París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier,
buenos y decididos muchachos —pintores, escultores, poetas— sí, ¡todos buscando
el viejo laurel verde!, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi
siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como
bohemio intachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso
de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas
enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro azul.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como insensatos o
como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos
respondía sonriendo con cierta amargura...
—Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro, por
consiguiente...
* * *
Sucedía también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la
primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el
poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de
madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las
violetas eran para Nini, su vecina, una muchacha fresca y rosada que tenía los
ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos
teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenuo que debía brillar. El tiempo
vendría. Oh, el pájaro azul volaría muy alto. ¡Bravo! ¡bien! ¡Eh, mozo, más
ajenjo!
* * *
Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
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