Imposible es concebir al rudo domador del desierto sin el complemento de su apero.
El civilizador primitivo, el obrero heroico que desafiando todos los
peligros y soportando todas las fatigas pobló las hoscas soledades, echó
los cimientos de la industria madre, conquistó la independencia e
impuso la libertad, vivió siempre sobre el recado, pasó toda su vida
sobre el recado.
Desde el amanecer hasta el toldar de la noche, el épico pastor de
músculos de acero y voluntad de sílice, bregaba infatigable enhorquetado
en su pingo, y el apero era a un tiempo silla y herramienta y arma
defensiva.
En el transcurso del medio, siglo de la gesta, los lazos y las
boleadoras del abuelo gaucho contribuyeron con mucha mayor eficacia, al
fundamento de la riqueza pública y de la integración nacional, que los
latines y las ampulosidades retóricas de los “lomos negros” ciudadanos.
El apero es la expresión perfecta de la multiplicidad de necesidades a
que estuvo sometido el individualismo victorioso de nuestro gaucho.
Cada prenda merece un himno, porque cada una de ellas desempeña un cometido.
Desde la humilde “bajera” hasta el orgulloso “cojinillo”, desde el
“fiador” a la “encimera”, bozal, cabresto, maneador y manea, todo
constituye algo semejante a un taller, donde ninguna pieza es inútil,
donde a cada una le corresponde un cometido, y en ocasiones, múltiples.
Durante casi todo el día y todos los días, el gaucho permanece sobre
el recado. Sobre él trabaja, sobre él pelea y sobre él va en busca de
los reducidos placeres que le ofrece su vida de luchador sin treguas.
Y cuando llega la noche, la silla, la herramienta, el arma, se convierten en lecho.
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