Textos más vistos publicados por Edu Robsy publicados el 30 de agosto de 2022 | pág. 3

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editor: Edu Robsy fecha: 30-08-2022


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El Deber de Vivir

Javier de Viana


Cuento


A Carlos Roxio.


Un chamberguito color de aceituna, con la copa deformada, con las alas caídas, tapábale a manera de casquete la coronilla, dejando desbordar la melena gris amarillo, ensortijada y revuelta, acusando escasas relaciones con el peine; la cara pequeña, acecinada, hirsuta, con su nariz fina y curva, con sus pómulos prominentes, con los ojillos azul de acero, con sus labios finos, torcidos hacia un lado por "la continuación del pito", ofrecía una indefinible expresión de bondad, de astucia, de fuerza, de penas pasadas, de energías en reserva.

Cubierto el busto, huesudo y fuerte, por una camisa de lienzo, metidas las piernas en amplio pantalón de pana,—roído y rodilludo.—y los pies en agujereadas alpargatas de lona, mojadas con el rocío, esgrimiendo en la diestra, grueso y nudoso bastón de tala —respeto de canes— llegó a la cocina en momentos en que don Timoteo, en cuclillas soplaba el fuego a plenos plumones.

—Ostia! Cume hace frío cuesta mañana!—dijo a manera de saludo.

El viejo, sin volver la cabeza, habituado como estaba a la matutina visita de su vecino—respondió:

—Dejuro; mitá de agosto... Una helada macanuda...

Sin sacarse el sombrero de la cabeza, ni la pipa de los dientes, ni abandonar el garrote, don Gerónimo, el gringo don Gerónimo, el viejo chacarero,—tomó un banquito y arrimándolo al fogón, sentóse en silencio, esperando que el fuego ardiera, y chillase el agua de la pava, y preparara don Timoteo el cimarrón del desayuno.

Humeó el sebo sobre los tizones y a efectos de un recio soplido, brotó la llama, incendiando la hojarasca y llenando de luz rojiza la estrecha y negra cocina.

El viejo paisano se sentó sobre un trozo de ceibo, se sacó el pucho que tenía detrás de la oreja, cogió una rama encendida, prendió, chupó, y recién entonces dio vuelta y miró al visitante, diciéndole:

—¿Qué tal?


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

El Padre Eterno

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


(Cuento de niños)


La tarde está hermosa, y como ninguna para dar un paseito. Esto han pensado Lolita y Agustín, dos buenos mozos que reúnen una docena de años. Han dejado su casa; han dejado el pueblo, y con la confianza de quienes habitan entre gente honrada, van por el campo, sin rumbo, solos, solitos.

Como Lolita es tan cariñosa, al llegar á la última casa de la calle ha vuelto la cabeza y levantado el brazo derecho, abriendo y cerrando muchas veces la mano.

Su madre, desde la puerta, bajo el emparrado, la contesta con una sonrisa de bienaventurada, mientras con la mano, á su vez, la promete una azotaina para la vuelta, por la escapatoria.

¡No haya cuidado! ¡No la pondrá las rosas como cerezas!

Hace mucho calor, y la sinfonía del campo así lo proclama; se diría que millones de insectos, frotando sus millones de élitros, cantan sus dichosos esponsales. ¡Llénase el aire con la voz estridente de su ventura, y esta voz parece que da un alma al universo!

A la salida del pueblo todo es campo, huertas, prados. Sólo á lo lejos una raya alta, obscura, como un encaje negro sobre fuego, indica que se puede encontrar un refugio contra los calores. Pero la tarde declina; el sol se entristece; levántase un vientecillo consolador, y sobre todo... los chicos son como las lagartijas: aman el sol.

Dije que Lolita y Agustín iban solitos. No es cierto. Van muy acompañados. Ella lleva su compañía de siempre. Es decir, una muñeca de cartón muy grande entre los brazos y su cabrita Pizpireta detrás. A las órdenes del chico va su fiel Chis, un perrillo gordinflocete, canelo, largo de orejas, que da con la panza en el suelo: perro sabihondo, difícil en conceder sus caricias, y que sólo en los grandes acontecimientos menea el rabo.

¡Seres más dichosos en este momento, acaso no se encuentren en la tierra!


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

En Alta Mar

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


El trasatlántico resopló y se detuvo.

Cesó el rumor de las conversaciones de los viajeros, los rechinamientos de las máquinas, el vocerío de la maniobra.

El cielo estaba raso; las olas se movían sin cambiar de sitio, al parecer, como montañas de plata y de esmeralda que tiemblan. Caía la tarde.

El infinito del cielo y el infinito del mar se perdían en dos líneas de luz y nácar.

¡Ahora, parado el buque, comprendíamos mejor nuestra insignificancia, nuestra pequeñez, nuestro aislamiento; la incertidumbre del humano destino! La tripulación formó sobre cubierta... Los pasajeros, con el sombrero en la mano, y las pasajeras, con la cabeza envuelta en blondas, tules y pañuelos obscuros, se agruparon también.

Apareció por una escotilla el capellán: era grueso y sonrosado, el pelo blanquísimo, de aspecto bondadoso. Sus dedos regordetillos movían nerviosamente las hojas de su breviario.

Salieron detrás dos hombres, dos marineros, que subían un saco de lona. Eran muy recios; uno de ellos, colosal. Encontraban ligera la carga y la traían con ademanes de cariñoso cuidado y de respeto.

Este saco afectaba una forma estrecha, larga, elegante, de líneas humanas. A no dudar, contenía un cadáver, y un cadáver de mujer.

Salto después el capitán del buque, segundo de sus subalternos. Todos con la cabeza descubierta y todos tristes. No con la tristeza que imponía el ceremonial, sino con la de un dolor sincero.

Dando el brazo al capitán, y arrastrado por éste, como un autómata, como un sonámbulo, venía un hombre joven, de gallarda figura, moreno, robusto; verdadero tipo del trabajo triunfante. Sin duda que era uno de esos grandes obreros del siglo, que transforman las soledades en poblados, que traen ríos de lejos, que unen mares y que tallan en facetas este diamante que se llama Mundo.

Al verle se estremecieron todos.

—¡Pobrecillo!

—¡Desgraciado!


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Hermanos

Javier de Viana


Cuento


A Eduardo Acevedo Díaz.


Era en 1870, a principios de la guerra blanca encabezada por Timoteo Aparicio, lanceador famoso.

Policarpo y Donato anduvieron por mucho tiempo en medio de la soledad tan negra y silenciosa, que el primero, a instantes, creía estar inmóvil, dormido y soñando, haciéndose necesario un esfuerzo grande de voluntad para volver al hecho real.

Parecerá exageración y no lo es. Necesítase costumbre, hábito de muchos años, para no caer en este estado de semi inconciencia, tras una larga marcha a caballo; los músculos mordidos por la fatiga, el cerebro escarbado por el sueño.

Y unido a eso, la penosa impresión del medio ambiente: las tinieblas que la mirada no consigue sondar por más que se dilaten hasta el dolor las pupilas; por todas partes el silencio, el imponente silencio del campo, que nada turba: en la grande y muda soledad hostil, el alma se estremece y se contrae en dolorosa sensación de pequeñez, de aislamiento y de impotencia.

Dominado por la inmensidad que vencía las insistencias del amor propio, Policarpo interpeló a su acompañante.

—¡Donato! —exclamó.

—¡Chut! —respondió el negro; y como éste había sofrenado su caballo, se encontraron los dos viajeros uno junto a otro.

—¡Donato!—volvió a decir el mozo; y el interpelado respondió con voz autoritaria y petulante:

—Primeramente, has de saber que quien va juyendo nunca debe hablar juerte.

—¿Y acaso nosotros vamos huyendo?

—Dejuramento: tuito aquel que yeba peligro pu'ande va, va juyendo. Acomódate en el mate esta sabiduría, que a la fija no te enseñaron los dotores de la ciudá.

Policarpo no encontró réplica y reconociendo la lógica del filósofo simiesco, dijo:

—Bueno, ¿y qué?


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

La Maceta

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


Por entonces no había hombre verdaderamente elegante en Madrid que no se ocupase de Justa un día siquiera por semana. No crean ustedes, sin embargo, que esta Justa fuese alguna constelación del mundo: era una hermosa joven de veintidós años; morena, con buenos ojos, mucha gracia y gran resolución en su manera de decir y de andar. Pero sólo era planchadora. Nadie como ella daba lustre á la tabla de una pechera ni á los puños de una camisa.

Vamos al caso.

Justa vivía en aquel año por este tiempo en la calle del Rubio, en un cuarto segundo de una de esas casuchas que todavía dan á Madrid carácter de villorrio de la Mancha. El balcón de esta casa ofrecía generalmente un aspecto risueño, pues estaba todo colgado de lienzos blanquísimos. El sol se recreaba en aquella blancura, y cuando Justa, con los brazos desnudos y el negro pelo mal cogido, salía para tender ó recoger la ropa, se recreaba más todavía.

Pero el día de la Vírgen del Carmen, el sol, al dar en aquel balcón muy de mañana, tuvo un placer más que de costumbre, porque vió allí puesto sobre una tabla de pino que corría cubriendo toda la barandilla, un tiestecito, encarnado como si fuese de coral, en cuya negra tierra se alzaba con fresquísima pomposidad una planta de albahaca en flor.

Todos conocen esta planta: sus florecillas de labios rizados y como con almenas; con sus hojas ovales, lisas, sencillas, enteras y sostenidas por pezones... En la verbena se venden tiestecillos de estas matas á cientos, y no hay rico ni pobre, ni vieja ni doncella, que no compre alguno para adornar las ventanas, las rinconeras ó el altar de la casa.

Estas matitas son tan pequeñas y tan redondas, que más que plantas parecen grandes flores verdes. La albahaca es, en efecto, la flor de la mujer pobre—flor que crece, se madura y perfuma con sol ardiente;—muy al contrario de la camelia—flor que pide aire tibio, media sombra, estufas y fanales.


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La Pulsera

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


El opulentísimo Sr. D. Justo Regaliz ha tenido ocasión de saber que todo lo vence el dinero en amores, razón por la cual se conceptúa irresistible. A decir verdad, se le atribuyen triunfos asombrosos, pues no se refieren á mujeres fáciles, sino á encopetadísimas damas del más alto respeto. En Madrid, casi todas las señoras tienen deudas, y, por lo tanto, en peligro su honor. Cuando D. Justo, de sobremesa, fumando un cigarro y tomando una copita empieza la relación de sus triunfos, es cosa de taparse los oídos para no oir la deshonra de las virtudes de Madrid. Es de advertir que estas conquistas no le satisfacen: su verdadera pasión son las cocottes; pero le gusta rendir las mujeres honradas por dar esta satisfacción al vicio.

A D. Justo no le duelen prendas; tales como son sus aventuras las publica; siempre gana en ello su reputación de hombre fastuoso y triunfador.

Oigámosle contar la más reciente de sus aventuras. Acaba de comer en un gabinete de Pomos con varios amigos, y todos le oyen con atención y con envidia.

El, ufano de los sentimientos que inspira, cruza una pierna sobre otra, echa el cuerpo atrás sobre el respaldo de la silla y cierra los ojos como para recoger y percibir mejor sus recuerdos y sus ideas.

He aquí sus palabras:

«Alguna vez, en la calle y en los teatros, había yo visto una mujer que había fijado mi atención por su belleza, por su gracia, por cierta natural desenvoltura bien avenida con el mayor decoro, y porque toda ella, en fin, respiraba una sencillez, una alegría, una frescura, que parecía suavizar las pasiones del corazón, de volverle su juventud y llenarle de esperanzas.


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¡Mientras Haya Rosas!

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


Pocos días después se la llevaban á la quinta del pueblo. Creían que de este modo no podríamos vemos. Pero no fué así. Dejé pasar una semana, y al octavo día tomé el caballo y á las dos horas estaba yo en los alrededores de la quinta.

Bonito edificio, recién levantado, blanco y lindo como un jarrón de porcelana. Sobre la cúpula del mirador se alza una veleta que figura un gallo. Jazmines, enredaderas y madreselvas son ligeros marcos de las ventanas y balcones. La entrada central tiene cuatro peldaños de granito. La verja es de hierro. Hay pocas flores. En cambio está rodeada de grandes árboles.

Empecé á dar vueltas con precaución en derredor de la verja. ¡Si se asomase! ¡Si pudiese hacer que supiese mi llegada! Esto decía yo cuando sentí que me tiraban de la cazadora. Me volví trémulo como un ladrón cogido en el robo. Un chiquillo me presentaba una cartita.

La carta decía:

«¡Al fin has venido! ¡Te esperaba! Todos los días subo muchas veces al mirador y me paso las horas muertas mirando hacia el camino de Madrid.

»Te esperaba, sí... Por aquella cinta blanca que se pierde entre dos llanuras verdes, he visto un punto negro que nadie sino yo, querido Juan, hubiese conocido que era un hombre á caballo.

»¡Has estado avanzando un siglo sin moverte, alma de mi alma! ¡Debías comprar otro caballo más ligero!

»¡Basta hoy no he comprendido bien lo que es la vela de un barco que aparece en el horizonte, y llena ella sola, con ser tan pequeña, toda la extensión del mar!

»Desiertos campos de una comarca odiosa, ¡qué animados, qué encantadores sois ahora!

»¿Será él?—me preguntaba.—Sí—contestaba mi corazón,—¡él es!


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Sólo por Verla

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


La cervecería donde yo suelo tomar un bok por las tardes, está enfrente de uno de nuestros grandes hoteles.

Ayer, cuando ya sentado y servido fijé los ojos en la fachada del hotel y en uno de sus balcones, me quedé asombrado.

¡Qué mujer! Era alta, esbelta, de anchos hombros, graciosísima en sus movimientos y no tendría veinte años. Su cabeza era pequeña, pero sus cabellos negros estaban peinados en forma de magnifico turbante. Sus ojos eran negros también y formaban con las cejas dos enormes manchas de sombra.

Su traje era claro, sencillo, elengantísimo, y podía ser parisiense, inglés, alemán ó ruso. Como ella.

Porque era difícil saber á primera vista el país de aquella extraordinaria belleza.

En el balcón, sobre una linda silla, había una maceta; un rosal chiquito con dos ó tres rosas, y el tiesto era de barro, pero con cerco de oro puesto sobre un plato del mismo metal; y más arriba, á la altura de la mano, colgada de una escarpita, había también una jaula de forma chinesca, en la cual revoloteaba un pájaro de colores.

Tiesto y jaula eran, pues, de la desconocida. Viajaban con ella; anunciaban sus aficiones, su sensibilidad, su amor á la Naturaleza, á la poesía. No era únicamente una mujer hermosa, la más hermosa de todas; era un corazón femenino. Yo le presté en un instante las delicadezas infinitas de la flor y las facultades ascensionales del pájaro.


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Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

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