Los muchachos del ilustrado siglo XIX —dije para mí— llegan a viejos sin haber sido nunca jóvenes.
Fígaro
Primera parte
I. En el que el curioso lector se inicia en algunos misterios de la incubación de la raza
Don Jacobo Baca es un padre de familia, de esos que
hay muchos, sobre los que pesa una grave responsabilidad que no
conocen, y que están haciendo un perjuicio trascendental de que no se
dan cuenta.
Don Jacobo ha sido alternativamente impresor, varillero, ayudante del alcaide de la cárcel, por «cierto mal negocio»; después jicarero, encargado de pulquería, y últimamente ha sentado plaza de arbitrista, que es como se la va pasando.
Don Jacobo cree que sabe leer y escribir, pero buen chasco se
lleva; pues en materias gramaticales confiesa él mismo, con admirable
ingenuidad, que nunca se ha metido en camisa de once varas.
En otra de las cosas en que se lleva chasco don Jacobo, es en creer
que sabe hacer algo, pues nosotros, que bien le conocemos, estamos
seguros de que, a pesar de sus letras, no sabe hacer nada.
Su inutilidad lo condujo, aunque paulatinamente, a la situación lamentable en que el lector lo encuentra.
Aburrido don Jacobo de buscar destino, y más aburrido de no
hallarlo, pensó en una cosa. Esta cosa la han pensado las nueve décimas
partes de los hombres útiles que hay en el país: lanzarse a la
revolución.
Esta idea, acariciada en medio de la ociosidad y de los vicios, es
el calor con que la madre discordia empolla a sus hijuelos; esta idea ha
sido el prólogo de muchas epopeyas, así como el primer paso en la senda
del crimen; esta idea entra en el número de las resoluciones
desesperadas, y se equipara con la de suicidarse.
Respetamos, aunque no aludiendo a don Jacobo, esta misma idea de
lanzarse a la revolución, cuando es engendrada por el noble arranque del
patriotismo.
Leer / Descargar texto 'Ensalada de Pollos'