la pobre mujer, con una expresión de fervor y de humildad infinita.

Acaso aguardaba el ayuda extra-humano, de que habla el tierno cantar español:


Cuando estaba en la agonía, bajó la virgen del Carmen y me dijo: no la yores que yo también soy su mare!


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3 págs. / 6 minutos / 48 visitas.

Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Sin Lápida...

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


En lo alto de la loma, estaba el cementerio de piedra, con partes de su muro derruidas. Varias cruces de hierro y de madera rústica sobresalían de los escombros, rodeadas de cardos y cicutas. Dos o tres túmulos en forma de templetes, con sus puertas ya sin verjas, alzándose entre esos símbolos y esas hierbas, enseñaban a trozos desnudo el ladrillo, y en las grietas, ramajes de gramilla y musgo. Un féretro viejo, con míseros despojos, sin tapa, se veía casi volcado junto a la entrada. Más allá, en húmedo rincón, el ataúd de una criatura, forrado en coco azul. Tenía encima una mata de claveles del aire muy blancos y apenas abiertos. En derredor, clavados en tierra, había hasta una docena de cabos de bujías, que ardieron sin duda toda la noche.

Era muy honda allí la soledad. En aquel vivero de ofidios, se respiraba aire extraño de osamenta y pasto verde. El sol derramaba intensa su claridad sobre tanta miseria, calentando por igual tierra, huesos y reptiles.

El campo estaba desierto y silencioso; sólo a lo lejos, en medio de secos cardizales, algunas gamas dispersas asomaban sus finas cabezas dominando los penachos violáceos, como atentas a una banda de ñandúes que giraban encelados con el alón tendido.

Cuando el pobre convoy llegó al sitio, serían las dos de la tarde. Se componía de cinco hombres y dos mujeres. El cajón era de pino blanco, con una cruz de lienzo del mismo color en la cabecera.

Había salido de los ranchos negros, que desde allí aparecían como hundidos en el fondo del valle, a modo de enormes hormigueros circuidos de saúcos.

Pusieron el ataúd en el suelo los conductores, y respiraron con fuerza, enjugándose los rostros con los pañuelos que traían anudados al pescuezo.

Las mujeres, una ya anciana, la otra niña todavía, se sentaron llorando en las piedras desprendidas del muro.

—Ya estamos, —dijo la primera—. ¡Cuánto cuesta llegar aquí!...


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Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Aurora Sin Luz

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Siempre andaba entre los arbustos de arazá, con su cabellera negra al descuido y sus grandes ojos tristes, que al fijarse detenían al transeúnte, como dos luces misteriosas. Era la asidua compañera de la libélula y del tordo, en la zona del despoblado y hierbas duras. Todos cuantos pasaban contemplando con lástima a la pobre Aurora, porque ella miraba, pero no veía. La conducía siempre de la mano Joaquín, su hermano pequeño. En sus hermosos ojos reinaba una noche profunda, la que existe en el boquerón austral del firmamento. ¡Y cuánta ternura en el fondo de aquellos dos abismos formados con la gota serena! Nerviosa y pálida, llena de esos reflejos que da al rostro la temprana juventud, aunque el pesar lacere el seno, había ganado en el sentido del tacto mucho de lo perdido en el otro; y ya en el campo solía desprenderse de su hermanito y caminar a solas, tanteando el suelo con una varilla de junco.

Yo conocí aquella linda Dea silvestre, de cuerpo gentil, pie menudo, manos delgadas y boca encendida, ornada con un bocito semejante a la pelusilla de una fruta deliciosa.

Cuando inclinaba sus ojos al suelo y quedaba como embebida en una cavilación, recordaba a esas vírgenes de los cuadros maestros en actitud de orar, con el cabello en bandas y los labios entreabiertos, lo bastante para dar salida a los soplos íntimos del alma.

Tenía la voz dulce, a modo de ruego. Parecía adivinar en los pasos, en los murmullos, en los rumores más lejanos, quien se aproximaba, hablaba o reía. Escuchaba con unción el canto de los pájaros, especialmente el del zorzal o la calandria. Y así que terminaban sus seductores himnos al abrir de la mañana o al fulgor de las estrellas, permitíase modular a su vez algún aire sencillo, de aquellos que le había enseñado al son de la guitarra su amado Plácido, el gallardo mancebo, antes de irse a la guerra.


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Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

El Molino del Galgo

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Muchos lo recordarán. Era un molino de viento; gran cilindro de material terminado no por un casquete precisamente, sino por un cono aplanado de madera, semejante en su forma y color a las casquillas ásperas y tostadas de criar abejas reinas, estilo de colmeneros, y que a su vez tenía por remate, coronamiento y veleta, un galgo de hierro con sus pies en el vacío y la cola encorvada, todo pintado de negro y los ojos blancos. A juzgar por el símbolo, debe suponerse que el establecimiento no era mediocre, y sí muy superior a todo molinete o molinejo que en los contornos presumiese de muy activo y acelerado en materia de molienda. No poco de verdad había al respecto. La molinería era escasa y la industria se resentía forzosamente de esta deficiencia. Se estaba al tiempo, y a la calidad y cantidad de la materia prima. De los molinos molondros podía llamarse este el rey, aunque como los demás de su categoría dependiese siempre de los caprichos del viento. Harineros eran todos; que arroceros o de chocolates, o de aceites o de papel, nunca han sido conocidos, lo que da una idea del estado floreciente de la industria molinera entre nosotros. Y pues que el del Galgo era de viento, tenía desde luego, en lugar de rodeznos, unas aspas enormes, bien afirmadas y fijas en la extremidad exterior del eje de una de las ruedas del artificio, al aire libre, para que la moviesen las ráfagas fuertes e hicieran funcionar todo el mecanismo.

Ocupaba el punto céntrico de un dilatado terreno llano que circundaban sensibles lomas a todos los rumbos. Los contornos eran agrestes y tristes. Allá en el fondo, a la parte del levante, se divisaba el mar como una línea azul y a veces algunas blancas velas parecidas a gaviotas vagabundas; a un flanco, en pintoresca zona, las quintas de Basáñez y de los horneros llenas de verdes boscajes y árboles frutales; y al norte la plaza de toros, con su aspecto de Spoliarium rebajado.


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14 págs. / 25 minutos / 46 visitas.

Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

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