I. DOS PALABRAS
No abrigo la esperanza de que mis recuerdos lleguen a constituir un
libro interesante; los he escrito en mis ratos de ocio y no tengo
pretensiones de filósofo, ni de literato.
No obstante, creo que nadie que me lea perderá su tiempo, pues, por lo
menos, se distraerá con casos y cosas que quizás habrá mirado sin ver y
que yo en el curso de mi vida me vi obligado a observar en razón de mi
temperamento o de mis necesidades.
II. EN LOS UMBRALES DE LA VIDA
Mi nacimiento fue como el de tantos, un acontecimiento natural, de esos
que con abrumadora monotonía y constante regularidad se producen
diariamente en los ranchos de nuestras campañas desiertas.
Para mi padre, fui seguramente una boca más que alimentar, para mi
madre, una preocupación que se sumaba a las ocho iguales que ya tenía, y
para los perros de la casa y para los pajaritos del monte que nos
rodeaba, una promesa segura de cascotazos y mortificaciones que
comenzaría a cumplirse dentro de los tres años de la fecha y duraría
hasta que los vientos de la vida me arrebataran, como a todos los
congregados por la casualidad bajo aquel techo hospitalario.
Concluía quizás la primera década de mi vida, cuando un buen día llegó a
la casa una tropa de carros, que, desviándose del camino que serpenteaba
entre las cuchillas, allá en la linde del monte, venía a campo traviesa
buscando un vado en el arroyo, que disminuía en una mitad el trecho a
recorrer para llegar al pueblo más cercano.
El capataz habló con mi padre; y éste, de repente, me hizo señas de que
me acercara, y dijo:
—¡Este es el muchacho!... Como obediente y humilde, no tiene
yunta... ¡el otro que podía igualarlo se nos murió la vez pasada!...
¡Como conocedor del monte y del arroyo, lo verá en el trabajo!
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