Érase una vez un joven que estudiaba para poeta. Quería serlo ya para Pascua,
casarse y vivir de la poesía, que, como él sabía muy bien, se reduce a inventar
algo, sólo que a él nada se le ocurría. Había venido al mundo demasiado tarde;
todo había sido ya ideado antes de llegar él; se había escrito y poetizado sobre
todas las cosas.
—¡Felices los que nacieron mil años atrás! —suspiraba. ¡Cuán fácil les
resultó ganar la inmortalidad! ¡Feliz incluso el que nació hace un siglo, pues
entonces aún quedaba algo sobre que escribir. Hoy, en cambio, todo está agotado.
¿De qué puedo tratar en mis versos?
Y estudió tanto, que cayó enfermo y se encontró en la miseria. Los médicos
nada podían hacer por él; tal vez la adivina lograse aliviarlo. Vivía en la
casita junto a la verja, y cuidaba de abrir ésta a los coches y jinetes; pero
sabía hacer algo más que abrir la verja: era más lista que un doctor, que viaja
en coche propio y paga impuestos.
—¡Tengo que ir a verla! —dijo el joven.
La casa donde residía era pequeña y linda, pero de aspecto tristón. No había
ni un árbol ni una flor; junto a la puerta se veía una colmena, cosa muy útil, y
un foso, donde crecía un endrino que había florecido ya y tenía ahora unas bayas
de aquellas que no se pueden comer hasta que las han tocado las heladas, pues
hacen contraer la boca.
«He aquí el símbolo de nuestra prosaica época», pensó el joven; aquello era
al menos un pensamiento, un granito de oro encontrado a la puerta de la adivina.
—Anótalo —dijo ella—. Las migas también son pan. Sé para qué has venido: no
se te ocurre nada, y, sin embargo, quieres ser poeta antes de Pascua.
—Ya lo han escrito todo —dijo él—. Nuestra época no es como antes.
Leer / Descargar texto 'Lo que se Puede Inventar'