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Había caído la tarde.
Sólo el haz de luz proyectado por la lámpara del escritorio del
gobernador Mornway rescataba de la oscuridad reinante su imponente
corpulencia mientras se hallaba recostado en una cómoda butaca en la
actitud relajada que solía adoptar a esa hora.
Cuando el gobernador de Midsylvania descansaba, lo hacía a
conciencia. Cinco minutos antes había estado inclinado sobre la mesa de
su oficina, como un Atlas con el peso del Estado sobre sus hombros.
Ahora, concluidas sus horas de trabajo, ofrecía el aspecto de quien ha
pasado el día holgazaneando a placer y se dispone a terminarlo
disfrutando de una buena cena. Su indolencia atenuaba la crónica
agitación de su hermana, la señora Nimick, la cual, fuera del círculo de
luz de la lámpara, quedaba sumida en la acogedora penumbra de la
chimenea. De vez en cuando, llamas con inquisitivos destellos iluminaban
su rostro.
Por lo general la presencia de la señora Nimick no invitaba al
descanso, pero la serenidad del gobernador no era de las que se
perturban fácilmente. Se comportaba con el aplomo de quien sabe que hay
un mosquito en la habitación pero se encuentra a salvo con el mosquitero
echado por encima de la cabeza. Su calma se reflejó en el tono con el
que, reclinándose hacia atrás para sonreírle a su hermana, comentó:
—Ya sabes que no voy a concertar ninguna cita esta semana.
Era el día posterior a la gran victoria reformista que, por segunda
vez, había colocado a John Mornway al frente del Estado, un triunfo que
hacía parecer insignificante la tremenda batalla de su primera
elección. Ahora se arrellanaba en su asiento con la sensación de
imperturbable placidez que sobreviene tras un esfuerzo recompensado.
La señora Nimick farfulló una disculpa:
—No entiendo… He visto en los periódicos de la mañana que se había elegido al fiscal general.
Información texto 'El Mejor Hombre'