En una extensa planicie formada por tierras de
panllevar, estaba la casa solariega de los Niharra, donde descuidada del
mundo, cuidadosa de su hacienda y soñadora con sus recuerdos, vivía
doña Inés, a quien en los contornos apellidaban la Santa. Nombrarla en
la comarca era casi, y para muchos sin casi, nombrar a la Providencia;
porque a veces, quien imploraba algo del cielo, que lo puede todo, solía
no alcanzarlo, mientras ella nada negaba estando en su mano concederlo.
Perdonar arriendos, rebajar censos, dotar doncellas y redimir mozos de
quintas, era para doña Inés el pan nuestro de cada día. De sus armarios
salían las ropas para los pobres; de su despensa los comestibles para
los desvalidos; de sus trojes el grano para los labradores arruinados;
costeaba médico y botica; por su precepto, iban los niños a la escuela;
con su prudencia enfrenaba discordias, desvanecía rencores, y añadiendo a
la limosna que puede dar el rico la compasión que solo siente el bueno,
siempre y para todos, tenía piedad en el corazón y consuelo en los
labios. Si alguna vez se ensoberbeció la ingratitud contra ella, supo
ahogarla a fuerza de beneficios; así que por dónde quiera que iba,
salían las gentes a su paso, muchas a pedir, y muchas más, aunque
parezca increíble, a mostrarse agradecidas. Las frases de bendición y de
respeto que escuchaba, la riqueza que le permitía hacer tanta caridad y
el justo regocijo de su conciencia, sobre todo, debieran de infundirle
aquella tranquilidad de espíritu en que la verdadera felicidad se funda,
y sin embargo, no daba señales de ser dichosa.
Al recuerdo de amores contrariados no había que
achatarlo; primero, porque ni su lenguaje, ni su rostro, delataban la
tristeza apacible, pero indeleble, que deja en los resignados el dolor;
y, además, porque los años todo lo aminoran, y ella contaba tantos, que
bien podían haberle ido borrando del pensamiento las memorias tristes,
por muchas que tuviese.
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