A todos los que No.
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Emilio, conocido trabajador intelectual, desembarcó del ascensor
ayudado por cierta cantidad de gin tonic que conservaba en sus depósitos
supletorios. Por la posición de las estrellas y por una muesca del
cercano pasamanos, comprobó que había llegado a su nebuloso destino. Así
aliviado su corazón, flotó de Este a Oeste, cómodamente instalado en
una sonrisa amistosa, y acabó dirigiendo una mirada llena de amor a la
causa al ojo de su cerradura.
Emilio regresaba de añadir unas gotas de aventura y emoción a su
vida, sólo que las gotas, a fuerza de perseverancia y graduación, le
habían llenado hasta las amígdalas, induciéndole a instalarse en una
especie de transparente beatitud.
El ojo de la cerradura, con el ceño fruncido, le devolvió la mirada:
era un artilugio fosco y aburrido, poco amigo de ser interrumpido cuando
meditaba a solas con la noche, abrumado por sus problemas individuales.
—Uy, uy. —le dijo Emilio, aceptando su silencioso reproche.— A ver cómo te portas hoy.
Sacó el llavero y se lo enseñó al altivo mecanismo para que tuviera una clara idea de lo que se esperaba de él:
—La última vez —le explicó con toda confianza— me hiciste repetir catorce veces. Sé bueno y ponte donde yo te pueda ver.
La cerradura, con su ojo negro y vertical, se apresuró a cambiar de
sitio tan pronto como escuchó las pretensiones de Emilio: tenía ideas
propias acerca de cómo pasar el tiempo.
—¿Así que ya empezamos? —le recriminó el joven, que confiaba en que
todos tuvieran su misma amplitud de miras a aquellas horas de la
madrugada.
La cerradura volvió a moverse, refractaria a todo razonamiento. En su opinión, Emilio tendría que cazarla como a una liebre.
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