Jeremías, pese a
no faltarle motivos, no era jeremiaco. Razonablemente infeliz en un
mundo en que nadie es feliz, cultivaba los frutos de su miseria con
la conformidad de un eremita.
Sus hijos se
libraron de él a los setenta años, cuando decoraron de nuevo la
casa y lo descubrieron allí, junto a los muebles viejos, silencioso
estorbo con la tapicería raída. Comía sopa y veía la tele. En
ocasiones, preguntaba al nieto como iban las cosas.
—Bah. —decía
el muchacho, con la expresividad de su generación.
Como en la casa
había que hacer reformas, Jeremías acabó en el asilo. Le llamaban
Residencia de la Tercera Edad, pero era un asilo con un dormitorio
enorme donde los ancianos, en largas filas, roncaban de noche hasta
que el insomnio de la mucha edad les despertaba con la cabeza llena
de pensamientos secos .
Como eran
dolorosos, muchos fingían seguir durmiendo y roncaban con más
fuerza para engañar al gusano que roía la memoria y escupía trozos
de vida a la cabeza, memorias de juventud perdida y recortes de
amargura próxima.
Jeremías se escapó
una noche. Descalzo, por no meter ruido. Otros lo vieron y,
envidiosos, roncaron más. Descalzo se fue por el mundo, con sus
viejos pantalones y una camisa de verano. A rayas.
En el campo hubiera
encontrado el hueco de una mata, la cabaña de un pastor o una cueva.
Cerca, alguna hierba, alguna fruta. Pero en la ciudad la miseria de
un anciano es más sórdida, menos apta para que la cante un poeta.
Jeremías, animoso,
disputaba a los gatos las bolsas de basura, donde siempre había
restos que sus viejas tripas digerían sin protestas. Había también
periódicos para atárselos a los pies desnudos con tiras de
plástico. Y confortables subterráneos donde, a veces, era posible
echarse durante un trozo negro de la noche.
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