Tanto que se alegraba el párroco con la
vuelta del Sur de su hermano Martín, y cuando éste entró por fin en el
anticuado cuarto, una hora más temprano de lo que se esperaba, toda su
alegría se ha desvanecido. No podía comprender la causa, y sólo lo
sentía como se siente un día lluvioso de invierno, cuando el mundo
amenaza convertirse en cenizas. Tampoco Ursula, la vieja, supo decir una
palabra al principio.
Martín estaba moreno como un egipcio y sonreía amistosamente al sacudirle la mano al párroco.
Claro que se quedaría a cenar en casa y no estaba cansado en lo más
mínimo, según dijo. Es cierto que tendría que ir por dos días a la
capital, pero después pensaba pasar todo el verano en el hogar.
Hablaron de su juventud, cuando el padre vivía aún, y el párroco notó
que el extraño rasgo melancólico de Martín se había acentuado aún más.
—¿No te parece a ti también que ciertos acontecimientos
sorprendentes, incisivos, se producen únicamente porque uno no puede
reprimir el temor íntimo que le inspiran? —fueron sus últimas palabras
antes de irse a dormir—. Tú recordarás qué espantoso terror me sobrevino
ya cuando niño, al ver una vez en la cocina unos sesos de ternera
sanguinolentos
El párroco no pudo dormir: algo como una niebla asfixiante, fantasmal, llenaba la alcoba tan familiar poco antes.
«Es lo nuevo, lo desacostumbrado», pensó el párroco.
Pero no fue lo nuevo, lo desacostumbrado, fue algo diferente lo que introdujo su hermano.
Los muebles no parecían los de antes, los viejos cuadros colgaban
como oprimidos contra la pared por fuerzas invisibles. Se tenía el
ansioso presentimiento de que el solo pensar cualquier idea extraña y
enigmática tendría que traer a empellones un cambio inaudito. «Sólo no
pensar nada nuevo, quédate con lo antiguo, lo cotidiano», reza la
advertencia interior. ¡Los pensamientos son peligrosos como los rayos!
Información texto 'El Cerebro'