Por tres veces soñó Randolph Carter la maravillosa ciudad, y por tres
veces fue súbitamente arrebatado cuando se hallaba en una elevada
terraza que la dominaba. Brillaba toda con los dorados fulgores del sol
poniente: las murallas, los templos, las columnatas y los puentes de
veteado mármol, las fuentes de tazas plateadas y prismáticos surtidores
que adornaban las grandes plazas y los perfumados jardines, las amplias
avenidas bordeadas de árboles delicados, de jarrones atestados de
flores, y de estatuas de marfil dispuestas en filas resplandecientes.
Por las laderas del norte ascendían filas y filas de rojos tejados y
viejas buhardillas picudas, entre las que quedaban protegidos los
pequeños callejones empedrados, invadidos por la yerba. Había una
agitación divina, un clamor de trompetas celestiales y un fragor de
inmortales címbalos. El misterio envolvía la ciudad como envuelven las
nubes una fabulosa montaña inexplorada; y mientras Carter, con la
respiración contenida, se hallaba recostado en la balaustrada de la
terraza, se sintió invadido por la angustia y la nostalgia de unos
recuerdos casi olvidados, por el dolor de las cosas perdidas y por la
apremiante necesidad de localizar de nuevo el que algún día fuera
trascendental y pavoroso lugar.
Información texto 'La Búsqueda en Sueños de la Ignota Kadath'